ESPECTáCULOS › ENTREVISTA A SYDNEY POLLACK, DIRECTOR DE “LA INTERPRETE”

“Cuando le dan mucho poder, el héroe puede ser un tirano”

El director de Africa mía y Tootsie explica por qué eligió las Naciones Unidas como escenario para su film, que define como “un thriller político”. “En mis películas se me va la vida. Me lleva dos años hacer una y prefiero gastar ese tiempo en cosas que realmente me interesen”, detalla.

 Por Mariano Blejman

Los rumores que hablaban de la presencia de un top ten de Hollywood recorriendo Mendoza a mediados de marzo, junto a otros cinco amigotes en un jet privado (presumiblemente de algún alto ejecutivo de la Coca-Cola), no harían más que aumentar el murmullo cinematográfico en una zona, Mendoza, cuyo misticismo fílmico no ha vuelto a encenderse a nivel internacional desde que Alan Parker hizo Siete años en el Tíbet, en la localidad de Uspallata, con Brad Pitt en el rol protagónico. Ahora se trataba de Sydney Pollack, el director de Fachada (1993), Havana (1990), la ganadora del Oscar Africa mía (1985) y Tootsie (1982), entre otras. Pero no venía a filmar: Pollack aterrizaba en el pedemonte para recorrer los caminos del vino en bicicleta. Unos días después y ya en Buenos Aires, Pollack conversó con Página/12 sobre los avatares que sufrió para filmar La intérprete, estrenada en Buenos Aires este jueves, con Nicole Kidman y Sean Penn.
La intérprete sucede mayoritariamente dentro de las instalaciones que las Naciones Unidas tienen en Nueva York. El argumento es una especie de intriga política en la que un agente del FBI (Penn) es asignado para proteger a una intérprete (Kidman), que intercepta casualmente a través de los micrófonos un plan para asesinar a un líder africano. Es la primera vez que una ficción usa como escenario esa especie de país que cabe dentro de un edificio. Y no deja de ser todo un símbolo que una de las dos sedes principales –acaso la más importante– de las Naciones Unidas esté instalada sobre un terreno donado por John D. Rockefeller III y construido con el dinero del magnate, en pleno Manhattan.
–¿Por qué quiso filmar dentro de las Naciones Unidas?
–No hubo realmente un lugar preciso donde empezó a formarse el guión. La idea era hacer un
thriller político con un elemento sorpresa. En el film, todos creen que conocen a quien es “la intérprete”, pero no la conocen realmente. Piensan que la conocen, pero no lo hacen. Me gustó mucho, además, explorar lo que nadie lo había hecho antes: el funcionamiento interno de las Naciones Unidas.
–¿No es un poco irónico que el terreno de las Naciones Unidas haya sido donado por Rockefeller?
–Seguramente lo es. Sabemos bien que las Naciones Unidas tienen problemas de funcionamiento. En algún modo no son efectivos. Pero, ¿cuál es la alternativa? Entiendo que hay un sentimiento complicado en estos momentos entre Estados Unidos y las Naciones Unidas. Pero creo que es mejor que sea esto lo que rige el mundo y no actitudes como “no te quiero, te voy a matar”. Las Naciones Unidas están llenas de problemas, pero es lo mejor que tenemos. Tenemos que alegrarnos de que existan, no hay que ignorarla.
–También es un símbolo que los que atienden el bar del subsuelo –en la vida real– suelen ser todos latinos.
–Una persona que trabaja en el bar es húngaro, es una persona que escucha mucho pero no dice nada. Aprendimos mucho de la gente que trabaja dentro de las instalaciones de las Naciones Unidas...
–O sea que, de algún modo, La intérprete es un reconocimiento a esa labor...
–Existe una mínima esperanza de que la institución funcione. No quiero ser naïf con respecto al funcionamiento del mundo, pero quiero tener algo de esperanza. El film comienza en Africa, donde se ven algunas escenas violentas. Me gustaba que fueran escenas fuertes, porque en el mundo real la gente se mata de verdad. Pero, ¿cómo puede ser que en un mundo con tanta gente lista y educada no haya una manera mejor de comprenderse? ¿Cómo es posible que haya genocidios desde hace 5 mil años?
