PSICOLOGíA › EL SINTOMA “GRAVE” EN LOS NIÑOS PUEDE SER ENTENDIDO COMO UN GRITO DE LIBERTAD

“Ya se le va a pasar, es la comida que le hace la madre”

Muchas veces, síntomas psicopatológicos que en los niños se consideran “graves” no hacen sino comunicar un sufrimiento del cual los padres no quieren o no pueden darse por enterados. Cuando la consulta se produce y fructifica es porque hay alguien –los padres o uno de ellos, un familiar, un maestro– que se ha hecho eco de lo que esa voz dice en silencio.

Por Jorge Mosner*

La consulta por un niño suele comenzar con el pedido de un psicodiagnóstico: es decir que los padres, con miedo y/o culpa, quieren saber acerca de los síntomas del niño. A veces consulta uno solo de los padres, en conflicto o guerra con el otro. A veces uno de los dos expresa una negación absoluta de la existencia de una sintomatología. El psicoanalista no deja de asombrarse de que algunos padres puedan tener tal nivel de desmentida de la realidad.
Por ejemplo, el niño se hace caca a los cinco, seis o siete años, y el padre dice: “Ya se le va a pasar, es por la comida que le hace la madre”.
Otro caso: un chico de seis años, en primer grado, no puede realizar las operaciones elementales de suma, está permanentemente distraído, no puede fijar la atención en nada, la maestra y la directora de la escuela dicen que tiene rarezas, que se aísla, que se desconecta, pero la madre dice: “Es divino, lo que pasa es que es muy chiquito”.
Pues bien, ya sea por la disarmonía que produce en la casa o porque la sintomatología es advertida en el jardín o el primario, a veces, muy pocas, se produce la consulta psicoanalítica (sabemos de las postergaciones, de las racionalizaciones, de las consultas a médicos o a psicopedagogos, o simplemente el castigo al niño por su síntoma); suele haber una expectativa de curación mágica por el solo hecho de haberse ocupado de llamar al profesional. Es habitual que haya grandes sentimientos de culpabilidad inconsciente: los padres no quieren enterarse de cuán implicados están en los sufrimientos de los chicos. Es habitual que los padres no deseen, inconscientemente, que los niños sean desabrochados de una misión, de un ideal, de una representación, de la identificación con un progenitor o un muerto que el hijo, con su síntoma, encarna.
En este sentido, bienvenido el síntoma, porque el síntoma es un grito de libertad, una denuncia, un intento de expresar. A veces son síntomas conmocionantes y ahí está la que suele denominarse “patología grave”.
Esta gravedad es difícil de definir, no es un término muy científico. Intentemos un acercamiento imaginario. Si, de acuerdo con Newton, el peso es relativo a la gravedad, digamos que el síntoma grave es aquel que tiene peso. Pero los cuerpos no caen por su propio peso, sino porque otro cuerpo los atrae con una fuerza que es la de la gravedad. Lo que quiero metaforizar es que hay alguien, un padre, una tía, una maestra, un amigo de la familia, que ha notado algo y lo dice; más vale se trata de una denuncia, tal como pueden vivenciarlo los padres. El síntoma es para eso: para que se vea, para que se escuche.
Tenemos muchas definiciones de síntomas (véase por ejemplo, en Sigmund Freud, “Fantasías histéricas y su relación con la bisexualidad”). Sabemos que los síntomas son satisfacciones libidinosas sustitutivas, es decir, pulsiones interceptadas, vida sexual reprimida; a veces, se pone en juego lo que Freud primero llamó una represión particularmente intensa y luego denominó desmentida o repudio (verleugnung), o bien rechazo (verwerfung), ahora denominado forclusión. Melanie Klein hablaba de psicosis infantiles, pero esto es cuestionable desde la obra de Freud, donde sólo a partir de la pubertad se puede aseverar, a posteriori, la presencia de un sistema psicopatológico como el de la neurosis, el de la perversión o el de la psicosis.
En todo caso hay alguien que, por motivos diversos, se hace eco de lo que el niño comunica con el síntoma. El niño, con el síntoma, comunica inconscientemente que está sufriendo y que quiere dejar de sufrir.
No podemos olvidar en ese sentido la enseñanza de Arminda Aberastury acerca de la “fantasía de curación”. Creo que en el síntoma mismo hay ya una fantasía de curación, pues el síntoma trae una pulsión que debe ser liberada: debemos enterarnos de cuál es y quizás, a veces, orientarla para que pueda desplegarse legalmente, esto es: bajo el auspicio de las leyes de prohibición del incesto y del parricidio.
Supongamos un caso: detectamos una tendencia exhibicionista que está interceptada por el superyó del niño, construido en este punto con las inhibiciones del padre –el superyó está hecho, también, de la introyección del superyó de los padres–. En el ejemplo, la pulsión exhibicionista implica una identificación con el exhibicionismo de la madre, en los intentos de seducción de ella hacia el padre del chico, intentos relativamente infructuosos porque el marido es renuente a reconocer su deseo, lo vive como una debilidad (como muchos hombres que rechazan tener sentimientos y se inquietan ante otros que los tienen). Esta seducción exhibicionista ha caído también sobre el niño, debido a la indiscriminación de la madre que ha hecho de este niño su objeto, encubriendo esta apropiación en la idea que su hijo es el refugio ante el desamor del marido. Pero también el niño quiere que el padre se interese por su personita: identificado con la madre, intenta, él también, seducirlo; pero el padre sanciona estos intentos como cosas femeninas, y al chico se le juntan las cuestiones del exhibicionismo con el mariconismo: ¿cómo ser seductoramente exhibicionista sin hacerse puto?
