ESPECTáCULOS

Sueños de libertad, a la manera de Thelma & Louise

“Cleopatra”, de Eduardo Mignogna, plantea una historia llena de mistificaciones sobre el ideal de liberación.

 Por Horacio Bernades

Mejor que la típica “película con ídolo popular” y peor que las anteriores de Eduardo Mignogna, Cleopatra es el nuevo intento del realizador de Sol de otoño y La fuga en pos de un cine industrial “dignamente hecho”. Irreprochable desde lo técnico, las intenciones de masividad de Cleopatra se ven reflejadas en la utilización de toda clase de fórmulas de probado efecto, tanto en términos dramáticos como de planteamiento y personajes. En verdad, si algo confirma Cleopatra es que – a diferencia de Adolfo Aristarain y Marcelo Piñeyro, que desarrollan discursos cinematográficos personales mediante formas narrativas clásicas- el rubro que cultiva el realizador de El faro es lo que los sajones denominan crowd pleaser: películas en las que todo está calculado al milímetro para agradar al público.
Esas intenciones se ven reflejadas en la propia elección de casting, ítem en el que a la participación de Natalia Oreiro hay que sumarle la reunión de Norma Aleandro y Héctor Alterio, otra vez marido y mujer, como en la exitosísima El hijo de la novia. Como en Sol de otoño, Aleandro vuelve a componer a una mujer que –en el límite justo entre la madurez y la tercera edad– vivirá la experiencia de su vida. Si en Sol de otoño la revelación era el amor, aquí es la libertad –esa otra mayúscula– que Cleopatra descubre el día en que decide seguirle el tren a Sandra, personaje que le permite a Oreiro hacer más o menos de sí misma. Superestrella de telenovelas harta de su papel, Sandra le hace un corte de manga a su vida, justo cuando se halla en el pico de la fama y está a punto de poner el piecito en el soñado mercado latino.
Tras conocerse por casualidad en los estudios de Telefé (dónde iba a ser, si el sello de las pelotitas es el que produce la película), la diosa Sandra se hace amiga de la mortal Cleopatra, con una rapidez y facilidad que sólo se ve en las películas. Cleopatra es una ex maestra que desde su retiro viene probando de todo, desde vender tortas “para afuera” hasta corretear productos de belleza, con magros resultados. Pero igual el ánimo no le afloja, a diferencia de su marido, Roberto (Alterio), a quien quedarse sin empleo lo sumió en una depresión sin fondo. Una vez lanzadas al camino, Cleopatra y Sandra visitarán al pueblito natal de la chica, llegarán hasta el pie de los Andes, conocerán hombres (Sandra a Leonardo Sbaraglia, que hace de camionero, dueño de campos y criador de caballos, y Cleopatra a Alberto de Mendoza, médico viudo con el que tendrá un aparte) y experimentarán la pura libertad, dejando atrás la cárcel de sus vidas.
Si la última frase suena a slogan es porque Cleopatra está enteramente construida sobre esa clase de mistificaciones. La estrella de telenovelas aspira “a lo mismo a lo que toda mujer: ser amada”, mientras que la ex maestra deja a su marido –sin sentir ni una vez el más mínimo cosquilleo- en un estado tal, que da la sensación de que en cualquier momento el hombre se pega un tiro. Obvia “adaptación” de Thelma & Louise, más que episódica la nueva película de Mignogna es espasmódica. Ciertos personajes desaparecen casi sin dejar rastros (el de Alterio, notoriamente) y estánlos que, de la nada y como para agregar un toque de dramatismo, se lanzan en abruptas confesiones íntimas (Sbaraglia y De Mendoza, en dos escenas casi calcadas).
Pero si hay algo extemporáneo en Cleopatra son los comentarios que la protagonista hace cada tanto a cámara, recurso digno de una conductora de talk show. Finalmente, y a pesar de lo que en la película se sugiera de ella por vía del personaje de Oreiro, todo parecería quedar dentro del mundo de la televisión.

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Natalia Oreiro y Norma Aleandro, protagonistas de un viaje que les cambia la vida.
 
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