EL PAíS

Los peronismos y las Esmas

El trauma generado en el justicialismo por la decisión oficial de entregar la ESMA a los organismos de derechos humanos y el debate que desató el acto encabezado por Kirchner obedecen a la ambivalente relación del peronismo con la historia reciente. Una polémica necesaria que recién empieza.

Por Nicolás Casullo*

El conflicto que despertó en el peronismo la particular índole de este 24 de marzo expone nuevamente cómo aquella época del terror y muerte sigue siendo el lugar de lo siniestro en la historia justicialista, más allá de la justeza o no de los manejos de sus actuales actores. Retorno, familiaridad y represión de lo oculto de una historia política que asume la figura borrosa de algo trágico. Peronistamente trágico, en cuando pareciera que no hay opción frente a este tema que no esté fatalizada. Objetivo y víctima primera del golpe militar del ‘76, innumerables veces cómplice ideológico y en hechos de esa misma represión, vientre de las vanguardias guerrilleras, el peronismo dominante y sus grandes estructuras nunca pusieron en debate e ideas esta biografía íntima en estas últimas dos décadas. Y ahora, en términos de memoria, repite otra vez simbólicamente su drama. Necesitaba estar plenamente presente el 24 en los palcos, para dar cuenta de una historia de muerte que lo contaminó, y que a lo largo de años de democracia escamoteó, eludió, simplemente retorizó, e indultó. Pero protagonizarla era casi imposible en los términos de ceremonia y acto planteada por el actual gobierno frente a la sociedad de los derechos humanos. Como le hace decir Esquilo al héroe griego Agamenón dirigiéndose al coro: “Grave destino lleva aparejado desobedecer a los dioses... pero grave también si doy muerte a mi propia hija. ¿Qué alternativa está libre de males?”
Resultaron traumáticas para el peronismo, y para su relación con el pasado, la decisión y forma elegida por Kirchner con respecto a convertir en museo de la memoria el centro de exterminio que albergó la ESMA. Como si por entre las rendijas del movimiento justicialista se filtrasen hoy, de manera privilegiada, antiguos ecos inmisericordiosos que nos hacen a todos. Porque si hubo algo empantanado en estos 30 años con respecto a los asesinados por el terror, fueron las secuencias con que el peronismo postergó (o se vio imposibilitado de fijar) una posición política y ética clara con respecto a las víctimas, y con respecto a sus muchos peronistas muertos. El drama del peronismo de los años ‘70, signado por la violencia armada entre su derecha y su izquierda, explica en parte por qué más tarde el partido de las mayorías, en lo que hace a sus dirigencias nacionales, provinciales, partidarias, legislativas y sindicales siempre fue hegemónicamente renuente a asumir una posición clara, terminante y guía para hacer justicia frente a las secuelas de la dictadura.
Pero esa causa “originaria” de sangre intestina derramada (Ezeiza, el lopezreguismo, Rucci, etc.) no fue la que explica acabadamente este extrañamiento o secundarización a partir de los cuales los peronismos oficiales de todo pelaje nunca protagonizaron una política de envergadura con respecto a la experiencia más irreparable en vidas que registró nuestro siglo XX. Y no es poca cosa haber preferido ser un actor de reparto, casi sin parlamento, ante tamaña tragedia.
Por encima del juicio que merece el accionar de la generación de las izquierdas de los ‘70, del montonerismo con sus irresponsables vanguardismos y “guerras a librar” y su brutal enfrentamiento con dirigencias justicialistas, es indudable que la crónica del terror dictatorial, y el papel del peronismo, debió formar parte desde el propio peronismo de la crítica a la historia: a las formas acertadas y equivocadas que asumieron las políticas reformistas, populares, democrática, antidemocráticas, fascistas, radicalizadas y ultraizquierdistas de sus propias estructuras.
No obstante, en el peronismo dirigente postdictadura nunca existió tal medida ni ambición manifiesta sobre la cuestión. Por lo tanto no existió ideológica y políticamente propuesta, templanza, grandeza ni capacidad política necesaria para asumir el propio drama de su memoria, y la del país. Esto es, dar cuenta del registro de su promesa y su fracaso en los ‘70. Y en ese patetismo genuino o calculado del peronismo de los ‘80 la marca mayor de tal indisposición del grueso de la dirigencia fue su natural capacidad de olvidar a sus propios muertos, de no hablar más de la cosa, de renegar de su historia, variable que si finalmente no pudo ser fue porque otras instancias se la hicieron presente de manera ingrata.