Este dilema puede llevar a la inhibición del exhibicionismo o a su expresión a ultranza, es decir, dándole primacía a la pulsión, a “hacerse maricón”. La homosexualidad está muy a menudo hecha según este estilo de resolución de conflictos, como una forma de vencer a la realidad (realidad de la castración, diría Freud) y al superyó. Es decir, la pulsión vence a costa de un pedazo del yo. Por eso Freud (en “Análisis terminable e interminable”) habla de afecciones determinadas por la hiperfuerza pulsional. Este chico, en la etapa de latencia, con tendencia al exhibicionismo, ve interceptada su pulsión por el rechazo del padre, factor inhibitorio que deja al niño en situación sintomática, por ejemplo lo taradiza, lo aleja de los conocimientos, que en definitiva siempre están relacionados con el conocimiento de las diferencias sexuales.
“El problema es grave”, podría decirse. ¿Grave por lo extendido del territorio sintomático? ¿Por los efectos de angustia que genera en el otro? ¿Por el daño objetivo producido en el yo del niño? Es una idea poco precisa y mensurable sólo subjetivamente.
¿O es grave cuando los mecanismos de defensa del yo del niño exceden la represión y llegan a la desmentida o al rechazo de la realidad? Sin embargo, las represiones, cuando son importantes, en la etapa de latencia pueden configurar una inhibición generalizada que deje al niño casi paralizado, detenido en su existencia: ¿no es eso grave? En contrapartida, tratándose de un niño menor de cinco años, son absolutamente esperables momentos de desmentida de la realidad y el mundo mágico animista propio de ese período perverso-polimorfo.
Todo esto hace de la expresión “grave” un conjunto ideológico un tanto inasible.
Son importantes las afecciones “graves” que se observan en la escuela primaria, es decir en la latencia, y se anuncian con una sintomatología que es denunciada en la escuela: la maestra, la psicopedagoga o la psicóloga del gabinete dicen a los padres algo así como: “El chico es agradable, es inteligente, es muy cariñoso, tiene seducida a la maestra, a la directora, es un chico buenísimo... pero en clase está siempre en las nubes y en los recreos se queda solito. No quiere hacer deportes, evita cualquier tipo de confrontación. Lo único que le gusta son las expresiones artísticas como cantar o las representaciones teatrales, en el taller de teatro es bárbaro...”. Pero el problema es en el campo del conocimiento, de la información y de las relaciones con sus pares en un terreno no ficcional.
Por lo demás, los casos que llegan a nuestra consulta son escasos en relación con la cantidad de situaciones patológicas. Y el hecho de que lleguen suele tener que ver con que a los padres les molesta lo que al chico le pasa: desarmoniza, rompe un ideal de tranquilidad. Los padres le reclamarán al profesional que arregle la disarmonía; por supuesto, no pueden valorar el aspecto positivo del síntoma.
Básicamente los padres, de una manera u otra, advierten que los síntomas de los niños los denuncian, los señalan como factores traumáticos. Podríamos decir que el trauma son los padres. Muchos padres lo dicen: “¡Pero qué! ¿Los padres somos los culpables de todo?”.
A veces es difícil éticamente distinguir causa y culpa; en lo inconsciente, quizá por obra y gracia de ciertos efectos en nuestra civilización occidental judeocristiana, suelen ir juntas. Y nosotros, psicoanalistas, en paralelo con estas formas de pensamiento, tenemos tendencia a juntarlas también, y entonces acusamos a los padres y nos convertimos en fiscales, en regidores de conductas.
Por otra parte, es cierto, hay situaciones en donde se hace necesaria la ley: situaciones en que el analista es convocado y debe tomar decisión; por supuesto, no sin angustia. Un análisis funciona por la intervención y presencia del analista, tanto a nivel de la interpretación como en la representación de una normatividad. El problema es cómo decirles a los padres que son causa de efectos perniciosos sin hacer peligrar la posibilidad del tratamiento.
A menudo el tratamiento no se inicia o concluye a poco de iniciado. A veces no se pasa del psicodiagnóstico. Todo esto es frustrante para el niño, a quien se le roba la posibilidad de expresar sus trastornos y padecimientos en un lenguaje más adecuado como puede ser el juego, el dibujo o simplemente hablar. Los niños, aun los muy perturbados, cuando se les arma el espacio para las posibilidades expresivas y la indagación de su sufrimiento, suelen mejorar rápidamente: esto lo podemos observar en el caso “Dick”, de Melanie Klein, y en muchísimos pacientes de Donald Winnicott, incluso de un solo encuentro como fue el caso “Dedos de Pato”.
Muchas veces descubrimos que los padres y el niño tienen intereses diferentes: los padres quieren acallar el síntoma molesto del niño y hay en ello una actitud cómplice con un ideal del yo, con una misión o mandato ancestral que el niño debe cumplir y determina sus síntomas.
Es notable cómo los padres (y a veces también las instituciones) minimizan la importancia de los síntomas de los chicos y no quieren ver y escuchar que el interés del chico es expresar y conmocionar un encierro. Así, expresiones sintomáticas leves van complejizándose y agravándose. Muchas veces el recurso expresivo se polariza hacia una enfermedad orgánica o un accidente.

*Analista titular de la APA. Coordinador de Encuentro Psicoanalítico Hogar.

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