PSICOLOGíA › EN UN TIEMPO EN QUE “LOS DIOSES HAN HUIDO”

Un Dios que no es el de las iglesias

 Por Oscar Del Barco *

El “los dioses han huido” de Hölderlin y el “Dios ha muerto” de Nietzsche señalan el Acontecimiento esencial de la modernidad. Hemos llegado a un término y a un nuevo comienzo. Hoy no hay más Dios o, al menos, el Dios histórico que se entendía como Ser supremo o Razón, como sustancia o persona. Ha muerto el Dios de la metafísica, el Dios idolátrico construido por el hombre. ¿Qué queda en el lugar de Dios? ¿Queda algo?

Alguien cree haber hallado la respuesta y en el mismo instante ya hay otro que comienza a balbucear la misma pregunta. No una pregunta subjetiva sino la pregunta: por el hombre, por el ser, por Dios. ¿Acaso serán Dios y el ser una pregunta? ¿Dios una pregunta? ¿Dios como la pregunta por Dios? Nada está más alejado del Dios como pregunta que el Dios de las iglesias, el Dios como Soberano, como Juez, como Señor. No existe ese Dios, o ése es el Dios que “ha muerto”. No obstante, surge de nuevo un estado de impredecibilidad. El “Dios venidero” no puede ser un “Dios”, salvo que entendamos a Dios como ausencia, como abandono (como “pregunta”). Pero, ¿cómo este Dios podría “salvar”? ¿Acaso liberándonos de todo Dios humanizado-idolátrico y sumergiéndonos en el absoluto imprevisto de la espera?

Lo que resta es una libertad que supera la metafísica y de la que cada cual debe hacerse cargo enfrentando el peligro de la trascendencia-sin-trascendencia. Digo “peligro” porque junto con el orden metafísico desaparecen los órdenes sociales establecidos: el orden político, el orden religioso y el orden de la Razón (científica, filosófica y ética). El sujeto de la metafísica (espiritual y material) desaparece en el éxtasis del instante, fuera del tiempo lineal de la metafísica ordenado como pasado, presente y futuro. En la “temporalidad” extática del puro instante desaparece el sujeto entendido como fuente de sentido y como constituyente del “mundo”: el sujeto dominador de la naturaleza y de los otros hombres, el sujeto como creador, como autor, como centro; ese sujeto del que Dios ha sido y sigue siendo una hipóstasis, una “cosa”.

Cuando el pensamiento intenta captar esa facticidad del Yo, ya sea como vida, como naturaleza, ser o existencia, la misma se aleja revelándose como un pre-supuesto. De esta manera se hace la experiencia de un “abismo” en cuyo fondo “se vislumbra la identidad”. ¿Dios? ¿Por qué no llamar Dios a esa “identidad” en el fondo del abismo, a ese ser “no afectado por límite alguno”?

¿Comienza aquí un camino pos-teológico en el que Dios se engendra como “yo” y al mismo tiempo se engendra como El? ¿Estaríamos en la antesala de una nueva respuesta?

En esta perspectiva se mueve el pensamiento del último Heidegger (último en el sentido de lo más hondo de una ultimidad que está desde el principio). En la Carta sobre el humanismo plantea una suerte de estaciones en el camino del pensamiento: el ser, lo sagrado, Dios, la divinidad. Digo “estaciones” pues no se trata de una gradación sino de la instantánea y total presencia de lo que alguna vez posiblemente pueda volver a llamarse Dios.

Como en Ser y tiempo, la pregunta de Heidegger sigue siendo la vieja pregunta: ¿quiénes somos nosotros?, y su tesis decisiva es que “el ser propio del hombre no es pensable como propiedad o posesión (...) sino como perteneciente a la verdad del ser como tal”.

* Fragmento de Exceso y donación. La búsqueda del dios sin dios, de reciente aparición (Biblioteca Internacional Martin Heidegger; Centro Psicoanalítico Argentino).

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