EL PAíS › OPINION

Ser Hija

 Por Marta Dillon

La ausencia le pone zancadillas al lenguaje (¿o será al revés?): los desaparecidos son compañeros de cualquier generación, de todas las generaciones, las que los precedieron y las que siguen caminando a partir de sus pasos, que por eso son compañeros, 30 mil compañeros desaparecidos presentes. Y nosotros, sus hijos, somos también hijos de sus madres, HIJOS de las Madres, así con mayúsculas, como ellas nos enseñaron, robando a la familia del encierro de las cuatro paredes de la casa para sacarla a la calle, para que se vean las mesas familiares amputadas de sus miembros, para hacer público el dolor, convertirlo en pañuelo, en bandera, en ejemplo de resistencia y de creatividad. Para exigir siempre juicio y castigo pero de tantas maneras. El jueves, los pañuelos que las Madres entregaron a los Hijos tendieron un puente sobre la ausencia y por un instante se borró la distancia entre las generaciones, como si hubieran sido esos compañeros siempre presentes los que de verdad hubieran entregado la posta, ofrecido su lugar de hijos con minúsculas para que lo ocupen los HIJOS que convirtieron el vínculo en una sigla y la filiación en denuncia. Fue un acto pequeño, poco más que un revuelo de brazos tendidos que se quiso atisbar desde los bordes, sin saber bien qué había que mirar o registrar para las cámaras. Porque lo que sucedía ahí era muy pequeño, íntimo, lo que sucede en las familias cuando los mayores toman conciencia de que el tiempo es veloz y un día se acaba: se ordena la herencia. Habrá un día en que los Hijos caminarán solos por esa plaza que nombra a los pañuelos y nombra a las Madres; esa conciencia se hizo acto, y agua en el pecho de los que nos sentimos en la punta del camino de los que seguirán caminando. Ese día, el de la entrega de los pañuelos que los HIJOS llevarán sobre el cuerpo en adelante, en cada marcha, en cada acto público, caminé con ansiedad hasta la Plaza. Dudando sobre si correspondía o no recibir un pañuelo; hace poco menos de un año que no voy a una asamblea de HIJOS. Eramos muchos con las mismas dudas, con un resto de vergüenza por haber estado lejos de esa militancia, con una culpa añeja como la conciencia de que a los desaparecidos había que buscarlos aunque estuvieran muertos y decir presente hasta que hubiera Justicia. Y aun después. Claro que sí, nos dijimos después los que asumimos que ya no seremos hijos con minúsculas porque ese camino que empezaron las Madres y que un día decidimos continuar convirtió el vínculo en un grito de Justicia que quien lo rechace deberá desarmar conscientemente. Puede ser un riesgo en algunos casos –trágico en el de Carlos Bértola y Diego Quinteros, presos porque un juez entendió que ser hijo de desaparecidos es un agravante–, una molestia en otros, un orgullo para la mayoría. Para los que siempre sentiremos las mayúsculas como propias porque queremos inscribirnos en esta sucesión que iniciaron las Madres, las de nuestros padres, que también son las nuestras.

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