SOCIEDAD › UN BARRIO DE CLASE MEDIA RECHAZA
LA PRESENCIA DE CHICOS POBRES EN EL LUGAR

La batalla por el comedor infantil

Un comedor montado dentro de una dependencia del sindicato ferroviario en un barrio residencial de Boulogne desató el conflicto. Los vecinos juntaron firmas para pedir la clausura del local o su traslado. Para el gremio, quieren esconder la pobreza.

 Por Alejandra Dandan

Los problemas en uno de los barrios residenciales de Boulogne comenzaron en septiembre. El día 9 de ese mes, el sindicato de ferroviarios La Fraternidad decidió servirle la merienda a los hijos de 36 familias de los barrios más pobres. Desde aquel día, unos 120 chicos atraviesan todas las tardes la zona de chalets y casas bajas de la zona para tomar un vaso de leche y uno o dos panes. Esa escena se repite incluso los fines de semana. El emprendimiento generó distintos tipos de efectos, entre ellos una carta firmada por 70 vecinos pidiendo la clausura del local. La gente cuestiona el modo de hacer política de los sindicatos, pero sobre todo se sienten molestos con las nuevas presencias: “Con los chicos, vienen los hermanos más grandes, los adultos y dan vueltas, miran y uno ya no se siente tranquilo”, dicen. Para el sindicato, es sencillamente un deseo de invisibilizar la pobreza.
El “merendero” –así lo llaman– está en uno de los barrios de clase media bien media de Boulogne, localidad de San Isidro. Al lado de la casa donde funciona el local de La Fraternidad vive buena parte de quienes organizaron la campaña para juntar firmas y desalojarlo. Los autores del reclamo cívico no se parecen a los ricos y famosos de Beverly Hills, pero viven en un barrio señalado en las boletas de impuestos como “zona residencial”. Magdalena Cerrone vive ahí hace 54 años, fue empleada municipal durante un tiempo y ahora está jubilada. Es una de las que ha motorizado buena parte de las últimas reuniones de vecinos en el barrio y con el intendente Gustavo Posse. “Yo entiendo –dice Magdalena–: cada uno cuida lo suyo, pero si yo vivo en un barrio residencial y me ponen un merendero al lado, que por lo menos me bajen los impuestos.”
El merendero funciona en el hall del sindicato, desde las dos de la tarde y hasta las siete. Lucía Masucci, una maestra a cargo del lugar, lo sitúa como uno de los modos que han encontrado las mujeres del gremio para neutralizar los efectos de la crisis entre los sectores más empobrecidos del barrio. “Antes de empezar –dice– fuimos casa por casa para hacer una especie de encuesta con las mamás.”
El relevamiento se hizo durante una semana en las calles pegadas a las vías de los alrededores de la estación Boulogne, sobre la calle Piedra Buena. Ahí encontraron 36 familias, de las cuales sólo tres tenían algún tipo de ingreso regular. El primer caso es el de un maestro mayor de obras, el segundo es el de una mujer beneficiada por el Plan Jefas de Hogar y el tercero es el de alguien que hace changas con cierta continuidad. El resto son desocupados. En 34 de las 36 familias no existen hombres adultos, los hogares están manejados por mujeres solteras o separadas. La primera semana pasaron por el merendero 62 chicos; durante las semanas siguientes, el número fue creciendo. Ahora, de acuerdo con los datos del gremio, son 143 los chicos anotados.
María y Juan Rivas viven justo al lado del gremio, pared mediante. Hasta hace unos meses, Juan lavaba el auto en el estacionamiento de los Fraternos, María les daba una mano en alguna actividad y, como familia, cada tanto usaban la parrilla que estaba libre en la terraza. Cuando llegó el flujo de niños pobres, las relaciones cambiaron. El gremio decidió transformar el estacionamiento en un comedor para los chicos, y comenzó cerrando el techo con machimbre, clausuró la entrada y abrió un espacio al fondo para un baño. Con aquella obra, el barrio comenzó a pensar que el merendero llegaba para quedarse. Y Juan, que ya no tendría el lugar para lavar su auto, ni buena ventilación para su casa porque el espacio abierto en la medianera ahora estaba cerrado.
