CONTRATAPA

Ceniceros

 Por Beatriz Vignoli

Y un día ya no hubo más ceniceros. Antes había. Eran grandes, pesados, viriles, coloridos, hermosos. Los había de cerámica y de vidrio coloreado, o de una combinación de ambos: eran mis favoritos, por fuera con esa costra ahumada que luego supe que se llamaba rakú y que adentro tenía ese esmalte vidriado psicodélico y burbujeante como lava en el interior de un volcán. Había en ellos espacio para los cigarrillos de toda la noche de un grupo de estudio o de una célula terrorista completa.

Había otras calidades de la noche, más frívolas. "Robado en [nombre del boliche]", decía un cenicero de cerámica que un primo mío contaba que alguien (¿él mismo?) se había robado de un boliche. Ceniceros robados, trofeos de la noche. Había ceniceros por todas partes: en los bares, en las discotecas, en los pasillos, en las salas de espera, en los consultorios de los psicoanalistas. Era posible matar a tu psiquiatra de un cenicerazo certero. Esos ceniceritos densos de los años ochenta, metálicos, redondos y macizos como balas de cañón. Era posible vivir de fabricar ceniceros. Una pareja amiga lo hizo durante años. Iba ella de día en bicicleta a los boliches a ofrecer el muestrario y a levantar pedidos. Después, él y ella se quedaban toda la noche trabajando. No fumaban.

No fumábamos. Fumar era de otros, de los grandes. Lo de nosotros era hacer el cenicero de arcilla sin horno, pintado de témpera, para el día del padre. Todos hacíamos ese cenicero en la escuela. Un chorizo de arcilla que luego iba enroscándose sobre la base redonda y chata del mismo material. Mi papá no fumaba. Pero había que regalarle el cenicero. Él después lo usaba para guardar chinches, monedas y puchos de lápices. Cenicero célibe, virgen del olor sensual de las cenizas. Los ceniceros inútiles de mi padre siempre me asombraron. La sonrisa torcida con que los recibía. La cortesía excesiva de su "Gracias, chicos, qué trabajo, no se hubieran molestado". Cuatro ceniceros vacíos cada mañana del tercer domingo de junio. Que por suerte después irían llenándose de ganchitos caídos de la abrochadora, clippers y otros detritos laborales.

"¿Qué ganan sacando humo de un palito?", se preguntaba en voz alta mi padre. Y ante un partido de fútbol: "¿Qué ganan persiguiendo a una pelota?". Lo viril de mi padre eran las camisas, las corbatas y el trabajo, el trabajo, el trabajo. Mi tío tampoco fuma, pero practica tiro al blanco. Mi primo sí fuma. Recuerdo su olor a tabaco. Usaba botas de cuero entonces. Una mezcla interesante. Mi abuelo paterno jugaba al ajedrez toda la noche, dicen. Nunca me dijeron si fumaba. Supongo que sí. ¿Qué se gana estando despierto toda la noche sin cigarrillos? Los no fumadores dormimos de noche. Vida sana. Pero nos perdemos las conversaciones, las confesiones entre nubes falsas, la música de un nombre como arrancada al humo, la escena social o sexual del tabaco.

Muchas cosas pierden sentido sin cigarrillos. Pintar. Leer. Hablar. El sexo mismo. Hasta matar se vuelve aún más estúpido si el pobre asesino carece del perfume oscuro que tape el olor a mierda y sangre, lo calme, cubra su fuga y sirva de rito funerario. Estar preso sin cigarrillos debe ser el infierno mismo. En las cárceles todavía se fuma. Se fuma en los hoteles. Un cenicero de vidrio en la mesa de luz es un detalle civilizado.

En los manicomios, parece, se fuma mucho: andan en torno al Agudo Avila esas mujeres hombrunas, de pelo teñido a rubio hace ya años, andrajosas pero dignas como reinas, pidiendo para puchos. Se las reconoce por las marcas: la del Lucky Strike, la del Derby suave. La marca del cigarrillo para la fumadora solitaria es casi como un apellido de casada. Por eso me gustaban los Philip Morris. Tendrían que haberse llamado Philip Marlowe. La adolescencia, la entrada en la adultez, los chistes con las marcas. "Luqui Venga". "Parí cien", mal chiste de fumados. La marihuana no es tabaco. No clava cada instante en el tiempo como música, como latidos, como sangre. No ve irse los segundos. El tiempo del que fuma es un tiempo barroco. Avanza hacia la muerte, valientemente.

Al fumador nocturno, verse mortal lo angustia. La angustia existencial lo desvela y lo hace fumar. No vienen más tiempos así. El tiempo de ahora está inmóvil y es medido por máquinas. El aire limpio tiene su precio. Respiramos mejor pero nos creemos eternos. Cuando desaparecieron los ceniceros grandes, como dinosaurios hermosos que se extinguen y dejan nada más que una memoria de dragones fabulosos, desaparecieron muchas cosas. El atado compartido, el pucho mangueado, el "dame fuego". ¿Cómo encaran los pibes ahora si no pueden decir "dame fuego"? Fácil. No encaran. Ahora hay otras cosas: se sale a fumar afuera, se tiran las cenizas en la vereda. Las cenizas se han vuelto invisibles pero a cambio se da esa intimidad en la intemperie. Los raros fumadores a quienes se les permite fumar adentro terminan ensuciando el pocillo de café. Se encuentran así, por sorpresa, con algo de lo que ofrecía el cenicero: los puchos muertos, la fosa común de puchos muertos, cadáveres del tiempo ido de cada cual.

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