PSICOLOGIA › DEPRESION Y “COBARDIA MORAL”

“¿Yo, responsable de mi queja?”

Aun en “depresiones crónicas” existe la posibilidad de que un sujeto logre hacerse responsable de aquello mismo de lo que se queja, y esto puede suscitar un vuelco en su actitud ante la vida.

 Por ENRIC BERENGUER *

Es llamativo que, en no pocos casos que se presentan como depresión, el psicoanálisis tenga un determinado efecto terapéutico particularmente rápido. Esto sucede incluso con pacientes que fueron objeto de tratamientos farmacológicos durante años y que asumieron el diagnóstico de “depresión crónica”. En la relación con el paciente deprimido tiene un papel crucial lo que llamamos “rectificación subjetiva”: en determinados momentos, al principio o al final de un tratamiento, situamos al sujeto frente a su deseo y su goce, permitiéndole ver que, allí donde él se queja de un destino injusto, se trata de las consecuencias de sus propias elecciones. Una vez situada cierta modalidad de goce e indicadas las vías por las que sus consecuencias se imponen para el sujeto, le queda la posibilidad de hacerse responsable de él.

Si esta operación puede ser particularmente eficaz en un deprimido, es porque éste se presenta ya en una posición extrema. Ha retrocedido en lo referente a su deseo hasta el límite de no reconocerlo en absoluto, pero en este paso se ha quedado sin el último muro que lo separaba de un goce, muchas veces mortífero, frente al cual permanece ahora en una posición de profundo estancamiento. Esta renuncia tan completa deja al sujeto particularmente alejado de los recursos significantes que deberían permitirle una verdadera subjetivación. No se trata de que no sea capaz de hablar de lo que le sucede, pero muchas veces sus palabras son el soporte vacío de una queja sin fin, repetida, en la que no hay en verdad la menor elaboración posible. Este horizonte de palabra vacía, paradójicamente, es un terreno sobre el cual la intervención del analista, si encuentra como apoyo un significante que puede apuntar certeramente al goce fantasmático que está en juego, puede tener efectos importantes. Nos referiremos a dos casos, de curso desigual pero que parten de una presentación similar, certificada por la psiquiatría: “depresión crónica”.

El primero es el de un hombre que se queja amargamente por el abandono del que fue objeto por parte de su mujer, quien se separó de él hace medio año. Entre los motivos aducidos por su pareja para separarse se encuentran los constantes accesos de depresión a lo largo de quince años de matrimonio. Según él, en la vida siempre le fue igual, nunca fue verdaderamente amado, ni siquiera por sus padres, quienes habrían favorecido a un hermano menor que llegó casi a desplazarlo en su lugar de primogénito. El sujeto parece estar enrocado desde la adolescencia en la posición de un reproche sin límites contra todos sus partenaires significativos, como un “alma bella” que nunca hizo nada para merecer las desventuras de las que es víctima.

A lo largo de las entrevistas, este hombre había mencionado en diversas ocasiones escenas en las que él parecía erigirse, en su dolor y en su fracaso total, como un reproche viviente frente a distintos partenaires: sus padres, su ex mujer, su hija, una mujer que recientemente se había acercado a él con intenciones amorosas. En un momento dado, comenta que le ha dicho a esta última que está pensando en suicidarse mediante el método de ahorcarse. Relata el dolor y el estupor de ella frente a tal confesión y se queja del fin anunciado de esta nueva relación, que sabe herida de muerte por la brutalidad de sus palabras.

La intervención del analista consiste en hacerle ver que este hacer daño al otro, exponiendo impúdicamente su desgracia, no es un dato accesorio, sino que hay algún tipo de satisfacción implicado, y que esta satisfacción tiene algo de cruel. Esta observación se basa en el relato previo de una escena juvenil, en la que un reproche contra la madre producía en ella un dolor patente: ese dolor materno era destacado en el recuerdo, no sin cierta fruición, ignorada por él mismo.

Ante la intervención del analista, el paciente enmudece y protesta débilmente, antes de marcharse. En la siguiente cita, testimonia de la rabia que había sentido ante esa observación, pero añade que al poco rato la rabia había dado paso a un alivio enorme, al mismo tiempo que se hacía en él la luz acerca de su implicación, hasta ahora desconocida, en los males que lo aquejaban. En la elaboración que hace de estos episodios de su vida es capaz de situar con precisión algo de su responsabilidad y de percibir la carga narcisista de aquello que en su discurso se presenta como queja y reproche.

El efecto terapéutico es muy importante y abre un nuevo período en la vida de este hombre. Por otra parte, luego de poco tiempo, justificándose en la desaparición espectacular de los malestares de los que se quejaba y tras emprender una serie de iniciativas en las que se concreta el abandono de su posición de completa inercia, decide interrumpir la cura, al cabo de un lapso en que verifica que puede prescindir de la medicación antidepresiva.

