PSICOLOGíA › JóVENES EN CONFLICTO CON LA LEY PENAL

“No puedo más”

 Por Andrea Homene *

Con muchos jóvenes de los que recibimos en la Defensoría podemos sostener la apuesta. Llegan a nosotros como consecuencia de conflictos con la ley penal, y en el primer encuentro se muestran desconfiados (¿por qué habrían de confiar, después de todo?), reticentes y agresivos. Como queriendo delimitar territorio por medio de la intimidación, del mismo modo que se “paran de manos” en las esquinas frente a cualquier falta de respeto a liderazgos ganados a fuerza de trompadas.

Uno de ellos, en su primer acercamiento, montó una escena en la que protestaba enérgicamente “porque lo habíamos citado y lo molestábamos”, mientras que él “tenía que ir a vender en la calle”. Pero nadie lo había citado. Era tanto su enojo que decidí hacerlo pasar y simplemente le pregunté qué le pasaba. Rompió en llanto. “No puedo más”, dijo, y con un torrente interminable de palabras me contó que, que con 16 años, debía mantener su casa, que él era un chico, que tenía una hermanita menor a quien cuidar y alimentar, que se sentía solo, angustiado, desesperado, sin ayuda de nadie y sin saber cómo seguir.

Quizás era la primera vez que él podía decirle a alguien: “No puedo más”. Y, confesó, jamás lloraba delante de su familia o de sus amigos. Lloraba solo, cuando nadie lo veía.

A partir de su demanda pusimos en funcionamiento la red de instituciones ligadas al trabajo con jóvenes en conflicto con la ley penal. Junto con el Centro de Referencia, se articularon algunas acciones tendientes a gestionar documentación, becas o cualquier otro recurso que estuviera disponible. Desde ese primer encuentro, el joven comenzó a concurrir espontáneamente. Se quedaba durante horas, estando en nuestras oficinas, y después salía a trabajar. Digo “estando”, porque más allá de que en nuestros encuentros circulaban palabras, creo que lo fundamental para él era, y sigue siendo, estar: ocupar un espacio desde donde poder partir y al que poder volver toda vez que lo decida.

Retomó sus estudios, y orgulloso de su capacidad, nos trae las evaluaciones, entre las que destaca su “10 en matemáticas”. El contexto económico del joven no se ha modificado sustancialmente. Se logró que su madre contribuya trabajando desde su casa, y esto ha sido muy importante, no sólo en cuanto al aporte en dinero, sino para que el muchacho pueda correrse del lugar de garante y recuperar algo de su adolescencia.

No ha vuelto a delinquir y planea finalizar sus estudios para poder tener un buen empleo. Ya no se expone a riesgos, y ha podido desasirse de su identificación que lo cristalizaba en la imagen de un joven sin futuro, de la calle, a quien llevan preso por portación de rostro. Hoy, le gusta reconocerse como uno de los que pudieron sobreponerse a las dificultades, y aporta opiniones para que sean presentadas en congresos sobre la problemática de los menores en conflictos con la ley. Hace circular su palabra, y se emociona al advertir los efectos que produce.

Trabajar con menores en conflicto con la ley implica estar dispuesto a sostener la apuesta a la recuperación de los jóvenes, más allá de frustraciones, impotencia y a veces mucha tristeza. Implica rescatar y respetar la singularidad de cada chico, rompiendo con la idea de una “problemática de los jóvenes”. Implica recordar que cada caso es único, que no es efectivo repetir fórmulas de abordaje, que lo que puede ser eficaz en un caso puede ser totalmente inútil en otro. Implica sobreponerse a la presión mediática que identifica a los jóvenes como los responsables de los males que aquejan a la sociedad; que exige su exclusión y castigo, olvidando, no casualmente, la parte de responsabilidad que le compete. Finalmente, implica tener ganas de hacerlo, y tratar de intervenir de modo tal que estos chicos y chicas tengan una otra oportunidad.

Pero a veces llegamos tarde. Fue el caso de un pibe que llegó impaciente. No soportaba los minutos de espera que lo separaban del final de la entrevista que aún no había comenzado. Intempestivo, inquieto, sin entender por qué ni para qué debía hablar con alguien a quien no conocía y en quien no confiaba. El riesgo de que se fuera me hizo postergar otras tareas para hacerle lugar a su agitación, su enojo, su rechazo y su oposición a participar de la evaluación.

Sin embargo, al rato, el pibe no se quería ir. Contaba detalles de su vida con una desafectivización característica de quien ha sufrido tanto que ya ni siente. Sus historias tenían un denominador común: él resultaba herido. Es curioso cómo funcionan las cosas: padres abusadores, madres que abandonan, chicos presos..., adultos que proveen a los chicos de armas, adultos que les venden drogas, chicos presos. El era uno de esos chicos. Tenía por delante, en pocos días, un juicio en el que probablemente recibiera una dura condena. Ni siquiera pensaba en darse a la fuga. Se entregaba casi mansamente a un destino que parecía inexorable.

Al final de sus historias, siempre resultaba herido. Y nosotros llegamos tarde, no pudimos cuidarlo. De sí mismo. De su búsqueda incesante de esa marca en el cuerpo que apaciguara su dolor disimulado bajo la máscara de la omnipotencia infantil. Tan tarde llegamos que las palabras, las nuestras, las de él, eran sólo un ruido molesto que sólo le generaba un gesto de disgusto. Tan tarde llegamos que su madre sólo esperaba el día en el que “se lo trajeran en una bolsa”. Tan tarde, que él no pudo hacer otra cosa que cumplir el designio que su historia le tenía reservado.

* Psicoanalista. Instructora de residentes de la Región Sanitaria XII. Perito psicóloga de la Defensoría General de Morón.

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