ESPECTáCULOS › UNA VISION DEL PROGRAMA “KAOS EN LA CIUDAD”

Sexo, droga y cámara oculta

El programa de Juan Castro va perfilando un estilo de periodismo transgresor fashion, con sus pros y contras. En rating, le va bárbaro.

Juan Castro está desvelado con el tema del sexo y la droga, dos asuntos que alguna vez fueron tabú en la televisión argentina, juntos o por separado. En “Kaos en la ciudad”, el programa que conduce por Canal 13, los informes sobre distintos aspectos de la venta, el consumo y los usos del sexo y droga en Buenos Aires se suceden con una saludable naturalidad, en una especie de intento de conformar una enciclopedia útil para quienes buscan información. Castro está contento como chico con chiche nuevo al poder operar con un evidente desparpajo en un terreno tan resbaladizo como ése. A veces su entusiasmo parece excesivo, como si en lugar de dirigirse a la masa de televidentes hiciera el programa para un grupo de amigos, a los que se ha propuesto sorprender. Pero el exceso es parte central de la televisión de hoy, en que casi todo se rubrica, se machaca, se repite, se grita.
El revuelo que Castro genera con su propio entusiasmo a veces opera de tal manera que ilumina demasiado zonas de sus programas que saltan a la vista y deja en las sombras otras, más logradas pero menos altisonantes. La trasgresión fashion le gana así al periodismo, como si esos dos aspectos de su personalidad no pudieran ecualizar, o convivieran sin armonía, en la vieja lucha de KAOS vs. Control. Está claro que cuesta ser un periodista creíble después de haber sido la cara más visible de un reality perverso como “Confianza ciega”, pero también que en los momentos más interesantes de las dos temporadas de “Zoo”, Castro pareció en condiciones de reclamar un lugar en el elenco de los nuevos conductores importantes de una televisión repleta de campeones del lugar común. No hay duda, empero, de que fue ese camino el que lo trajo hasta aquí, como también que consolidarse en la última noche de Canal 13 con una propuesta de periodismo sería estar a un paso de la consagración. Esta semana, en un día corrido –va los jueves, salió el miércoles– “Kaos...” le rindió 15.4 al 13 y su media de rating es superior a eso.
Curiosamente, cuando el programa sale de la transgresión gana en calidad. Esta semana fueron mucho mejores los informes de Martín Ciccioli sobre el paro de los piqueteros mientras Hugo Moyano suspendía el de la CGT disidente... por lluvia y el trabajo del propio Castro sobre el caso del joven delincuente “Frente” Vital asesinado por la policía y convertido por sus amigos en un santito –el caso fue tapa de Página/12– que los seguimientos de la actividad sexual nocturna en los bosques de Palermo y el caso de la venta de drogas en un anexo del Senado de la Nación. Que aquellos temas estén tratados mejor y más noblemente que éstos no significa que vayan a tener más repercusión. Más bien al contrario. Esta es la Argentina de hoy, no la Francia de Jospin.
¿Es lícito denunciar actividades sexuales ajenas utilizando una cámara oculta que termine deschavando que un pobre hombre que recoge basura en un lago de Palermo a veces practica el sexo con otros hombres? ¿Es ético filmar a un chico ofreciendo sexo oral por 5 pesos a dos muchachos que se lo solicitan escondidos de este lado de la cámara? Está claro que hay un tono liviano en Castro que desdramatiza lo que bien podría ser considerado un “escrache sexual”. Pero tanto como eso que el tema de proclamar una identidad sexual diferente no habilita a nadie a hacer públicos datos que otros preferirían mantener ocultos. El tema de descubrir un dealer en un anexo del Senado mediante el truco de comprarle droga con una cámara oculta también ameritaría una reflexión sobre fines y formas. Sobre todo si un asunto como ése se mezcla con una alusión a las Banelcos de los senadores, a quienes, es evidente, nadie en su sano juicio consideraría angelitos inmaculados. La droga puede venderse en cualquier parte: en el Congreso, en una escuela, dentro de un canal, en un edificio de Palermo, dentro de un diario, en una escuela, en un cuartel.
La quinta nota del miércoles fue, entre tanta cámara oculta cobarde, una especie de lección para movileros del inefable Ronnie Arias... al cubrir un ridículo acto de presentación de bicipolicías. Vestido a las 10 de la mañana como para ir a bailar a una disco, y con la suavidad eléctrica de sus modos, Arias se las arregló para poner en un brete con sus insinuaciones a algunos fornidos representantes del orden y la ley, y llegó a preguntarle a un rudo comisario sobre el origen de la palabra botón. No es que el truco del movilero ingenioso sea nuevo sino que a veces la ideología de una propuesta periodístico puede definirse por su relación con los poderosos y los débiles. El periodismo parece más necesario cuando irrita, controla o molesta al poder que cuando descubre in fraganti a los débiles practicando sus debilidades.

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