El caso es el de una mujer: se presenta igualmente como una “depresión crónica”; durante años pasó largas temporadas medicada con antidepresivos. Había llegado a asumir eso como un destino, ligado a las oscilaciones episódicas de su “serotonina”, pero se acerca al mismo analista que hace tiempo había atendido con éxito a su hija de diez años. Lo que queda de aquella transferencia mediada por la hija la trae para intentar algo en lo que no tiene mucha fe, no por las posibilidades del análisis, sino porque ella se considera un caso de entrada perdido.

Aquí también hay una intervención del analista que supone un vuelco para el sujeto. Todo parte de la confesión de una fantasía diurna que había acompañado desde tiempos remotos a esta mujer. Fantaseaba una y otra vez que su abuela materna, víctima maltratada y despreciada por la madre de la paciente, se arrojaba por el hueco de la escalera, dándose muerte. Resumiendo mucho, podemos decir que la intervención del analista apunta a situar en esa ensoñación el índice de un regodearse en la identificación con la supuesta víctima, y contrapone a esta identificación el reconocimiento de la responsabilidad subjetiva de la misma: el rasgo de cobardía moral que estaba presente en aquella abuela. El efecto del esclarecimiento es así doble: por un lado, respecto del peso de la identificación con la abuela; por otro lado, respecto de la responsabilidad de la abuela. Desde entonces, esta mujer testimonia de una desaparición completa de los síntomas de su depresión y puede precisar una serie de cambios importantes en su vida. Ella, a diferencia del hombre del que hemos hablado antes, sigue sosteniendo una demanda de elucidación.

En ambos casos, lo eficaz del dispositivo se centra en la localización de un goce en el que la implicación del sujeto permite pensar la posibilidad de una elección. Así la responsabilidad del sujeto es convocada a partir de una base lo más real posible, esto es, implicando lo real de su goce, articulando la paradójica necesidad en que se encuentra el sujeto de asumirlo plenamente en cuanto tal, y mostrando la posibilidad de algún tipo de elección a este respecto.

Por definición, el sujeto “deprimido crónico” es uno que no reconoce la responsabilidad por su deseo y por su goce. Aquello que en su día deseó apenas puede ser hoy reconocido, de modo que el vínculo de su queja con su posición se ha borrado de un modo singularmente eficaz. Recordárselo, por parte del analista, puede tener efectos radicales. Lo que luego el sujeto quiera hacer con esto es también en gran parte su propia responsabilidad.

En el corazón

Si la cuestión de la rectificación subjetiva es un tema de alcance tan general, ¿por qué plantearlo específicamente en el caso de esa forma de queja contemporánea gobernada por el significante “depresión”? En primer lugar, por su ubicuidad y por su importancia en la reformulación de la clínica en los manuales de diagnóstico. En segundo lugar, por lo que tiene de síntoma actual, en la medida en que constituye una de las formas electivas de expresión del malestar en la civilización en nuestros días.

Pero además, como síntoma contemporáneo, la depresión tiene el interés de que se sitúa de entrada y de lleno en el corazón de la problemática de la relación del sujeto con el deseo y con el goce, en lo que ésta tiene de problema ético. La depresión plantea casi a cielo abierto la naturaleza ética de esa relación y su implicación en el síntoma. La del deprimido se constituye así en figura princeps del alma bella hegeliana en nuestros días.

En cambio, bajo el paradigma de la represión, el sujeto encuentra con mayor facilidad coartadas que lo justifiquen, de modo que la cuestión de su responsabilidad por su deseo difícilmente sale a la luz sin una labor de análisis que ponga de manifiesto el vínculo entre síntoma y fantasma. Fuera de este paradigma, el sujeto de la hipermodernidad se encuentra enfrentado de un modo más inmediato a las antinomias de su goce. A menudo, la depresión resulta del abandono por parte del sujeto de la responsabilidad de enfrentar esas antinomias. De hecho, el deseo se puede pensar como un tipo de respuesta particular a dichas antinomias, que tiene la forma de un “es imposible, pero aun así...”. Supone hacerse cargo, al mismo tiempo, de dos imposibilidades: la imposibilidad de sustraerse a la exigencia pulsional y la de someterse a ella sin límite.

Lo que se llama depresión es, pues, una mala lectura del imposible que está en juego. Volver a situar al sujeto ante un trabajo para una solución que tenga en cuenta sus verdaderos recursos, no los del ideal, puede tener de por sí un efecto terapéutico.

* Miembro de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis (ELP) de Madrid y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP). Extractado de un trabajo incluido en Depresiones y psicoanálisis, por Emilio Vaschetto (comp.), de reciente aparición (Grama Ediciones).

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