EL PAíS

Cuestiones de (no) poder

 Por Mario Wainfeld

Ya es un tópico decir que, en la pugna con los fondos buitre, Argentina cuenta con un arco de alianzas que va desde el Fondo Monetario Internacional hasta El Vaticano. Se congregan países vecinos y afines ideológicamente con otros del Primer Mundo.

El cónclave del G-77 de la semana que hoy termina ratificó una tendencia.

Es mucho poder político pero, en la etapa sombría que atraviesa el mundo, no es tanto para confrontar con la lógica del poder financiero.

Las autoridades de muchos de esos países, abarcando varios de primer nivel, han cejado contra los embates de un capitalismo de rapiña. Los apodados “costos” de la crisis sistémica detonada por la quiebra de Lehman Brothers fueron, mayormente, pagados por los pueblos. Los causantes salieron indemnes, si no reforzados. Los salvatajes fueron para ellos, en un signo ominoso de la época.

La fantasía de las subprime, la falsa riqueza creada de la nada fueron funcionales a regímenes democráticos que desmantelaban o achicaban (en surtidas proporciones) los Estados de Bienestar. Se creaba menos trabajo, se minimizaban los beneficios sociales, mermaban los salarios reales. El crédito barato, las hipotecas “para todos y todas” generaban una ilusión que fue funcional para los gobernantes, en su momento.

La primera ministra Margaret Thatcher predicaba que aspiraba a que en Gran Bretaña abundaran los propietarios y no los “proletarios”. Simplezas así tuvieron buena prensa y hubo quien creyó haber tocado ese cielo.

No se pretende que existió una conspiración, sino una concurrencia de intereses dudosos. Es difícil para gentes del común percatarse del empobrecimiento cuando cuentan con facilidades para consumir a lo pavote, comprar propiedades inmuebles o autos.

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Cuando el tinglado se cayó, los líderes del mundo se congregaron en las tres primeras reuniones del G-20, entre noviembre de 2008 y septiembre de 2009: Washington, Londres, Pittsburgh.

Fueron pioneros en un aspecto: autoridades de países centrales cuestionaron por primera vez en público al llamado Consenso de Washington. Para nuestra región, se avivaban tarde: por acá las críticas y el recambio habían llegado un lustro antes. O más, si se recuerda al presidente venezolano Hugo Chávez.

Pero los cuestionamientos no derivaron en acciones conjuntas ni en una réplica consistente, país por país.

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El ex canciller argentino Jorge Taiana repasó esos encuentros en un diálogo informal. Comenta que se captaba la dimensión de la crisis pero no hubo capacidad para conjurarla o enfrentarla. Las posturas adoptadas fueron divergentes, en general ninguna fue integral. Algunos países, como Estados Unidos, pensaban en revertir los efectos con políticas de fomento de la demanda. Un productivismo similar al que encaró la Argentina. Pero ni la superpotencia ni su aliado perenne, Gran Bretaña, quisieron regular las actividades financieras, fijarles límites, sujetarlas a modos de control estatal.

Esa hipótesis fue acariciada por naciones europeas, como Francia o Alemania. Pero éstas renunciaron a todo tipo de política productivista.

Por ponerlo en simple, en palabras del cronista. Nadie osó confrontar con el mayor poder de la etapa que salió fortalecido después de haber provocado con impudicia daños letales, arruinado familias y hasta naciones.

La tensión entre democracia y mercado atraviesa uno de sus momentos más aciagos y decepcionantes. En ese contexto, Argentina funge de conejillo de Indias. Un marco nuevo, un canje con escasos precedentes, una sentencia que no tiene ninguno, un sistema judicial empujando al default “técnico” a un Estado solvente...

Las alabanzas a Griesa, a su presunta independencia, a su rebeldía ante el poder no hablan en serio de la coyuntura. Apenas, nada menos, pintan la adaptación del pensamiento cipayo a un trance histórico tan singular como preocupante.

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