ESPECTáCULOS

La historia de un loco noruego que prefería guardarse en el armario

En un film encantador, que adopta los elementos de la comedia romántica sin caer en la sensiblería tonta, Adam Sandler debe conquistar una y otra vez a Drew Barrymore, que tiene serios problemas de retentiva. La noruega Elling, por su parte, presenta a un protagonista bastante desquiciado, pero consigue evitar la tentación común de redondear su historia con una de esas sanaciones milagrosas.

 Por Horacio Bernades

Calidez, humanidad, un toque de melancolía y, de ser posible, una pizca de excentricidad: eso es lo que la Academia de Holly- wood suele pedirle a un film europeo, a la hora de nominarlo para competir por el Oscar al Mejor Film Extranjero. La regla se confirma con Elling, que concursó por Noruega hace un par de ediciones y ahora se estrena en la Argentina, con el subtítulo Mi amigo y yo. Si en películas como Memorias de Antonia, Kolya y En un lugar de Africa el humanismo estaba bien a la vista, este segundo opus cinematográfico del director teatral Petter Naess lo presenta atenuado, filtrado a través de la figura de un enfermo mental irreductible. Lo cual no deja de ser una ventaja: en cine hay pocas cosas peores que los locos que al final se curan y, por suerte, el final de Elling encuentra al protagonista (casi) tan piantado como al comienzo.
Y vaya si lo está: la primera vez que se lo ve, está metido dentro de un armario. “Siempre fui un nene de mamá”, reconoce de entrada. Que ronde los 40 no obsta para que, a la muerte de aquélla, haya corrido a encerrarse en el placard más cercano. De allí lo saca la fuerza pública. Pero como la película no transcurre en la Argentina sino en un país donde rige el estado de bienestar, en lugar de encerrarlo bajo cuatro llaves se hacen cargo de él. Lo internan en una clínica de salud mental y un par de años más tarde, por increíble que parezca, le consiguen un departamento en Oslo, con todos los gastos pagos. Deberá compartirlo con un ex compañero de internación, un grandote parecido a Obelix “a quien lo único que le preocupa es la comida y el sexo”, según testimonia Elling.
De allí en más, es cuestión de aprender a convivir. Lo cual, en el caso de Elling, no es sencillo: fóbico de cuidado, el tipo no atiende timbre ni teléfono, porque se siente muy ridículo “hablándole a un tubo de plástico”. Por lo demás, se comporta como un chico caprichoso, haciéndole la vida imposible no sólo a su compañero de piso sino también al amabilísimo encargado de supervisar la vida civil de ambos (sí, también de eso se ocupa el Estado noruego). Caprichoso y celoso: hay que ver cómo se retuerce Elling cuando el grandote empieza a aparecerse con una vecina embarazada. “Vas a aplastar al pobre bebé si te le tirás encima”, lo desalienta, poco antes de que el otro pierda la virginidad.
Como una suerte de Robert Fripp con gestos de Mr. Bean, el actor teatral Per Christian Ellefsen no desperdicia la posibilidad de guiñar, sacudirse y esconderse en los rincones, componiendo –otra ventaja de la película– a un loquito bastante menos simpático que el de Dustin Hoffman en Rain Man. En el camino, Elling descubre un día que la poesía no se le da mal, y eso es lo más parecido a una curación que ofrece la película. De todos modos, que ésta se cierre con aquello de “siempre fui un nene de mamá”, deja entender que la convivencia junto al grandote, la vecina y un poeta veterano no bastó para curarlo del todo. Por suerte.

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Elling es un fóbico con mucho para aprender sobre la convivencia.
 
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