ESPECTáCULOS › “EROTICA”, UNA ESPECIE DE REALITY SEX EN SAN TELMO

El paraíso de los sexópatas

 Por Cristian Vitale

“Así sí me gustaría ser Jesús toda la vida” repite un tal “Cucu”, conmovido ante una fotografía de Lutz Matschke que retrata una hermosa mujer crucificada, cuyo único atuendo es un par de zapatillas y medias de fútbol. A unos metros, una escena para voyeurs: una pareja “del público” se masturba ante la mirada de todos, en un bulín cuya pared es una lona negra que se corre ante el mínimo soplido. “No puedo creer lo que están haciendo, me re-calienta”, le susurra una chica a su novio en el oído, mientras dos manos peludas rozan sus pezones. Son flashes, pequeños actos que explican Erótica, una especie de reality sex que se lleva a cabo en Urania (Cochabamba 370). El propósito es “explorar la experiencia de lo erótico, la pulsión arrolladora y sensual con libertad, presentir y entregarse a la voluntad del acto creador y primero del universo”.
“Ay, así, papi”, ruge una soberbia dama treintañera. Fue la primera en arriesgarse a pasar por otra de las atracciones: el pasillo de manos. Es un lugar oscuro compuesto de dos pasadizos divididos por una sábana de seda blanca. “Entrás por uno y salís por otro. De ida te tocan, de vuelta tocás, y nunca sabés quién te toca ni a quién tocás”, explica uno de los organizadores, mientras mira el efecto causado en la visitante: “Qué placer, sentir tantas manos juntas en mi cuerpo”, exclama al salir. Atrás entran diez y nadie sabe qué pasa adentro. Todo sucede al tiempo que uno de los artistas le venda los ojos a una chica y la tienta con una frutilla, rito que termina con un beso a lo Arnaldo André. Mientras los curiosos bregan por sentir el juego de la frutillita, otros se conforman con espiar cómo se cambian las chicas-performance entre bastidores.
El contexto también insta a la trashumancia: suena el ambient coreano de Kimka y los nómades suben y bajan escaleras buscando más. Y lo cierto es que hay bastante: objetos fetiche; una escultura que muestra un perro con los ojos desorbitados disfrutando a su cachorra; un experto en literatura pornográfica –Oscar Naviliat–, que vende libros de arte erótico primitivo de Japón, Grecia y Perú; otro que ofrece souvenirs con motivos fálicos; un pequeño televisor con dos tetas que se mueven sin parar. El público es heterogéneo pero priman las parejas –algunas swinger, otras gays, la mayoría hetero– que buscan algo fuerte. De esto se trata Erótica, experiencia multidisciplinaria que, ante el éxito –pese a los 10 pesos de entrada–, se extenderá todos los viernes y sábados de este mes. El programa para hoy incluye performances, strippers, diapositivas, personajes circulantes, varieté erótico, muestras de sadomasoquismo y la presencia de Sergio Pángaro con su grupo Baccarat. Habrá, además, concurso de orgasmos, cocina afrodisíaca, baile con los DJ Drole y Lavoisier y proyecciones de films porno “de época” acompañando la música. En rigor, es una propuesta que puede excitar, gustar y sorprender. Pero, a la vez, fastidiar por repetitivo. El evento, además, desnuda la inhibición del argentino medio. Así, Erótica promete y cumple, pero también abruma y desconcierta. El precio de todo experimento.

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