ESPECTáCULOS

“Aunque sea una película, es gente teniendo sexo”

El realizador Aldo Paparella explica la lógica de “Hoteles”, tal vez el film argentino con más sexo en la historia.

Por Guido Herzovich

Estudió cine hace más de veinte años, pero recién ahora, a los 45, Aldo Paparella terminó Hoteles, su primera película, estrenada en el Festival Internacional de Cine Independiente. “Estuve dedicado full time a la docencia”, dice para explicar tantos años de silencio, aunque declara un mediometraje en 1986 y “algunas cosas en video” desde entonces. Hace más de diez años que Paparella dirige el Cievyc, la escuela de la que salió, entre otros, Ezequiel Acuña, responsable de la elogiada Nadar solo. “Creo que Hoteles tiene un abordaje completamente diferente del cine argentino en general”, asegura, y para comprobarlo alcanza con saber que se trata de cinco historias que suceden en diferentes ciudades del mundo –Shanghai, Chernobyl, Nueva York, Asunción y Buenos Aires–, que su título pretende ser “una metáfora de la situación humana”, y que buena parte de la trama consiste en escenas de sexo explícito.
–¿Los episodios se filmaron en las ciudades reales?
–No, hubiera hecho falta muchísima plata. Excepto Nueva York, donde se hicieron algunas tomas de exteriores, todo se filmó acá, en interiores. Cada ciudad tiene una ambientación muy cuidada.
–¿Por qué trabajó con actores no profesionales?
–Desde el comienzo me pareció imprescindible que hubiera sexo explícito. Son historias de parejas y yo quería mostrarlas desde una óptica distinta: no una representación sino que sucediera. El casting fue dificilísimo, me llevó muchos meses. Los actores profesionales no se animan, cuidan su imagen y tienen miedo de que esas escenas les impidan trabajar en la tele.
–¿Cómo eligió a los actores?
–En la medida de lo posible, traté de trabajar con gente del lugar: la actriz que hace de prostituta sadomasoquista en el episodio de Asunción es paraguaya. Y el personaje masculino en Chernobyl es un ruso que vivía en una ciudad cercana y fue evacuado cuando la planta explotó. Los episodios están hablados en el idioma de cada ciudad –chino, ruso, guaraní y castellano–, excepto Nueva York, que no tiene diálogos.
–¿Alguno se arrepintió a último momento?
–No. Cuando alguien decide hacer esto, tiene muy claro de qué se trata. Los llamé para hacer de ellos mismos. Esa propuesta puede resultar intimidante, pero si uno genera las condiciones para que una persona pueda moverse en un personaje que se le parece, surge espontáneamente. Aunque fue difícil conseguir a los actores, cuando los encontré me di cuenta de que para ellos no era algo sobrehumano. Descubrí que no todos tienen la misma relación con su cuerpo: algunos tenían pavor de transgredir ciertos límites, para otros resultaba natural. La naturalidad que logramos en las escenas de sexo es consecuencia de la naturalidad de esas personas con sus cuerpos. Pero es una experiencia fuerte, que condiciona la filmación: antes de hacerlas, los actores están pensando en las escenas de sexo, y después siguen pensando. Eso tiñe todo de un clima especial, y se nota.
–¿Cómo fue la experiencia de filmar esas escenas?
–Fue muy rica porque nada salió como suponía. Pensé que trabajábamos de manera estrictamente profesional, pero cuando dos personas están teniendo sexo, por más que los estés registrando, están teniendo sexo. Es muy raro, un momento de tensión. El episodio de Buenos Aires es entre dos chicas que paran en el Tigre en la hostería El Tropezón, porque quieren hacer el amor en la cama donde se suicidó Leopoldo Lugones. La habitación se conserva intacta, con la jarra y el vaso que usó Lugones en 1938. Sesenta años después, estábamos filmando una escena de sexo entre dos chicas. Ese momento fue de una fuerza, violencia y tensión que pocas veces sentí.
–¿Coincide en considerarla atípica en el panorama actual?
–Creo que el cine argentino está saliendo del neorrealismo. Hay muchos ejemplos: mi película es uno. Pero en el Bafici también se proyectaronExtraño, de Santiago Loza, y la película de Willi Behnisch, Cantata de las cosas solas, que están en la misma línea. Es un cine que está en la punta opuesta a Pizza, birra, faso, donde el naturalismo está abandonado. Esas voces van formando un coro y dejan de estar tan aisladas. Creo que Hoteles tiene un abordaje diferente del cine argentino en general: no parece hecha acá. No escribí un guión detallado. Fui trabajando los núcleos de acción de cada historia, y aunque ya sabía lo que iba a pasar en la película, recién al momento de filmar definía los planos. Anotaba, por ejemplo: “Ella se baña”, pero recién cuando tenía a la actriz y elegía el baño, terminaba la puesta en escena. Es una forma de trabajo riesgosa porque lleva mucho más tiempo, pero permite aprovechar lo que da el momento: el lugar, la luz, la espontaneidad del actor. Hay que tener dominio de la técnica.
–¿Qué repercusión cree que va a tener?
–Me genera expectativas diversas. A nivel comercial no me imagino qué pueda pasar. No creo que sea popular, pero hay películas que no lo son y sin embargo tienen una buena respuesta de público. En cuanto al sexo explícito, para suponer la reacción puedo pensar en la francesa Intimidad. La mía, de todos modos, es un poco más explícita: en Intimidad no se ven genitales, en Hoteles sí. Yo espero que eso sea leído dentro de un contexto, y que le sirva al espectador para involucrarse más dentro del universo que le estoy proponiendo. Aunque no trabajé el erotismo –siempre me pareció muy frío, muy distanciado–, recibí comentarios de gente que tiene incluso reacciones fisiológicas. Acá se notan mis lecturas de Eisenstein: cómo la yuxtaposición de planos produce algo en el cuerpo del espectador. Es la magia del arte.
–¿Qué es lo que trata de contar a través del sexo?
–Hoteles no se propone ninguna hipótesis: es una sucesión de preguntas universales. ¿El sexo satisface el deseo, o el deseo va más allá del sexo? ¿Hasta qué punto estoy solo? ¿El sexo casual alivia la soledad? Son preguntas que me hago y no puedo responder, y a las que tampoco encontré salida. La película trata sobre mi perplejidad frente a lo que no entiendo. Y el sexo es una parte central de eso: se lo suele pensar como satisfacción del deseo, pero a veces no genera satisfacción. La película también tiene un componente religioso, está muy presente la divinidad. No se trata de un Dios que el hombre simplemente recibe sino la divinidad como invención: también a través de la fe, igual que del sexo, buscamos alivio para nuestra angustia existencial. Nos sentimos vacíos porque estamos desconectados de nosotros. De eso se trata la felicidad.

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“Hoteles” cuenta historias de parejas en cinco ciudades del mundo.
 
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