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Fantasía y artefactos culturales

Ricardo Haye sostiene que el arte fantástico, como ejercicio de la libertad creadora, convoca al público de una manera inédita, diferente, generando otros modos de comprender la realidad y convirtiendo en aceptaciones lo que de otro modo serían rechazos. Este es además el tema central de las “Jornadas sobre lo fantástico en los artefactos culturales”, que se realizarán en la Universidad Nacional del Comahue.

 Por Ricardo Haye *

Cuando mi padre quería desacreditar algo que veía en la televisión, solía apostrofar: “es pura fantasía”. En la conciencia de muchos sigue latiendo el concepto de que lo fantástico no entraña nada bueno. Algunos pensadores muy serios lo descalifican presentándolo como un producto de mera evasión, entre cuyos rasgos más salientes no dudan en situar la falta de compromiso.

Sin embargo, entre los repliegues fantásticos de su discurso muchos artefactos culturales han colado oblicuas, sugestivas y potentes referencias a la realidad.

Existen miles de ejemplos en los que las entrelíneas resultaron más elocuentes que un texto explícito. Tomemos uno. Era la mitad del siglo XX y mientras la industria audiovisual norteamericana pagaba las consecuencias de la Guerra Fría con una mortificante restricción de sus agendas temáticas, el talentoso Rod Serling se dedicó a sacudir conciencias a través de una serie que se volvería objeto de culto La dimensión desconocida. Frente al control de contenidos dispuesto por el macartismo, ese producto televisivo semanal de treinta minutos dejó en evidencia que la censura es estéril ante la inteligencia. Serling había descubierto que podía perforar la mordaza y exponer libremente sus pensamientos si los ponía en boca de personajes de fantasía, colocados en contextos y situaciones imaginarios. Si la realidad es inabordable –parece haber pensado–, la alcanzaremos a través de la fantasía. En el trayecto fue ocupándose de asuntos tan reales como los prejuicios, los miedos, los totalitarismos, la intolerancia. Y lo hizo desde la misma (aparente) erosión de la realidad. La ecuación de La dimensión desconocida sostenía que las cosas que no pueden ser dichas por un republicano o un demócrata bien pueden ser expresadas por un marciano.

En la teleserie de Serling hubo capítulos pertenecientes al género fantástico y otros que adscribían a la ciencia ficción. No son categorías similares, como lo han señalado varios autores, de Todorov hacia aquí. Tampoco lo son los relatos maravillosos, sobrenaturales o extraños, por mencionar parte de una tipología que, sin que se nos escapen las diferencias, compendiamos bajo la nomenclatura general de “fantástico”.

En el ejercicio de la libertad creadora, el arte fantástico sugiere otros mundos, cambia las respuestas que daría la realidad y pone al público ante la situación de que, aun cuando acabe rechazando la propuesta, se sienta convidado a considerarla aunque sea fugazmente.

Hace ya más de cuarenta años, cuando escribía El espíritu del tiempo, Edgar Morin sostenía que el sincretismo debía ser el punto de unión entre información y ficción. Esa conciliación, planteaba el teórico francés, no debía olvidar ni a la ciencia ni a la poesía o el cine, y debía enraizarse siempre en una exigencia de inteligencia y sensibilidad.

Nada mejor que la fantasía para obtener esa armónica integración y posibilitarnos el disfrute estético. Pero también para desarrollar nuestra imaginación y combatir los dogmas observando la realidad bajo otro prisma.

Este ideario preside la convocatoria a las Jornadas sobre lo fantástico en los artefactos culturales, que se llevarán a cabo del 7 al 9 de octubre próximos en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional del Comahue. En análisis se encontrarán productos audiovisuales, sonoros, gráficos, literarios, plásticos y de la historieta, entre otros. Los interesados pueden obtener más información en el sitio www.fantasiayartefactos.blogspot.com

* Docente e investigador de la Universidad Nacional del Comahue.

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