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Volver a enamorar, ¿una costumbre sudamericana?

 Por Federico Vázquez, Emanuel Damoni y Emiliano Flores *

Brasil. La cámara oculta muestra cómo un funcionario de baja jerarquía cobra una coima de 3 mil reales a dos empresarios. Ese funcionario responde a un diputado que pertenece a la coalición de gobierno de Lula. Corría el año 2005 y, pocas semanas después de la revelación, la imagen del presidente obrero sufría una caída en la opinión pública de la que tardaría casi un año en reponerse. Este hecho de corrupción fue la punta de una madeja que los grandes medios de comunicación brasileños no pararían de tirar, hasta construir una causa judicial-política que derribaría a varias figuras clave del PT y tocaría las mismas puertas del despacho presidencial. Aunque luego muy poco podría ser demostrado en los tribunales, el daño estaba hecho. Una oposición desarticulada pero a la ofensiva se atropellaba a sí misma para anunciar el fracaso de la izquierda en el poder. La elección de Lula había concitado expectativas desmesuradas, pero era evidente que su gestión mostraba zonas grises, incluso para los observadores más indulgentes. Para mediados de 2005, a un año y medio de tener que afrontar su reelección, amplios sectores medios (y también populares) dejaban de sentirse interpelados por el gobierno de Lula.

A imagen y semejanza de lo que ocurrió aquí durante el conflicto agropecuario, el gobierno brasileño empezó a hablar de “desestabilización”. El entonces ministro de Coordinación Política, Aldo Rebelo, llegó a decir que el avance opositor buscaba crear un “clima” similar al de 1954, cuando una crisis institucional provocó el suicidio de Getúlio Vargas. Por esas mismas semanas, una encuesta de Datafolha traducía en números la debacle gubernamental: lo respaldaba apenas el 35 por ciento del electorado. Los líderes de oposición se relamían ante la posibilidad cierta de hacerse con el gobierno, aun antes del recambio electoral. Con un discurso similar al que suele predominar hoy en la oposición argentina, Fernando Henrique Cardoso usaba un curioso razonamiento que le permitía elogiar la situación económico-social y a la vez denostar la gestión política. “No existe crisis social ni presión social descontrolada; y la economía continúa funcionando. Las exportaciones van bien. La crisis se delimita a la política institucional. Hay problemas dentro del gobierno, y en su relación con el Congreso y con el país. El gobierno ya hace tiempo que no gobierna, no tiene agenda, no innova, no propone nada.”

En noviembre de ese año, la consultora Sensus confirmaba que Lula había pasado de tener el 83 por ciento de imagen positiva, al inicio de su mandato en 2003, a tan sólo el 46,7 por ciento. Una destrucción masiva de apoyo popular. Por primera vez, la reelección se convertía en un horizonte lejano y el mismo estudio decía que el mandatario perdería contra Serra en las elecciones de 2006. Difícilmente alguien se animaría a pronosticar que cinco años después Lula estaría despidiéndose de su segunda presidencia con un apoyo abrumador. ¿Qué pasó en el medio?

En primer lugar, el distanciamiento con parte de la ciudadanía –si bien real– había sido exagerado por la oposición y por los medios. El análisis y las ganas habían ido peligrosamente de la mano: debieron pasar de anunciar el ocaso del gobierno a fines de 2005 a explicar el triunfo del PT en octubre de 2006.

Ya durante el mismo 2005, diversos indicadores económicos se agolpaban en favor de la gestión de izquierda: crecimiento económico, baja en la desocupación, aumento del salario mínimo e inflación controlada. De a poco, miles y luego millones de brasileños de a pie veían cómo su vida material se volvía un poco más segura, y muchos lograban salir del círculo de miseria y exclusión secular.

Finalizando su tercer año de mandato, Lula decide dar vuelta la página: primero separa a todos los funcionarios sospechados de corrupción, incluyendo a colaboradores históricos como el jefe de la Casa Civil, José Dirceu, y el ministro de Economía, Antonio Pallocci. Aprovechó entonces para darle un nuevo impulso a su gobierno: Guido Mantenga sustituyó a Pallocci, imprimiendo un tono más desarrollista a la gestión. Y llegó Dilma Rousseff al frente de la Casa Civil, con la orden de construir infraestructura en las zonas más humildes del país. Esta coordinación de acciones económicas y sociales del gobierno, sumado al control de la inflación, parece haber sido determinante en el cambio de percepción social con respecto al gobierno.

El programa Bolsa Familia, similar en muchos aspectos a la Asignación Universal por Hijo aplicado en nuestro país, vio aumentado su financiamiento. El gobierno de Lula enfocó allí sus cañones. El programa –aún hoy en plena ejecución– fue creciendo hasta alcanzar el 0,4 por ciento del PBI, dando un impulso fuerte al objetivo de distribuir la renta. Un informe de la OIT sobre los alcances del programa (“Bolsa Familia en Brasil: contexto, concepto e impacto”, Ginebra, 2009) señala que “el número de beneficiarios se ha triplicado en cuatro años, habiendo pasado de 3,6 millones en 2003 a 11,1 millones en 2006”. Es decir que, mientras los sectores opositores y mediáticos creían que el gobierno de Lula apenas lograría completar su mandato, se estaba produciendo una revolución social silenciosa en las capas más desfavorecidas de la sociedad brasileña. Al igual que el programa argentino, el Bolsa Familia no es sólo una ayuda monetaria a personas pobres. El trabajo de la OIT afirma que, desde su masificación en 2005-2006, el programa ha sido un motor para las economías locales, la producción de alimentos, la inserción escolar de los niños y los cuidados prenatales de las madres inscriptas. En definitiva, un mejoramiento palpable en las condiciones de vida de los más pobres.

En febrero de 2006, los medios advierten tarde el fenómeno: Lula “está lejos de estar muerto electoralmente; es más, da señales claras de que su candidatura, en este momento, gana aliento”. Siete meses después, Lula sacaría el 48 por ciento de los votos en la primera vuelta, y 60 por ciento en la segunda.

Por supuesto, cuando un líder alcanza una popularidad del 86 por ciento luego de ocho años de ejercer el poder, las razones que explican el fenómeno son múltiples. Sin embargo, no estamos sólo ante un efecto “carismático”. La prueba es sencilla y contundente: como hemos visto, el mismo líder pasó por niveles muy diversos de aprobación, y hasta momentos con mayor imagen negativa que positiva. En el centro de la cuestión hay que ubicar a la política de gobierno. El gobierno del PT encontró su norte en la profundización de las políticas públicas inclusivas y el desarrollo económico. Esa matriz funcionó como disparador para un reencuentro político entre el presidente y gran parte de la sociedad brasileña. Volver a enamorar no es imposible.

* Miembros del Observatorio de Política Latinoamericana “Noticias del Sur”, www.noticiasdelsur.com

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