ESPECTáCULOS › ENTREVISTA AL DIRECTOR TEATRAL LUCIANO SUARDI, QUE EN ENERO ESTRENA “PANORAMA DESDE EL PUENTE”

“Estos personajes de Miller luchan contra ellos mismos”

Será en la Sala Martín Coronado, del Teatro San Martín. Luciano Suardi fue convocado para dirigir esta obra de Arthur Miller. Crea, por haber probado en otras puestas, un estilo que él llama de “realismo corrido”, en el que los personajes quiebran por momentos el naturalismo para internarse en un registro más poético.

 Por Hilda Cabrera

El dramaturgo estadounidense Arthur Miller ha sido siempre crítico respecto de la “inanidad” en el teatro. Construyó caracteres, se inspiró en mitos de los griegos y fue influido por teorías de Marx y de Freud. Se enroló en el teatro “de texto”, creando un lenguaje propio y personajes destinados a mostrar el lado oscuro del “sueño americano”. Una mística que derribó en piezas célebres como La muerte de un viajante (de 1949) y, entre las más cercanas en el tiempo, El último yanqui (The Last Yankee), estrenada en el off Broadway en 1993. Posterior y diferente a La muerte... pero, como ésta, atravesada por la exclusión y el deseo, Panorama desde el puente, de 1955, será representada a partir de enero próximo y en nueva versión en la Sala Martín Coronado del Teatro San Martín, según una puesta de Luciano Suardi, también actor, pero no en este montaje. Integran el elenco Arturo Puig, Elena Tasisto, Carolina Fal, Aldo Braga, Claudio Quinteros, Alejandro Zanga, Diego Starosta y muchos más. La música pertenece a Oscar Strasnoy, el diseño de luces a Gonzalo Córdova, el vestuario a Julio Suárez y la escenografía a Oria Puppo. En cuanto a Suardi, también docente, se formó con Augusto Fernandes y Alejandra Boero, obtuvo una beca de la Fundación Antorchas para realizar estudios en el Lee Strasberg Theatre Institute de Nueva York y actuó en varias obras, dirigido por Agustín Alezzo, Rubén Szuchmacher y Alejandro Tantanian, entre otros. Participó de Proyecto Museos 5, coordinado por Vivi Tellas, donde estrenó La víspera, un trabajo inspirado por el Museo Tecnológico, y con apoyo de la Akademie Solitude, presentó en Alemania la performance Skin, que reestrenará en 2004 en dos ciudades europeas. Su último trabajo (como autor y director) en el circuito alternativo de Buenos Aires fue En casa (el último día que los vieron vivos), un policial que demandó un dispositivo escénico especial y convirtió al espectador en un mirón, con posibilidad de armar una historia con lo que se le ofrecía (era un voyeur asomado a ventanas y puertas de habitaciones de formas distorsionadas). Respecto de Panorama..., Suardi fue convocado por el director del CTBA, Kive Staiff, quizá –reflexiona en diálogo con Página/12– “por cierta línea en la que he venido trabajando y que se relaciona con lo que hice en Los derechos de la salud, de Florencio Sánchez, y Temperley, una obra del ciclo Biodrama, donde me ocupé también de la dramaturgia”. A este comentario suma otra pieza, Teresa R. Sostiene que esa línea a la que alude es la de un “realismo corrido”, apuesta estilística que ensayó en la pionera La espuma, estrenada en Espacio Giesso y luego en el Centro Cultural Recoleta. En esta obra los personajes quebraban ex profeso su acción “naturalista” de planchar o lavar la ropa para “obtener textos más poéticos al narrar sus historias”.
–¿Intenta algo similar en Panorama...?
–Sí. La aparición del personaje de Alfieri a la manera de un corifeo que representa a la comunidad (un coro en sí misma) nos permite distanciarnos, aun cuando ni los actores ni yo estamos encarando la puesta de modo distanciado. La mirada sobre los hechos es una cosa y las interpretaciones, aquí apasionadas, otra. Doy un ejemplo: para poner distancia en Teresa R., algunos personajes se ubicaban en determinado momento al fondo del escenario, pero la actuación de la protagonista seguía siendo intensa.
–¿Quiere decir que no pierde emoción?
–Es lo que intento.
–¿Cuál es su lectura de Panorama...?
