ESPECTáCULOS › “DONDE CAE EL SOL”, UN FILM DE GUSTAVO FONTAN

Prejuicios propios del barrio

 Por Luciano Monteagudo

El realizador Gustavo Fontán (Banfield, 1960) había venido hasta ahora desarrollando su obra en el campo del documental y del cine experimental, con ensayos y retratos dedicados a diversos poetas y escritores argentinos, como Jacobo Fijman (Canto del cisne, 1994), Macedonio Fernández (Ritos de paso, 1997), Leopoldo Marechal (Marechal o la batalla de los ángeles, 2000; el único que tuvo estreno comercial) y Jorge Calvetti (El paisaje invisible, 2003). Para su primer film de ficción, Donde cae el sol, eligió en cambio trabajar sobre un guión propio y sobre materiales cercanos, como revela en la información de prensa: “La película ocurre en mi barrio, son mis calles, mis árboles. Son personajes cercanos, son sus deseos y sus frustraciones”.
Enrique (Alfonso de Grazia, en su última actuación, antes de su muerte, en noviembre de 2000) es un jubilado que todavía se defiende bien. Tiene una disquería que más que un negocio parece su refugio, allí donde se permite escuchar sus tangos predilectos en las tradicionales placas de vinilo y jugar al ajedrez con sus amigos. Y mantiene su casa, modesta, pero en la que alberga a su hijo, su nuera y su nieto, que están pasando por problemas económicos. El trabajo escasea y se genera más de una situación tensa, que el pobre Enrique se ocupa de aplacar.
Pero él, al margen de los problemas domésticos, también tiene la callada ilusión de rehacer su vida. Viudo desde hace años, se siente atraído por Clara (Mónica Gazpio), la hija de un viejo amigo del club, que trabaja en una peluquería del barrio. Los prejuicios, sin embargo, se convertirán en el principal obstáculo. Clara, que viene de un fracaso matrimonial, está dispuesta a compartir su futuro con Enrique, pero todos a su alrededor cuestionan la diferencia de edad. “Fue mi compañera de colegio”, le echa en cara su hijo. “La tuviste en brazos”, se queja amargamente su amigo.
La película va avanzando lenta, pudorosamente sobre su tema, pero no puede evitar caer en la trampa del costumbrismo. La estructura del film prefiere evitar el crescendo dramático para ir construyendo en cambio una serie de viñetas cotidianas, que generalmente se quedan cortas, en apuntes que no alcanzan a darle un sentido más amplio al conjunto. Las actuaciones son sobrias, pero no siempre demasiado creíbles, salvo en los casos de Mónica Gazpio, que hace de Clara una criatura frágil pero lúcida, y del chico Federico Fontán, que como el nieto de Enrique aporta una mirada intensa, omnicomprensiva.

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