ESPECTáCULOS › NICOLAS CABRE, DE NUEVO AL TEATRO

“Soy muy observador”

Por H. C.

A diferencia de la relación padre-hijo de la serie Vulnerables, ésta de El gran regreso “es la de un padre que oprimió al chico queriendo inculcarle sus ideas, aplastándolo”, apunta Nicolás Cabré, el joven Enrique en esta pieza. Aun así, cuando el padre se califica de fracasado, su personaje reacciona. Lo anima incluso: “Es que es un pibe con mucha culpa, que explota, como el padre, y puede decir las peores cosas, y al segundo se arrepiente”, observa Cabré.
–En realidad son dos los culposos en este diálogo que se reestablece después de pasado un año de la muerte de la madre...
–Pero el conflicto comienza mucho antes: en la infancia del hijo. Boris le pedía a Enrique que repasara las obras de teatro con él, y se empeñaba en que entendiera lo importante que es ser judío. Después aparece la rebeldía: el chico se casa con una cristiana. La familia lo taladró: no lo dejó ser él mismo. Este encuentro se produce en un momento tremendo, en que el hijo pierde el trabajo, y lo pierde mal; se separa de su mujer y no puede ver a su hijo de dos años.
–¿Cuáles serían las diferencias entre trabajar en televisión, en series como Vulnerables, y en teatro, como en Algo en común (con Ricardo Darín y Ana María Picchio, cuando Cabré tenía 15 años), El cartero (con Darío Grandinetti) y ahora El gran regreso?
–Aquel trabajo con Alfredo se inició con otro planteo. A grandes rasgos, puedo describir a aquel hijo como a un superdotado que estudiaba psicología, pero no sé decir cómo lo compuse. Parto de cero. Sé que el Enrique de El gran regreso tiene problemas para hablar de él y que su padre lo ahoga. Describirlo es ponerle un dique a la mirada de los otros. Aprendo de esas experiencias en el teatro, que a veces son conscientes y otras inconscientes, como las nuevas inseguridades.
–¿Por ejemplo?
–Las inseguridades son muchas: obstáculos que uno pretende sortear. Creo que Alfredo no me miente cuando me dirige y dice que voy bien. Es la primera vez que actúo con alguien que al mismo tiempo me está marcando.
–En el diálogo entre padre e hijo hay una discusión decisiva a propósito de Cordelia, una de las hijas del Rey Lear. Introduce el tema de la sinceridad.
–Ahí se habla de sinceridad, pero a otros les pega el tema de lo judío. Trabajar sobre esta obra me mostró lo complicada que es la relación padre-hijo. Pero esto también se aprende fuera del escenario, cuando uno está preparado para escuchar al otro. Nunca estudié teatro. La mayoría de los personajes que me tocó inventar o crear –porque no sé cuál es la palabra adecuada– los elaboré a partir de las personalidades que me rodean. Me paso horas mirando a la gente. Me gusta más mirar que hablar.
–¿Cómo fue que se decidió por la actuación?
–Creo que empecé jugando hasta descubrir qué era lo que quería hacer, y ahí empecé a mirar, a buscar en la cotidianidad con los ojos bien abiertos. No tuve un maestro, sino muchísimos. Esto no quiere decir que sea un ladrón de gestos, pero sí que aprendí mucho más de los actores observándolos en sus actitudes fuera del escenario. Este año me toca hacer esta obra, que para mí es importante. Creo que es una de las pocas cosas que hice pensando sólo en mí y no en si podía gustarle al público. No soy de especular. La posibilidad de trabajar con Alfredo, de aprender en el escenario, me hace sentir la persona más feliz del mundo.

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