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Claroscuros de la integración cultural

El desarrollo de las industrias culturales requiere atención minuciosa por parte de todos los actores de la sociedad. Porque se abren debates que implican la economía y el desarrollo, pero también sobre la autenticidad o no de ciertos productos culturales.

 Por Natalia Calcagno *

En un mundo de turbulencias donde los bloques de países adquieren mayor importancia estratégica, las antiguas utopías de integración regional recuperan espacio, visibilidad y se hacen más necesarias aún. La etapa del Mercosur ampliado que incorpora a Venezuela y tiene como miembros asociados a Bolivia y Chile, más los recientes avances hacia la Unasur, plantean formas de organización política y económica que podrían señalar caminos diferentes para los países de este rincón del planeta. Sin embargo, todavía está pendiente una construcción que amplíe las bases de sustentación de estos proyectos y, de manera excluyente, la integración cultural es una materia que se adeuda. Construir de abajo hacia arriba, de una manera horizontal, ancha y generosa, requiere no tanto un escape hacia delante sino precisamente un descubrimiento hacia atrás y hacia adentro. El Mercosur y la Unasur serán poco sin un proyecto cultural que exprese la diversidad y la unidad de los pueblos del sur.

Desde 2006, el Mercosur Cultural genera información estadística válida y homologada sobre economía cultural, con la idea de comenzar a entender la dimensión ese sector. Más allá del declaracionismo y la retórica sobre la importancia de las industrias culturales, vale la pena consignar que, de acuerdo con los primeros ejercicios de medición, podemos apreciar que la incidencia de la cultura en los PBI nacionales no supera el 3%. Sobresalen Uruguay y Argentina con cifras cercanas al 3%, mientras que Venezuela, Colombia, Brasil, Chile y Perú muestran una participación menor al 2%. En el caso argentino, sin embargo, la actividad cultural moviliza y genera más recursos por ejemplo que la minería.

Según estudios recientes, Brasil se recorta del resto de los países como un fuerte exportador de bienes conexos a las industrias culturales (reproductores de DVD, minicomponentes, televisores, etc.), posición que se sustenta en su perfil de país industrializado. Los demás, con volúmenes de exportación mucho menores, comercializan fundamentalmente bienes característicos de la cultura (libros, películas, fonogramas. Estos y otros resultados fueron publicados en el libro Nosotros y los otros. El comercio exterior de bienes culturales en América del Sur (Mercosur Cultural)). Ahora bien, si se analiza la tendencia tomando únicamente los bienes característicos, el comportamiento de Brasil varía. En este sentido, las exportaciones generadas por la venta de dichos bienes ponen en primer lugar a Colombia, en segundo a la Argentina y en un lejano tercer puesto a Brasil.

Los países analizados muestran que la mayoría de las importaciones culturales corresponde a bienes conexos. Ello, en principio, estaría mostrando una dependencia tecnológica –excepto Brasil y su industria conexa– para poder transmitir contenidos culturales.

Al analizar las exportaciones culturales, se observa que la Argentina aparece como un país que vende en diversos formatos: libros, música, películas y videos. Brasil, en cambio, más allá de su fortaleza en bienes conexos, muestra bajos volúmenes de divisas por la venta de libros y música, y casi inexistente por la comercialización de películas. Chile, por su parte, se muestra fundamentalmente como exportador de bienes de la industria editorial, tanto libros como publicaciones periódicas. En tanto, Colombia aparece como un líder regional en la exportación de libros.

En cuanto al origen y destino de los bienes editoriales, existe una diferencia marcada entre exportaciones e importaciones. Por ejemplo, las exportaciones editoriales de la región tienen como destino a Latinoamérica en un 73%, a EE.UU. en un 12%, a España un 2% y al resto del mundo un 13%. Esto mostraría una baja capacidad de nuestros países para difundir su producción editorial fuera de Latinoamérica. Por el contrario, cuando se consideran las importaciones culturales, el origen latinoamericano desciende al 56%, España asciende al 22% y EE.UU. mantiene un 11%, lo que evidencia la permeabilidad a productos editoriales extrarregionales.

Dependencia tecnológica y dependencia cultural parecieran ser conceptos que, tal vez anacrónicos para muchos oídos, aún dominan la escena. En una nueva edad política y económica de la región, en una nueva etapa institucional de los países, el pensamiento crítico sobre el devenir económico de la cultura es un paso ineludible para conocer dónde nos movemos y hacia dónde vamos.

* Coordinadora del Sinca (Sistema de Información Cultural de la Argentina). Secretaría de Cultura de la Nación.

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