–Muchas veces, en nombre de grandes causas, son los países grandes que se convierten en terroristas...
–El problema es cuando los luchadores por la libertad se vuelven tiranos. Cuando le dan poder por mucho tiempo, un héroe corre el riesgo de volverse un tirano. Es lo que pasa, la historia del mundo está llena de luchadores por la libertad que terminan como dictadores, usando métodos horribles, tratando de perpetuarse en el poder que consiguieron. Lo que yo me pregunto siempre, y en esta película sobre todo, es: ¿cuándo un luchador, un revolucionario, se convierte en un terrorista? ¿En qué momento sucede? ¿Cómo puede detenerse?
–En la película se nota una tensión entre las jurisprudencias de las Naciones Unidas y la policía de Nueva York. ¿No es el mismo tipo de problema que hay entre las Naciones Unidas y Estados Unidos a nivel global, esa permanente tensión y aprovechamiento cuando es conveniente?
–Cada país tiene una explicación a sus acciones. Los Estados Unidos son ciertamente arrogantes en muchos aspectos.
–¿Hasta dónde puede hacer política con el cine?
–Tengo que ser muy cuidadoso, y expresivo. Los films de Holly-
wood tienen que ser cuidadosos. No es como en Europa, donde uno puede filmar sin tener la necesidad de ganar dinero. En EE.UU. la gente quiere entretenimiento. Uno puede plantear temas más “comprometidos”, pero siempre y cuando sean tan entretenidos como pueda existir. A mí me gustan los films de popcorn. No tengo nada contra eso. Ahora bien, en mis películas se me va la vida. Me lleva dos años hacer una película y prefiero gastar ese tiempo en cosas que realmente me interesen. En algunos de mis films tengo que hacer una pregunta sin pretender ser un maestro o decirte lo que tenés que hacer o pensar. Pero de todos modos eso es muy difícil.
–¿Tuvo algún problema con el gobierno durante el rodaje?
–Lo más difícil fue conseguir permisos para filmar dentro de las Naciones Unidas. En Estados Unidos fui a la CIA a buscar información, fui a la “sección Africa” de la CIA. Busqué saber qué hacían, cómo protegen a los mandatarios cuando llegan al país. La única vez que tuve problemas fue con el rodaje de Havana, porque fui a pedir permiso para filmar en Cuba. Los cubanos no tenían problemas en que yo fuera, pero cuando fui a Washington hablé con los responsables y no nos dieron “permiso”, dijeron que no podía salir de Estados Unidos para hacer negocios con Cuba.
–La vida real no es como en el cine.
–Con Tres días del Cóndor también hubo problemas. Eran los años ’70, y ésa fue la década de la paranoia en todo el mundo, sobre todo en Estados Unidos. Ahora todo es bastante diferente, y la verdad es que no siento una presión del gobierno, aun cuando soy crítico de sus comportamientos. Eso es la democracia: la posibilidad de protestar. De todos modos, haciéndolo también me considero patriótico. Aunque creo que como nación hacemos cosas muy tontas.
–¿Qué investigación hizo en Africa?
–Pasamos ocho meses en Kenia, visité Botswana, cerca de Tanzania. Filmé la parte africana en Mozambique. No soy un experto en Africa, estuve mucho tiempo en el terreno, leí libros. Después pasé mucho tiempo investigando la historia de los intérpretes en las Naciones Unidas. En total fueron unos 14 meses de preproducción y de trabajo. Pasé mucho tiempo con intérpretes, tratando de entender cómo funcionaba todo.
–El rol de las Naciones Unidas está bastante debilitado. ¿Su intención era recuperar su papel?
–Convengamos que las Naciones Unidas están en problemas. Aunque ahora es el único organismo internacional que tenemos para asegurar la autoridad. Es una forma de resolver los problemas entre países. Seguramente el funcionamiento tiene que cambiar.

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Pollack estuvo en marzo en Mendoza, en un viaje de incógnito para recorrer los caminos del vino en bicicleta.
 
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