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El ballottage y la batalla cultural

Fernando Peirone reflexiona sobre la llamada “batalla cultural” a partir de lo ocurrido en los días previos a la segunda vuelta y advierte sobre la existencia de nuevas gramáticas sociales que abren posibilidades de un nuevo orden social.

 Por Fernando Peirone*

Ya no es una novedad que la adopción masiva de las tecnologías interactivas y la informática aplicada, alteraron el escenario mundial. La autocomunicación de masas abrió una nueva dinámica política y reconfiguró la gramática social. Las prácticas culturales y la lógica de las relaciones, son diferentes. La matriz productiva se reconfiguró. Hasta el terror adquirió una dimensión y una potencialidad radicalmente diferentes. En este contexto, que por el momento es más profuso en anécdotas que en conocimientos científicos, los especialistas en consumos culturales advirtieron que en sus encuestas preguntaban por un estadio cultural que ya no existía. Entendieron, por ejemplo, que la llamada “crisis de la lectura” remite más a la persistencia estereotipada en un lector moderno, provisto de un tiempo moroso y una linealidad inhallables en la cotidianidad actual, que a un lector que mutó sus hábitos y sus modos con la reestructuración sociocultural que abrieron los soportes y los formatos interactivos. En línea con esta reformulación, el antropólogo Néstor García Canclini dice que los comportamientos actuales hacen evidente que la lectocomprensión ya no consiste tanto en entender palabras y frases, sino también –y sobre todo– en la habilidad para leer y usar íconos, ventanas emergentes, hipervínculos, blogs, y pestañas que permitan conectar, remixar, fragmentar, orientar imágenes, música, mapas, nubes semánticas. Tal y como lo hacen muchos pibes que suelen calificarse negativamente por su lectocomprensión “deficitaria”, cuando en realidad podrían enseñarnos a leer fenómenos para los que aún permanecemos analfabetos.

En este sentido podríamos decir que de cara al balotaje, los encuestadores analizaron un escenario por lo menos incompleto; y que el FpV organizó su campaña de acuerdo a una población que contribuyó a empoderar, pero que no supo acompañar. Diferente a la alianza Cambiemos, que como dice el sociólogo Marcelo Urresti, con una concepción distinta de la política y de la gente, decidió instrumentalizar la comunicación, subsumiéndola al puro efectismo antes que a la proposición y la argumentación.

Resulta llamativo el poco registro que hubo de una dinámica social y de una cultura política, que demostró ser capaz de convertir en paridad lo que todos –de uno y otro lado– consideraban una victoria por más de 10 puntos a favor de Macri. Los propios asesores de Scioli, en las horas previas al debate, sostenían que esa distancia era irreversible, sin siquiera considerar los crecientes murmullos de la calle (cabe preguntarse cuánto habrán pesado esos presagios un tanto autorreferidos en el resultado y en el prematuro reconocimiento que se hizo de la derrota el domingo 22).

No se tuvo en cuenta la decisión y la madurez con que la población había asumido su encrucijada política desde el 26 de octubre; la manera en que cientos de miles de ciudadanos, provistos de herramientas interactivas, pero también con tijera y papel, se convirtieron en propaladoras viralizantes, dramatúrgicas, y efectivas de esa encrucijada. A partir de lo cual la esfera pública en su conjunto se convirtió en una máquina interpeladora, en una usina de dudas con ramificaciones que, como si fueran colas seccionadas de lagartos, todavía pueden regenerarse. De hecho, después de las elecciones, aún en aquellos que decidieron darle su apoyo a Macri, esas dudas persisten, gravitan, y habilitan reclamos, porque entienden que no le firmaron un cheque en blanco.

Dicho esto, ¿podemos decir que la batalla cultural tiene un claro ganador, tal como en estos días oímos decir y repetir entre quienes, no habiendo advertido la complejidad del escenario social que iba a definir el balotaje, nos quieren hacer ver en este presente una prolongación de sus –negados– desatinos? Esta dificultad interpretativa, reflejo condicionado de un molde cognitivo que aún gravita en las ciencias sociales, da cuenta de la brecha cognoscitiva y perceptiva que nos separa de un actor social que habla con un lenguaje novedoso, enriquecido, alejado de las narrativas que versionaron el mundo moderno, y que por eso mismo merece cada vez mayor atención e interlocución.

Frente a estas evidencias, no deberíamos seguir postergando la incorporación de estas gramáticas sociales a la política. Porque hay un colectivo protagónico, con un incontestable poder de afectación. Pero sobre todo porque en esa circulación de saberes se están generando las condiciones de posibilidad para un nuevo orden social y, consecuentemente, para un nuevo diagrama de poder, en el que todas las fuerzas deben revalidar sus dominios. Y como ocurre en toda refundación, a diferencia de los períodos regidos por el status quo, el final es abierto.

* Docente e Investigador de la Universidad Nacional de San Martín.

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