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La cultura nombra y obliga

Por Diana Maffía*

En el inicio de la modernidad, Descartes separó el orden corporal y el orden mental, al punto de transformar esa intuición en un nuevo problema filosófico: ¿Cómo se comunica la sustancia extensa y mecánica del cuerpo con la sustancia pensante de la mente? Saber que tengo un cuerpo, y que es mi cuerpo, sobre el que mi voluntad puede influir cuando decido moverlo, es obvio si no lo cuestionamos pero muy arduo si debemos justificar nuestra certeza. Los cuerpos, en un intento por atrapar desde la ciencia y la técnica nacientes los secretos de la naturaleza, eran imitados en sus movimientos y en sus expresiones por creaciones mecánicas, lo que sugirió otro problema filosófico: ¿Cómo distinguir un autómata de un humano? Esta pregunta del siglo XVII subyace también en las prácticas actuales de clonación, o de sistemas expertos de computación que imitan los modos humanos de resolver problemas, o de reemplazo de órganos, dejando cada vez menos residuos de lo humano no expresables matemáticamente.
Los cuerpos no son sólo lo que somos, los cuerpos dicen cosas cuando son mirados, y lo que dicen tiene los códigos de una cultura a la que pertenecen. Los cuerpos no sólo se constituyen de músculos y huesos, sino del reconocimiento que otros sujetos de nuestra cultura hacen de él como un cuerpo humano y significante. La cultura no sólo nombra, también valora y obliga. Y frente a sus normas los cuerpos se someten dócilmente o se rebelan.
En la economía global, los cuerpos son otra mercancía. Se compran y se venden o se alquilan, no sólo en la prostitución, el tráfico de órganos o el trabajo esclavo, también en la publicidad. La materialidad del cuerpo lo convierte en soporte de mensajes, como una letra o una frase, descifrables. Cuerpos urbanos con mensajes de tribu como los piercings y los tatuajes, performances sexuales en cuerpos que transmutan la genética en expresión de género, cuerpos desfallecientes y cuerpos obesos a su modo proscriptos, y cuerpos modelados por las cirugías.
¿Qué mueve a una persona a requerir la intervención quirúrgica? ¿La hipertrofia de un detalle o la necesidad de identificarse con un canon estético prefabricado e impuesto? ¿Fugar de la muerte deteniendo el tiempo, borrando sus trazos del lugar donde la mirada del otro lo constata? ¿O algo tan básico como ser aceptada? Si son preguntas filosóficas, tendremos que encarar un cambio profundo en los conceptos básicos de la constitución de lo humano y lo social, y repensar la ética. Si es mera curiosidad, pasen y vean el reality show, y compren sin dudar.

* Doctora en Filosofía, investigadora del Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género de la Universidad de Buenos Aires.

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