EL PAíS

La ESMA, el PJ, el poder

 Por Martín Granovsky

Pocos, muy pocos en el Gobierno, le preguntaron a Néstor Kirchner si estaba arrepentido del discurso que pronunció el miércoles junto a la Escuela de Mecánica de la Armada. Y los pocos recibieron la misma respuesta: “No”. Más aún: el Presidente les dijo que pronunció ese mensaje “con absoluta racionalidad”. ¿Tampoco hay arrepentimiento por el alto nivel de enfrentamiento entre los kirchneristas y el aparato del Partido Justicialista? Otra vez la respuesta es no.
“Estaba muy emocionado y hasta se me quebró la voz, pero no se me escapó nada que no quisiera decir”, fue la respuesta que Kirchner dio.
El párrafo en discordia decía textualmente lo siguiente: “Las cosas hay que llamarlas por su nombre y acá, si ustedes me permiten, ya no como compañero y hermano de tantos compañeros y hermanos que compartimos aquel tiempo, sino como Presidente de la Nación argentina, vengo a pedir perdón de parte del Estado nacional por la vergüenza de haber callado durante 20 años de democracia por tantas atrocidades”.
En el discurso, Kirchner omitió el primer hecho clave de la democracia contra la impunidad, que fue la formación de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, que produjo el informe “Nunca más”, y también el Juicio a las Juntas de 1985.
Esa omisión produjo una triple crítica.
- La de quienes cuestionaron la falta de mención de la Conadep y el Juicio a las Juntas desde la idea de que abrir la ESMA estaba en la misma línea que aquella primera búsqueda de verdad y justicia.
- La de los que aprovecharon la omisión para cargar contra la propia apertura de la ESMA.
- Y el radicalismo, que aprovechó para reivindicar una causa noble de su historia para opacar la Obediencia Debida y el Punto Final y encontrar una identidad originaria.
Para responder, el Gobierno recuerda que Kirchner dijo a Raúl Alfonsín el mismo miércoles, a quien no le pidió perdón, que él rescata el “Nunca Más” y el juicio de 1985.
También citan los funcionarios otro párrafo del discurso junto a la ESMA. El que dice que “esto no puede ser un tira y afloje para ver quién peleó más y quién peleó menos”.
La explicación oficial es que el pedido de disculpas en nombre del Estado fue por las sucesivas contramarchas que llevaron a mayor impunidad, como las leyes de Alfonsín y los indultos de Carlos Menem a los ex comandantes.
En la visión de un funcionario del Ejecutivo, “la clase política no aceptó que este gobierno haya avanzado a pesar de que ellos decían que no se podía avanzar”. Mencionó la remoción de las cúpulas militares (sobre todo la del Ejército con el general Ricardo Brinzoni, que había negociado la bendición de la Corte Suprema) y la anulación parlamentaria de las leyes de exculpación de los no procesados y los mandos inferiores y medios.
El Gobierno reúne así dos blancos.
Uno, el proceso de impunidad.
Otro, sus autores en el peronismo y el radicalismo.
Así se entiende, también, la posición dura o indiferente del Gobierno ante el Partido Justicialista.
La escaramuza de ayer en el PJ, de la que se informa en estas mismas páginas, comenzó con el enfrentamiento con los gobernadores de Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos y La Pampa. La presidenta de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, Hebe Bonafini, dijo que serían mal recibidos en el acto de la ESMA y Kirchner no los invitó al palco. Felipe Solá, José Manuel de la Sota, Jorge Busti y Carlos Verna interpretaron que habían sido discriminados, y que para peor el peronismo había sido la principal cantera de víctimas del golpe de Estado de 1976.
“No había alfombra roja para nadie, podrían haber ido al acto”, fue la respuesta que recibió uno de ellos después del 24 de marzo. En cuanto a otra de las críticas, el tono encendido de la dirigente de Hijos que habló antes de Kirchner y de Aníbal Ibarra, la contestación fue que “el acto fue fluyendo y cada uno dijo lo que pensaba”.
“¿Qué quieren, que el Gobierno escriba los discursos de Hijos?”, fue la pregunta-respuesta de un funcionario que, como otros citados en esta nota, solo habló con compromiso de contar los hechos a cambio de la reserva de su identidad.
El Gobierno sacó anoche la conclusión de que, con batahola y todo, quedó electo presidente del PJ el kirchnerista jujeño Eduardo Fellner. Sostiene que si el PJ agita su oposición al Gobierno, quedará en una posición débil frente a una Argentina todavía sensible a la mala imagen de los dirigentes políticos. Si actúa así, Kirchner estaría aplicando la solución tipo Santiago del Estero: esperar la quemazón ajena antes de actuar. Los gobernadores no provocan la misma reacción en el Gobierno. El Ejecutivo observa una relación gratuitamente complicada con Felipe Solá. No se centra en el pampeano Verna. Reconoce a Jorge Busti antecedentes en derechos humanos durante su paso por el Senado, pero lo ve ligado a las sucesivas tandas dominantes en el PJ. Y francamente se irrita con De la Sota. Un enojo que se completó ayer con el papel protagónico del gobernador cordobés dentro del PJ cuando desempolvó el recuerdo de José Rucci, asesinado en 1973 por los Montoneros para disputarle poder no solo a los metalúrgicos sino al propio Juan Perón.
Página/12 preguntó si, en el plano las percepciones, el Gobierno no teme quedar encapsulado en una imagen demasiado “izquierdista” o políticamente cercana a la izquierda peronista de los ‘70. “No es lo que recogió Kirchner el jueves en San Juan, donde había mucha gente”, fue la respuesta.

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