ESPECTáCULOS

Una rave tanguera, en el barrio de Carlos Gardel

El músico y productor Gustavo Santaolalla presentó en el Abasto “Bajo Fondo Tango Club”, un proyecto que mezcla los códigos de la música electrónica con el mundo y los intérpretes del tango.

 Por Pablo Plotkin

En la ingeniería discordante del Abasto –shopping y conventillo, bistró y cafetín–, el pasaje Carlos Gardel parece una síntesis accidental de esa estética del contraste. No es casual que Gustavo Santaolalla presentara su nuevo proyecto en ese callejón bautizado en nombre del cantor que conjugó como nadie arrabal y glamour. Aliado al uruguayo Juan Campodónico, el pez gordo del rock latino organizó una especie de consorcio bipolar -tangueros y artistas de electrónica– para llevar adelante un CD de integración y desafío. Bajo Fondo Tango Club aborda la música tradicional de Buenos Aires desde una perspectiva digital, convierte fragmentos de clásicos rioplatenses en materia de cut & paste (cortar y pegar) y adapta compases milongueros de bandoneón a la lógica de géneros como el house, el trip hop o el drum & bass, banda de sonido de las últimas dos décadas de cultura tecnoquímica. Una profanación consentida y revitalizadora.
La presentación de Bajo Fondo..., se promovía como una “milonga electrónica”, “una rave tanguera” con entrada libre y gratuita. La velada fue más bien una exhibición acabada de lo que se propone Santaolalla con este disco. Hasta hace poco, la modernidad electrónica anglosajona, habituada a reformular músicas periféricas (centroamericana, africana, brasileña, india, etc.), casi no se había metido con el tango. El pequeño boom europeo que experimentó en el último año la agrupación francesa The Gotan Project (versión gala y ambient del dos por cuatro) parece haber reubicado al género en el primer mundo de la industria del entretenimiento. Hecho colateral y sorprendente: la estrella inglesa del nuevo rhythm & blues, Ms. Dynamite, sampleó el puente de bandoneón de “Mano a mano” y lo convirtió en leitmotiv de su primer hit, “It takes more”. Antes de la manifestación de esos síntomas el siempre astuto y oportuno Santaolalla comenzó a tramar Bajo Fondo..., quizás la primera obra en su especie que cuenta con la participación activa de músicos de los dos universos.
Santaolalla cuenta que estaba escuchando un disco del grupo inglés Portishead (trip hop) cuando se le ocurrió la idea. “Evocaba una cosa aminorada, melancólica, que me resultaba tanguera”, explicó este argentino de 50 años que, en los ‘70, se aventuró a conciliar rock y folklore al frente de la banda Arco Iris. Quizás porque el trip hop es una especie de pariente lejanísimo del tango, igualmente portuario y nostálgico (de las gélidas costas británicas de Bristol), esos episodios son los menos interesantes en términos de choque estético. En oposición, cuando el violín de Javier Casalla responde a la aceleración de un beat, o el bandoneón de Fabio Hager afecta la atmósfera de un house reo, todo resulta mucho más estimulante. La presencia de Jorge Drexler (coautor de “Perfume”, cantado por Adriana Varela), el bandoneonista Pablo Mainetti, el pianista Adrián IaIaies y la Orquesta del Plata, entre muchos otros, y la participación de una serie de programadores y tecladistas con la discoteca al día (Diego Vainer, Juan Blas Caballero, Luciano Supervielle, Didi Gutman y Emilio Kauderer, además de Santaolalla y Campodónico) le dan a Bajo Fondo... la dinámica de un colectivo creativo permeable a la mutación, cuya continuidad acaso dependa de los ecos que pueda generar en el mercado.
El martes en el Abasto, a un par de metros de un Centro de Jubilados y Pensionados decorado con fotos del General y de Evita, Santaolalla tocaba la guitarra sentado, Campodónico operaba su PC sobre una tarima, Vainer hacía scratch y Casalla ejecutaba el violín. No había mucho público, pero algunos pibes de la calle jugaban a la disco cerca del escenario. Unos pocos clubbers se entusiasmaban ante los arranques trance de la banda, y un par de mujeres jóvenes bien arregladas improvisaban pasos de milonga céntrica. Entre los espectadores se mezclaban Jaime Torres y EmmanuelHorvilleur, Kevin Johansen y Arbol. Era cuestión de ver de qué se trataba el primer lanzamiento de Vibra, desprendimiento editor de Surco, el sello que opera el argentino en Los Angeles. Por rioplatense y por moderno, Campodónico era el socio que Santaolalla necesitaba. El ex integrante de Peyote Asesino (banda uruguaya de hip hop) se internó a escuchar cientos de discos de tango y a seleccionar fragmentos. Desde el comienzo, el sampling fue una coordenada fundamental en la configuración del Tango Club... Así es como un Polaco Goyeneche gorjea parte de “La última curda” en “Mi corazón”, mientras la versión sacrílega de “Naranjo en flor” (cantada por Mónica Campins) incorpora pasajes de “El tambor”, de Jaime Roos. Registros de Susana Rinaldi, Juan D’Arienzo y Eduardo Rovira también se entremezclan en esta obra cosmopolita y estratégicamente caprichosa que, según su mayor responsable, se forjó con “iguales dosis de respeto e irreverencia”.

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Gustavo Santaolalla en escena, entre el 2x4 y los aires de trance.
 
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