–Mi intención es indagar en esos aspectos de lo cotidiano que devienen en tragedia. En cómo en ese transcurrir de la vida, aun de las más sencillas, subyace un aspecto trágico que solamente advertimos cuando estalla. Ese propósito estaba también presente en Temperley y en Los derechos de la salud, y es ahí donde reconozco una relación entre todas estas puestas.
–¿Serían esos planos psicológico y social que se encuentran en las obras de Miller y que en este autor se traducen en una mezcla de pesimismo y esperanza?
–Planos que por otra parte aparecen tan reñidos en Miller. Pero en este sentido no encuentro en Panorama... esa misma pelea con lo social que se descubre en Las brujas de Salem. Aquí la pelea es la del hombre consigo mismo. En el personaje de Eddie Carbone el conflicto surge de una pasión que él no puede admitir ni controlar. Y es a partir de la defensa de la propia naturaleza que traiciona los códigos de amistad de su comunidad.
–¿Es fundamental para realizar esta puesta conocer esos códigos?
–Sí. No hay que olvidar que esa comunidad de extranjeros pobres en un país rico está amparando a inmigrantes “ilegales”, desde lo económico. Los inmigrantes italianos sobre los que, escribe Miller, desembarcaron perseguidos por la miseria. Estaban muertos de hambre y debían deslomarse para subsistir. La prosperidad que existía en los años ‘50 en Estados Unidos no se derramaba sobre ellos. Estos inmigrantes vivían encerrados en su comunidad sin atreverse siquiera a conocer Manhattan.
–¿Qué modificaciones introdujo en el lenguaje, más formal en el “teatro de arte” de aquella época?
–Estamos trabajando sobre una traducción de Masllorens y González Del Pino con el aporte de los actores. Pero los cambios no son muchos. Quiero conservar cierta pátina del lenguaje de esos años, que en mi opinión le otorga a la obra un tinte poético. Por otro lado intento hallar equivalencias lingüísticas. Un estibador podía decir entonces “me rompí el lomo”. Hoy eso mismo se expresa de manera más cruda. Mantengo sí la estructura de la obra tal como fue escrita y la forma de narrar del personaje del abogado, que es lingüísticamente muy poética.
–¿Qué piensa de esas migraciones de pobres hacia países ricos?
–Son fenómenos que se reiteran, nacidos del deseo de vivir en un mundo mejor. Los personajes de Panorama... buscan su lugar. Pueden equivocarse, como quizá se equivoque Eddie, un personaje que comete atrocidades pero a quien Miller no condena. Miller rescata esencialmente la lucha de cada individuo por recuperar las relaciones con su contexto. En el enfrentamiento entre el estibador Eddie y Rodolfo, uno de los jóvenes hermanos sicilianos a los que Carbone dio refugio en su casa, está Catherine, la sobrina de Eddie, y una historia de amor, de culpa y traición. Miller muestra que no hay leyes para condenar determinadas cosas. En Panorama... lo que está en juego es el enfrentamiento entre la ley de la comunidad y la ley escrita, que es la del Estado, y que suele ser injusta.
–Otro dilema del presente...
–Si lo aplicamos a nosotros y a la Argentina, podemos decir que sí. Uno es consciente de que quiere que se vayan todos los que nos han perjudicado, pero también de que eso es un imposible, porque cada día aparece una nueva instancia legal y el que debe ser condenado se muestra públicamente como si no hubiera hecho nada. Para estos conflictos yo no tengo respuestas, pero creo que en algún aspecto quedan planteados como interrogantes en la obra.
–¿Imagina a qué tipo de espectador se dirige?
–No. Eso tal vez era posible en la década en que Miller escribió Panorama..., pero no en esta época. De todas formas, creo que Miller ha trascendido y sus obras mantienen vigencia, porque ha sabido contar bien grandes historias, y a mí me gusta contar historias en el escenario. Dirijo por eso, pero sin el deseo de transmitir un mensaje o alguna teoría. No soy una persona arrogante ni pretendo “iluminar” al espectador.

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Luciano Suardi se formó con Augusto Fernandes y Alejandra Boero. Después siguió en Nueva York.
 
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