Porque estás como ausente

Sin duda no fue todo el peronismo el que proyectó esta actitud. Pero recuerdo a mi regreso del exilio en el ‘83 el vacío de la conciencia peronista en relación con una política de derechos humanos y denuncia por el genocidio en sus reivindicaciones. Hablar de eso era como una extranjería a su identidad. El “punto noveno”, agregado de última, de un programa de acción. Curiosamente un movimiento cuyo signo había sido sufrir toda clase de represiones y modelos criminales desde los poderes, también desde 1976 con dirigentes presos y perseguidos, mostró entonces entumecida y afásica esta bandera frente a la barbarie de muertes acaecidas. No advirtió que ya no eran “los presos peronistas legales” de la dictadura de Videla (como en otras anteriores) lo que redefinía sustancialmente y para siempre la historia nacional, sino el genocidio sobre las militancias de izquierdas radicalizadas. Esta era la historia excepcional. Y por lo tanto la única historia para la reconstrucción ético política de una propuesta en relación con la comunidad: no ya la historia del exiliado o la de la prisión de Lorenzo Miguel.
Pero lo cierto fue la ausencia de esta mirada visceral sobre una época en todos aquellos que respaldaron al Luder de la autoamnistía militar. Durante esos primeros años de democracia radical y Juicio a la Junta, para el peronismo y sus voces predominantes –ya sin sus izquierdas históricas– la dictadura carecía de toda excepcionalidad con respecto a otras anteriores: había sido, para un 95 por ciento de la lectura imperante, solo el proyecto de Martínez de Hoz y la lesión del sujeto social trabajador, en una suerte de un economicismo marxistoide a ultranza, donde nunca cobró cuerpo simbólico, dimensión política privilegiada, el genocidio de cuerpos desaparecidos como mácula de una cultura nacional protagonizada y en extremo herida.
Luego, comprobar la escasa gravitación que tuvo esta problemática en los principales referentes de la renovación peronista de los ‘80 que terminaría sobre las faldas de Menem. La década del riojano entre otras cosas pudo ser tan perfecta y linealmente peronista no sólo por el fracaso alfonsinista y el saqueo a las góndolas, sino porque toda la dirigencia peronista alta y media había saqueado su historia, impedido reencontrar valores, imposibilitado situar francamente a aquellos miles que habían muerto sintiéndose cabalmente peronistas. Es decir, para los nuevos jóvenes de la democracia el peronismo carecía de todo pathos discernible, era a-referente de sí mismo. Un arcón de votos viejos. Sólo gobernaba, postmodernamente.
Ya para los ‘90 el justicialismo ética y moralmente había estacionado en su desierto. Tierra y estrellato de negociadores, postnacionales, vamo y vamo, grupos de tareas políticas para don Carlos. El duhaldismo, si bien recibió a muchos sesenteros en sus estructuras de gobierno y planteó una comisión oficial de la memoria, estuvo lejos de llevar el tema y el significado del exterminio y sus muertos a letra y acontecimiento grande de la propia historia del movimiento y del pueblo en democracia. La pequeñez estuvo en pensar que el drama mancha, no que reabre los rasgos del rostro de uno, los para qué y con qué. El Frepaso, cuando nace rompiendo con el peronismo y se lanza prometeicamente hacia una modernización e higienización de la democracia, se olvida también de la historia, la vuelve ajena: vive, respeta y no rompe con un tiempo donde “los setentas” peronistas eran mala palabra en las encuestas de la cultura liberal imperante. No busca comandar una drástica rendición de cuentas con la sociedad de la muerte.

Catástrofe, perdón y redención

Las víctimas del exterminio militar fueron pancarta, calles y marchas de las nuevas generaciones de los derechos humanos, madres, abuelas, hijos y organismos, que en 20 años nunca sintieron que el peronismo abriese cursos significativos, sino por el contrario, que “menemistamente” terminó por cerrar todas las puertas. El campo cultural e intelectual se acostumbró a que el tema de la memoria del terror no fuese precisamente el fuerte de ese peronismo sospechosamente silencioso siempre en casi todas sus tribunas.
Queda por debatir entonces estos datos de un agujero negro: cómo planteó el peronismo la política en relación a valores y medios. El cualunquismo cultural de muchas de sus prácticas. La relación, como viejo “poder”, con las fuerzas del orden. La extrema ajenidad que consumó la guerrilla peronista en el seno partidario. Las profundas complicidades tenidas para la extirpación violenta del peronista montonero. Las formas que adquirió el duelo íntimo de los ‘70. El agotamiento del peronismo para crear otra edad cultural de la política argentina. Su hegemónica capacidad para ser poder y no para transgredirlo auténticamente. El peso insoportable de ser siempre la historia buena y la historia mala: casi toda la historia.
El peronismo debe hacerse cargo de su memoria que a veces se parece tanto al todo argentino, sabiendo que nunca dejó de albergar sus varias almas en pugna. El “perdón” solicitado el 24 por el presidente a la sociedad en nombre del Estado argentino es una palabra inconmensurable que mejor grafica esta historia: palabra que ambiciona fundir de manera extraña y esperanzadora la catástrofe de lo siniestro y la redención frente a la mala historia. Es decir, la enfermedad y la cura, en un único gesto de nuestro conocido ser nacional más legítimo e imprevisible en sus alcances. Que hoy sea un gobierno peronista el que abre las puertas de la ESMA a la sociedad como el hecho más contundente desde el inédito Juicio a las Juntas del alfonsinismo, y a contrapelo de las lógicas radical y peronista del punto final, obediencia debida, indulto, y el cajoneo de esta cuestión por parte de la Alianza, no es tampoco un dato azaroso en la intrincada y para muchos incomprensible crónica popular y democrática del peronismo.
Esta identidad que almacenó tales desencuentros y deserciones frente al tema, es también la que procura ahora desde gobierno una nueva altura de horizonte a nivel nacional, donde la justicia histórica alcance una inédita visibilidad para lo comunitario. No es trabajo fácil para el gobierno, para el peronismo y fundamentalmente para el país. A esta altura toda política sobre la memoria de la muerte debe abarcar e involucrar de lleno y directamente al mayor conjunto político democrático, sin mezquindades, oportunismos, ni sólo con los grupos históricos combativos en el tema, para gestar un nuevo y real punto de conciencia político sobre lo infausto.
* Politólogo.

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