Aquella construcción fue el argumento con el que el barrio encaró los reclamos ante la Municipalidad. “El problema no son los nenes –dice Juan–. El problema es que el sindicato empezó una obra que no está habilitada. ¿Por qué, si yo quiero modificar mi casa, la Municipalidad me cobra y me pide mil cosas, y a ellos no? ¿Por qué? ¿Porque son un sindicato?” Las obras comenzaron una semana después de la apertura del merendero. La gente del sindicato sólo tuvo tiempo de colocar los techos. Con el reclamo de la gente, el intendente envió una inspección municipal y decidió clausurarlo. Pero el gremio insistió. Violó la faja de clausura y siguió instalando los techos por algún tiempo. Días más tarde, llegó otra orden de clausura, pero esta vez por vía judicial. Desde aquel momento -primeros días de octubre–, la construcción está frenada, y en la puerta de La Fraternidad hay dos móviles del Comando de Patrullas de San Isidro con custodias encargados de impedir que se reanude el trabajo.
Ahora, mientras el gremio intenta conseguir los planos y papeles para seguir adelante con el proyecto, la gente del barrio continúa en pie de guerra. No temen tanto que avance la construcción del nuevo comedor; están preocupados por los nuevos habitantes del barrio.
Beatriz es docente, y vive en el segundo chalet que limita al gremio. Lleva veinte años de vida en ese barrio y en esa calle. Hasta el año pasado no tenía problemas con la gente del gremio. En el local funcionaba sólo la obra social y los únicos “que concurrían eran médicos o profesionales, gente de otra categoría –dice–. Acá, desde que empezó a funcionar primero el club del trueque y después el merendero, comenzaron los robos en el barrio”. Con ese diagnóstico coincide Magdalena y también Alberto, un jubilado con 45 años de vida en el lugar. Para todos, el problema central no son los chicos. “¿Cómo no vamos a querer que coman? -dice María–. Acá el problema es que, con los chicos, vienen los hermanos más grandes, los adultos y, viste cómo es, dan vueltas, miran y uno ya no se siente tranquilo.”
Para la gente del gremio, detrás de la posición de los vecinos aparece la idea del gueto a la pobreza: “Y sí, la idea es ésa –explica Lucía–, meter a los chicos dentro de sus propios barrios. La gente siente que está en San Isidro y en San Isidro no podés ver la pobreza en la calle, tener un merendero en medio de un barrio de clase media es demasiado para ellos”.
Frente al galpón, y mientras algunos de los primeros chicos van entrando al local de los Fraternos, don Alberto Atanasion abre la puerta cancel de la casa.
–Mirá –dice–, ¿cómo no vamos a querer a los pobres? A nosotros también nos dan lástima.
–Entonces, ¿por qué la protesta?
–Pero, decime una cosa –dice don Alberto–, si vos sos de la Capital, por ejemplo, ¿por qué te voy a traer acá para darte de comer? ¿Para qué los hacen caminar tantas cuadras a esos chicos, si les pueden llevar la comida más cerca?
El intendente Posse se reunió varias veces con los vecinos e intentó alguna instancia de negociación con los Fraternos. En aquel encuentro, les ofreció dos galpones alternativos, anclados en los barrios pobres de donde provienen los chicos. Ninguna de esas opciones fue aceptada. Para el gremio, esas propuestas son básicamente un modo prolijo de invisibilizar la pobreza.
Ahora, frente a la mesa del salón donde se están sirviendo los primeros tazones de leche está sentada Analía Aguirre, una de las 36 mamás. En la mesa está su hijo de nueve, el de cuatro, la de tres y, a upa de ella, la beba de un año:
–¿Trabajo? –pregunta Analía–. Trabajo no tengo hace mucho tiempo, un poco nos ayuda mi mamá, que es jubilada, y con eso tiramos.
“Tiramos” significa almuerzo seguro para la beba de un año y la de tres; y cena para el resto. Analía tiene 26 años, su mamá jubilada tiene 56. Ella misma a veces pasa hambre. “Pero yo no tengo problema –dice–, mientras tenga un mate, yerba y azúcar, tiro todo el día. ¿Milanesas? Milanesas... qué sé yo hace cuánto tiempo no como.”

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Actualmente son 143 los chicos anotados para tomar la merienda en el local ferroviario.
 
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