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“Los textos de Cortázar son máquinas de pensar”

A punto de viajar a México para un homenaje en la Universidad de Guadalajara, la escritora Luisa Valenzuela analiza los rasgos estilísticos del escritor, contrastándolo con Jorge Luis Borges.

Por Angel Berlanga

“Cortázar era un ser extraordinario, de una calidez humana muy profunda. Se interesaba mucho por los escritores jóvenes; en ese sentido era lo contrario de Borges, que dijo que a los jóvenes poetas había que disuadirlos”, dice Luisa Valenzuela a pocas horas de partir hacia México, donde participará del coloquio sobre el escritor organizado por la Cátedra Latinoamericana Julio Cortázar, de la Universidad de Guadalajara. “Yo creo que cuando Carlos Fuentes y García Márquez decidieron donar sus premios nacionales para hacer una cátedra, lo eligieron a él por la calidad de su obra y porque tenían una enorme devoción por su nobleza: Cortázar se sacrificó mucho por las causas en las que creía”, agrega la escritora, en referencia al apoyo del autor de Rayuela a las revoluciones en Cuba y Nicaragua.
No será aquél el único contraste que aparezca en la entrevista en torno de Borges y Cortázar, a quienes Valenzuela considera “nuestros dos grandes polos, los dos grandes escritores argentinos”. Luego de evocar un congreso en La Habana en los años ‘60, en el que José Lezama Lima destacaba el carácter “latinoamericano, argentino y porteño” de la prosa de Cortázar, Valenzuela subraya que quizás Borges sea mucho más universal porque su obra se nutre de raíces literarias muy diversas. “Cortázar es más difícil de traducir, porque está lleno de regionalismos; como trabaja desde dentro del lenguaje, es difícil también dar una idea cabal de lo que él puede decir en algunos idiomas que no funcionan con una gramática latina. Pero hay una gran fascinación por su obra: yo conozco gente en México que recita páginas enteras de Rayuela de memoria. En toda América latina es un escritor sumamente amado. Su obra tiene plena vigencia. Y otra cosa: aun los que se limitan a apreciar lo de los cronopios y los famas, que es lo más fácil, también entran en sus mecanismos de textos como máquinas de pensar, máquinas que generan otras ideas y son estímulos de pensamiento. De alguna manera, Borges, a quien admiro profundamente, es tan preciso, perfecto, clausurante, que ahí no entra nada más. Mientras Borges es totalmente centrípeto, Cortázar, en cambio, es totalmente centrífugo: en él entra todo, y uno se puede sentir hermanado con ese espacio que él abre a los demás.”
–¿En qué basará su exposición en Guadalajara?
–Voy a proponer que se lo considere a Cortázar como el eximio y excelso “payaso sagrado”. En algunas culturas indígenas, sobre todo en América del Norte, los payasos sagrados son los personajes que pueden romper la sacralidad, los rituales, y son aún más considerados y respetados que los mismos representantes de los dioses, porque son los que entienden el mundo del más allá y el del más acá. Son los que entienden el lenguaje, del otro lado del mundo y de éste. Y yo creo que Cortázar era el epítome en ese sentido, porque él siempre estaba tratando de empujar el límite, de ver qué había del otro lado, de ver cómo la muerte estaba presente en la vida. Su mundo no era de dicotomías, y para él todo, de alguna manera, estaba imbricado.
–Y esto se relacionaría, también, con la pasión de Cortázar con lo lúdico, un rasgo saliente de su obra.
–Claro: el payaso sagrado es lúdico en serio. Cortázar decía que derivaba de la patafísica, cuyo principal precepto es no tomarse lo serio en serio. El trabajaba con temas de enorme seriedad y de golpe abría este juego. Porque creía que el juego abre la puerta para avizorar cosas que no pueden comprenderse de otra manera. Cortázar decía que de chico había sido muy serio, muy adulto; y de adulto, a la hora de escribir, utilizó mucho aquella mirada “seria” de niño que veía con ojos siempre nuevos, renovados.
–Cuando Cortázar empezó a incluir en sus ficciones temáticas políticas, ¿qué pasó con esta intención lúdica?
–Yo creo que se metió en política por un profundo amor a la humanidad; en un momento dado entendió que tenía que jugarse. Venía de una clase literaria argentina, casi diría que liderada por Borges, que decía que no se podía pensar una novela comprometida, que el compromiso político de alguna manera estropeaba la literatura. Cortázar comprendió que eso no necesariamente es así. Por mucho tiempo intentó mantener ambas cosas separadas; yo creo que fue cuando mejor escribió. Y creo que escribe sus cosas más flojas cuando intenta mezclarlo, como en Libro de Manuel, pero ahí también hay tramos magistrales. Su sueño era poder imbricar ese mundo de la pura poesía, de la pura literatura, con la visión política. Yo creo que es factible y que lo hizo cuando no quiso hacerlo, primero jugando con Fantomas y los vampiros transnacionales, pero también en ese cuento maravilloso que habla de Laura Bonaparte...
–Recortes de prensa.
–Ese cuento es bellísimo. Y también lo hizo en otros cuentos, como Graffiti. Poco antes de morir, Cortázar me contó un sueño: le entregaban un libro impreso en el que veía, por fin, que había podido aunar esos dos mundos, el de sus creencias políticas y el del arte. Un libro perfecto, impecable, que estaba hecho de figuras geométricas, no de palabras. El quería volver a la literatura pura, pero se sentía en la obligación, cuando le pedían un texto para cualquier revista, de escribir sobre política.
–¿Qué destaca entre su obra?
–Sus cuentos, en general, son extraordinarios. Rayuela fue un deslumbramiento: lo leí de una manera y lo volví a leer de otra, y no quería abandonar nunca ese universo tan complejo, tan magistralmente narrado. Pero el libro que más me gusta es 62: modelo para armar. Ahí está de nuevo lo que no puede ser dicho, ese momento que toca lo inefable con la ciudad, los sueños que comparten sus personajes.
–¿Influye, hoy, su obra?
–En su momento, Rayuela debe haber tenido millones de imitadores. Pero ahora no, no creo. Sus textos son muy inquietantes. En general los escritores de acá tratan de encontrar respuestas, o argumentos tranquilizadores, aunque se cuenten cosas aterradoras: de alguna manera, quizás un poco maniquea, los malos van en un lugar y los buenos en otro. En Cortázar no existe ese maniqueísmo: sus mundos, como dije antes, están imbricados, y eso despierta inquietud. Es lo que me interesa.

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Valenzuela participará de un coloquio en la Cátedra Julio Cortázar.
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