EL PAíS › OPINION

Diferencias con la caridad

 Por Luis Bruschtein

La idea del Movimiento Nacional de los Chicos del Pueblo no es la caridad. Muchas de las obras que participan en el movimiento pasaron por ese punto o empezaron así de buena fe con el único fin de darle un hogar a los chicos, y luego de un tiempo sintieron que de esa manera le proporcionaban una cara amable al mismo sistema que echaba a los chicos a la calle. Sintieron que terminaban haciéndose cómplices del drama que los conmovía e intentaban enfrentar.
Están incómodos en un sistema que condena a la miseria a la mayor parte de la gente, que destruye familias y que trata de esconder esa perversidad de origen, tras el esfuerzo y la buena voluntad de otras personas que, como ellos, crearon hogares para los chicos. “Estamos orgullosos de nuestros hogares, pero preferiríamos que no tuvieran que existir”, afirma el sociólogo Alberto Morlachetti, secretario general del movimiento que agrupa a más de 300 obras.
“Hace 30 años no había tantos chicos en la calle, porque había trabajo; detrás de cada uno de ellos, por lo general hay un padre sin trabajo”, agrega Morlachetti. En las obras llegaron a la conclusión de que no podían ayudar a los chicos si al mismo tiempo no denunciaban al sistema que los echaba a la calle y hacían algo por transformarlo.
Desechando una opción partidista, el movimiento decidió integrarse a la Central de los Trabajadores Argentinos (CTA) que dirige Víctor De Gennaro. Entendieron que si detrás de cada chico que vive en la calle hay un padre sin trabajo, tenían que luchar por trabajo y que el lugar natural para hacerlo era una organización de trabajadores.
Otro punto en el que coinciden es que sus hogares no funcionan por caridad, sino para satisfacer, aunque sea en forma limitada, los derechos de los niños, derechos que deberían ser respetados por la sociedad, pero que son violentados por un modelo y un sistema económico de exclusión y miseria. Los chicos no tienen que ser educados en el ruego y agradecimiento de una limosna, sino aprender a reclamar que se cumplan sus derechos. Es la diferencia entre una educación con dignidad a otra de sumisión frente a los responsables de la situación que deben sufrir.
Más o menos la tercera parte de las obras relacionadas con la niñez y la adolescencia que existen en el país integra el Movimiento Nacional de los Chicos del Pueblo. Otra tercera parte está formada por la estructura estatal y la otra por obras que prefieren circunscribirse a la actividad caritativa. Estas últimas, por lo general, son más publicitadas por el sistema y reciben el apoyo de importantes empresas y políticos interesados en exhibir su participación en este tipo de emprendimientos.
Las obras que integran el movimiento prácticamente no son mostradas por los medios, reciben algún apoyo estatal y sobre todo de la comunidad donde están insertas (vecinos, comerciantes, panaderos, almaceneros o verduleros). También desarrollan herramientas propias como panaderías, talleres artesanales, imprentas, huertas o fábricas de dulces donde los chicos aprenden un oficio y pueden hacer su aporte para sostener los hogares.
La Marcha por la Vida tiene ese contenido, expresa el esfuerzo por vivir con dignidad por parte de cientos de chicos a los que el sistema condenó al sufrimiento. En los hogares esos chicos pueden elegir, no están encerrados y nadie los obliga a quedarse. Esa es una elección de ellos. Cuando De Gennaro explicó la importancia de la Marcha, señaló que “si ellos pudieron elegir cambiar un destino al que estaban condenados, es un mensaje de esperanza para que todos podamos cambiar al sistema que los condenó”.

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