ESPECTáCULOS › A LOS 87 AÑOS MURIO
GREGORY PECK, UNA DE LAS ULTIMAS LEYENDAS DE HOLLYWOOD

Un gringo viejo que supo dar pelea por sus ideas

El ganador del Oscar por “Matar un ruiseñor” construyó una carrera de éxitos, como galán romántico y también como un hombre íntegro y ciudadano con conciencia cívica. Fue el capitán Ahab del “Moby Dick” de John Huston y Luis Puenzo le dio su último gran papel.

 Por Luciano Monteagudo

“Hacía ver la simplicidad de los grandes hombres y la grandeza de la gente simple”, dijo de él Audrey Hepburn, que fue su inolvidable compañera de aventuras románticas en La princesa que quería vivir. Parece la mejor definición posible para Gregory Peck, una de las últimas leyendas que le quedaban a Hollywood y que ayer, a los 87 años, murió apaciblemente en su mansión de Beverly Hills, acompañado por Veronique Passini, su mujer desde hace casi medio siglo.
Hace unos pocos días apenas, una encuesta del American Film Institute lo había consagrado como el primero en la lista de 100 héroes del cine estadounidense, por su célebre composición de ese abogado idealista que –con una dignidad sólo equivalente a la de Abraham Lincoln– salía en defensa de un hombre negro, acusado de un crimen que no había cometido. La película era Matar un ruiseñor, corría el año 1962 (cuando las luchas por los derechos civiles iniciadas por Martin Luther King y la familia Kennedy empezaban a ganar la conciencia de la sociedad estadounidense) y ese personaje, el indoblegable Atticus Finch, le valió el único Oscar de una carrera que abarcó 52 películas en 54 años.
Se diría que esa postura grave, a veces un poco envarada, pero siempre la de un hombre íntegro y honrado, capaz de imponerse por la firmeza de sus convicciones antes que por la fuerza de las armas, fue la marca que dejó Peck en un cine dominado por héroes de acción como John Wayne, Gary Cooper o Erroll Flynn, entre sus contemporáneos. Nacido el 5 de abril de 1916 en La Jolla, California, el joven Peck tenía pensado seguir la carrera de medicina, pero un viaje a Nueva York le confirmó que su pasión era el teatro. Abandonó su primer nombre (hasta entonces se llamaba Eldred) y comenzó una carrera meteórica en las principales salas de Broadway, que no tardaron en devolverlo a la costa Oeste, para iniciar su futuro en Hollywood.
Su primera película fue Días de gloria (1944), de Jacques Tourneur, una producción de bajo presupuesto de la RKO donde interpretaba a... Vladimir, un héroe de la resistencia soviética contra el invasor nazi (Estados Unidos y la URSS eran por entonces aliados y faltaban todavía algunos años para que se desatara la caza de brujas). Pero su verdadero golpe de éxito fue al año siguiente, con Las llaves del reino (1945), donde encarnaba a un devoto misionero católico que, frente a todos los obstáculos, no dudaba en llevar su palabra y su fe a la última frontera de China. Allí ya obtuvo la primera de sus cinco candidaturas de la Academia de Hollywood y el pase a la productora de David O. Selznick, que lo convocó para protagonizar, junto a Ingrid Bergman nada menos, el que hoy es uno de los clásicos más recordados de Alfred Hitchcock, Cuéntame tu vida (1945), uno de los primeros films de Hollywood en abordar el tema del psicoanálisis y que contó con una secuencia especialmente diseñada para el caso por Salvador Dalí. “Recuerda, recuerda...”, le insistía una y otra vez esa terapeuta angelical, arrebatada por la música onírica y envolvente de Miklos Rosza, mientras él, víctima de una amnesia casi total, se torturaba por un traumático recuerdo de infancia que no terminaba de salir a la luz.
Después de volver a ganar otra candidatura al Oscar con El despertar (1946), Peck se animó con uno de los pocos villanos de toda su carrera, el Caín vengativo y renegado de Duelo al sol (1947), un estilizado western de King Vidor en el que se sacaba chispas con Jennifer Jones y que hoy está considerado una de las cumbres del melodrama de Hollywood. Quizá porque prefería cuidar su imagen impoluta antes que arriesgarse con personajes más complejos (“Es un actor competente, pero siempre un poco aburrido”, lo condenó alguna vez Pauline Kael, la filosa crítica cinematográfica del New Yorker), Peck volvió a la senda del bien y se animó con un nuevo héroe de la conciencia cívica: el audaz periodista de La luz es para todos (1947),que estaba dispuesto a desenmascarar el antisemitismo que anidaba, larvado, en todos los pliegues de la sociedad. Contra todos los pronósticos, la película no sólo fue un gran éxito de público. También se llevó el Oscar a la mejor producción del año, al mejor director (Elia Kazan) y él mismo obtuvo una nueva candidatura de la Academia.
Ese mismo año volvió a trabajar para Selznick y Hitchcock, en Agonía de amor, junto a Alida Valli, pero nunca quiso atarse a contratos a largo plazo con ningún estudio o productor y prefirió ir buscando sus proyectos entre las diferentes compañías. Vivió aventuras de distinto tipo y paisaje en Cielo amarillo (1948), de William Wellman; Sólo los valientes (1951), de Gordon Douglas; El conquistador de los mares (1951), bajo las órdenes de Raoul Walsh para la Warner, y volvió a pegar en el clavo del éxito masivo con Las nieves del Kilimanjaro (1952), de Henry King, para la Fox. Se probó como galán romántico en La princesa que quería vivir (1953), de William Wyler, y no defraudó a sus millones de seguidoras en todo el mundo, que valoraban su apostura, elegancia y moderación.
Sin embargo, el que fue quizá su personaje consagratorio como actor, el Capitán Ahab de Moby Dick (1956), en la versión de John Huston, pedía mucho más que eso y en su interpretación obsesiva y reconcentrada Peck fue capaz de transmitir la locura del personaje imaginado por Herman Melville. Por su parte, Huston lo recordaría luego en sus memorias como “una de las mejores personas que he conocido en mi vida”. Esa integridad que emanaba tanto de un lado como del otro de la pantalla llevó al Partido Demócrata a ofrecerle la candidatura a la gobernación de California, invitación que declinó, para dejarle el papel a Ronald Reagan, consagrado en el puesto por el rival Partido Republicano.
En los años 60, además de llevarse el Oscar por Matar un ruiseñor, se lució en Los cañones de Navarone, en la primera versión de Cabo de miedo (Martin Scorsese lo llamaría para un cameo en su remake de 1991) y en La conquista del Oeste, un maratónico western que tenía en su elenco a la casi totalidad de Hollywood. En los ‘70 participó del éxito de La profecía y fue –otro caso raro en su carrera– el despreciable doctor Mengele de Los niños del Brasil. Su último gran personaje se lo ofreció Luis Puenzo, cuando lo convocó para encarnar al mítico Ambroce Bierce en Gringo viejo (1989), a partir de la novela de Carlos Fuentes que imaginaba el compromiso del escritor con la causa revolucionaria de Pancho Villa. Una vez más, allí Peck se plantaba frente a la cámara como un tótem, dispuesto a dar batalla por unos ideales que no eran solamente los del personaje, sino también los suyos.

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