ESPECTáCULOS › A LOS 95 AÑOS, MURIO BILLY WILDER, UNA LEYENDA INDISCUTIBLE DEL CINE

Una Eva, dos Adanes y un maestro

Era austríaco. Escapó de los nazis e hizo historia en Hollywood, donde dirigió a numerosas estrellas de primera línea y rodó varias de las películas fundamentales de la llamada “época de oro” de las comedias

“Hemos perdido a uno de los iconos del cine.” Con esta frase, absolutamente cierta y comprobable, George Schlatter anunció ayer la muerte de Billy Wilder, el director de origen austríaco que permanecía como uno de los últimos supervivientes de la época dorada de Hollywood. Wilder, de 95 años de edad, murió de neumonía en su hogar en Beverly Hills (donde vivía junto a Audrey Young, con quien se había casado en segundas nupcias en 1949) en la noche del miércoles. Wilder ya había sido internado en diciembre con dificultades para respirar, y no pudo irse del mundo como quería, o como al menos fantaseó al decir que “me gustaría morir a los 104 años, completamente sano, asesinado por un marido que me acabara de pescar in fraganti con su joven esposa”.
Las palabras destilan ese ingenio y ese toque mordaz con que Wilder miraba la vida, sobre todo, la suya. Samuel Wilder nacido en el seno de una familia judía en Austria el 22 de junio de 1906, y apodado Billy debido a una fascinación de su madre por Buffalo Bill, se lanzó primero al periodismo, trabajando como corresponsal en Berlín. Allí dio sus primeros pasos como guionista con el director alemán Robert Siodmak, en 1929; sin dejar del todo el periodismo, trabajó en 14 películas, hasta que la llegada de Hitler al poder lo hizo emigrar a Francia, donde realizó su primera película, Mauvaise Graine, antes de emigrar a Estados Unidos (sin hablar una palabra de inglés), donde obtuvo la nacionalidad norteamericana en 1939.
Un amigo alemán le consiguió su primer trabajo como guionista en un estudio y terminó trabajando con el que luego sería su mentor y maestro, Ernst Lubitsch. El perfeccionismo de Lubitsch, combinado con la acidez de Wilder, dio excelentes resultados como la magistral Ninot- chka, en la que lograron hacer reír a la gélida diva sueca Greta Garbo. Cuando Lubitsch murió, alguien dijo en el funeral: “Se acabó Lubitsch”, y Wilder replicó: “Peor aún: se acabaron las películas de Lubitsch”. Y es que el director, que debutó en 1942 con La pícara Susú, con Ginger Rogers y Ray Milland, persiguió durante toda su vida el “toque Lubitsch”. De hecho, en su despacho se podía leer un cartel que decía: “¿Cómo lo habría hecho Lubitsch?”.
En 1945 tuvo que regresar a Alemania, enviado por el gobierno estadounidense, y allí se enteró de que su madre y otros familiares habían muerto en el campo de concentración de Auschwitz. Un año antes, Wilder ya había cosechado numerosos aplausos con una película de cine negro, Pacto de sangre, que protagoniza Barbara Stanwyck, y en la que trabajó en el guión con el reconocido escritor de novela negra Raymond Chandler. En Días sin huella (1945), largometraje que ganó cinco premios Oscar, Wilder relató la amarga historia de un escritor que se hunde en el alcoholismo. Cinco años más tarde, cuando él ya era toda una estrella de Hollywood, retrató la miseria del mundo que los rodeaba en aquel glamoroso rincón de Estados Unidos con El ocaso de una vida. En esa película, con la que ganó su tercer Oscar, Wilder retrata la decrepitud del mundo de las estrellas con una fabulosa vieja gloria de Hollywood, Gloria Swanson, un joven William Holden, el actor y director Erich Von Stroheim y un entonces olvidado Buster Keaton.
Pero en el género en el que realmente Wilder brilló fue en la comedia. Sacó partido como casi nadie de ese don que Marilyn Monroe tenía de actriz cómica, y aunque era desesperante su impuntualidad (que, según relató el director después, le permitió leer La guerra y la paz y Los miserables), creó momentos inolvidables como aquella escena en que a la sensual Marilyn se le levanta la falda en La comezón del séptimo año (1955). “Existen más libros sobre Marilyn Monroe que sobre la Segunda Guerra Mundial, y hay una cierta semejanza entre las dos: era el infierno, pero valía la pena”, dijo el director sobre la actriz, en otra muestra de sus frases filosas. Volvió a trabajar con ella en el explosivo trío que completaban Jack Lemmon y Tony Curtis en Una Eva y dos Adanes (que fue elegida como “la película más divertida de la historia” por el prestigioso Instituto de Cine Norteamericano en junio de 2000) y en Piso de soltero, pero Wilder también dirigió a otras grandes estrellas. Regaló al espectador una glamorosa Audrey Hepburn en Sabrina, película en la que también trabajó con Humphrey Bogart, con quien no hizo tan buenas migas. Además, descubrió la química de un tándem irrepetible: Jack Lemmon y Walter Matthau, que desde aquella mítica Primera plana volvieron a protagonizar varias películas juntos.
En 1981 reunió a Lemmon y Matthau para su última película, Compadres, y desde entonces permaneció alejado de las cámaras, ya que las compañías de seguro no se atrevían a respaldarlo. Pero el maestro estaba lejos de caer en el olvido. Basta una sola prueba: cuando el director español Fernando Trueba recogió su Oscar a la película en habla no inglesa por Belle epoque, en 1992, no tuvo dudas en afirmar que “me gustaría creer en Dios para poder agradecerle este Oscar. Por desgracia sólo creo en Billy Wilder, así que... gracias, Mr. Wilder”. La cerrada ovación del auditorio corroboró esas palabras.

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Momento cumbre: junto a Marilyn en un instante que hizo historia.
 
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