SOCIEDAD › UN PRESO DE BATAN ESCAPO SUPLANTANDO SU IDENTIDAD POR LA DE OTRO

Salir cambiado de la cárcel

El SPB ya sufrió varias fugas extrañas. A la del condenado por el crimen de Martinó, que escapó de la U23 vestido de mujer, se agrega ahora otra en Batán: la de un preso que se hizo pasar por otro que debía ser excarcelado.

 Por Horacio Cecchi

Mientras la lupa hipermediática se concentra en denunciar salidas de presos autorizadas por la Justicia, al Servicio Penitenciario Bonaerense los presos se le disuelven como el agua entre los dedos, disfrazados, colgados de sábanas y, ahora, haciéndose pasar por otros con salida autorizada. El sábado pasado, un preso con suficientes detenciones como para que los penitenciarios lo conozcan, escapó de la U44 de Batán, intercambiando su identidad por la de un ignoto novato. En el término de dos meses, la misma unidad sufrió otras cuatro fugas. Y hace diez días, de la U23 de Varela, un condenado a 29 años desapareció del penal vestido de mujer. La hipótesis de la investigación por tanta seguidilla de escapes analiza si es que a los del SPB el agua se les escurre entre los dedos y/o si esos dedos penitenciarios son los que abren el grifo y en ambos casos, por qué motivo.

El lunes 23 de julio tres ladrones fueron detenidos mientras intentaban asaltar una panadería, en Mar del Plata. Técnicamente se mencionó el caso como de “detención en flagrancia”. Mientras corría el plazo para que el juez de Garantías 2 de Mar del Plata, Roberto Errandonea, dispusiera si debían o no quedar detenidos, la defensa de los tres flagrantes (Pereyra, de 19 años; Cisneros, de 21; y Lapenta, de 27) pidió la excarcelación. Según parece, primero pensaba pedir por los tres, pero después sólo se solicitó por dos, Pereyra y Cisneros. El otro, Lapenta, con demasiados antecedentes, podía recibir un rechazo del juez, por lo que el abogado prefirió reservarse para otro momento.

Errandonea aceptó el pedido de la defensa por Pereyra y Cisneros. La orden debía cumplirse el sábado pasado. Los tres estaban detenidos en la U44 de Batán, ubicada detrás de la U15 y que fuera escenario de denuncias sobre trabajo esclavo reveladas por este diario en marzo pasado. A la hora de cumplirse la orden, Pereyra y Cisneros fueron convocados desde las celdas donde se encontraban y, acompañados por un guardia, pasaron los minuciosos registros de comprobación de numeración correlativa con los documentos de identidad, en poder del SPB. El trámite no es instantáneo ni mucho menos, demora horas de acuerdo con la voluntad del oficial de turno. Un buen rato después, Pereyra y un Cisneros de rostro maduro cruzaron la puerta de rejas de la salida y recuperaron su libertad.

Solo unas cuantas horas más tarde, cuando la madre de Cisneros llamó al penal temiendo por la suerte de su hijo, al que sabía que excarcelarían esa tarde y no tenía noticias de él, sólo entonces los penitenciarios cayeron en la cuenta de que lo que había madurado en el penal no fue Cisneros, sino el modo de escapar de Lapenta. La confirmación llegó cuando fueron a buscar a este último a la celda y en su lugar encontraron al babyface. El verdadero Cisneros salió más tarde porque no había cometido delito alguno.

Alarma, sirena y todo lo que suena en las películas. Errandonea abrió una nueva causa para investigar la fuga de Lapenta, causa que le tocó al fiscal Mariano Moyano, mientras la búsqueda la realiza la comisaría 8ª de Mar del Plata.

Si surge la pregunta casi automática por las curiosidades de una fuga, que atravesó un sistema de controles tan minucioso como burocrático, burlándolos en las mismas narices de los guardias, la respuesta parece caer del lado de la incredulidad o del pensamiento capcioso.

Se puede seguir sumando. El mismo día en que el trío del cambiazo era detenido, a 350 kilómetros de allí, en la Unidad 23 de Florencio Varela ocurría una deserción que provocaría un fuerte impacto público (aunque curiosamente nunca tendría la difusión que recibieron las salidas autorizadas porteñas): Marcelo Segovia, que acababa de ser condenado a 29 años por el crimen de Emiliano Martinó, escapó del penal justo en el momento en que la familia de la víctima comenzaba a averigurar si el disparo mortal había salido del arma de Segovia o, lo que empezaba a sospechar, de una pistola policial.

Si en el caso de Lapenta, la fuga tuvo que ver con la sospechosa y difícil suplantación de identidad, en el caso de Segovia, la versión del error parece, paradójicamente, más errada: no suplantó identidad, sino que travistió género, el morochazo salió disfrazado de mujer un día de visitas pero sin suplantar a nadie, es decir, no quedó encerrada una mujer en su lugar. Es decir, ese día, para quien quiera creerlo, salió una visita femenina más que las que habían entrado. Para un sistema basado en el conteo, los números y la requisa humillante entre las visitas femeninas, que se les escape una mujer barbuda que antes no había pasado suena, al menos, para investigar. “Tenemos bastante determinada esa hipótesis, ese modo de fuga: escaparse vestido de mujer a través de las visitas”, llegó a confirmar el subsecretario de Política Criminal bonaerense, César Albarracín, quien además admitió que “él solo” (por Segovia) no pudo haber superado “cinco o seis controles exhaustivos, es muy posible que haya habido connivencia”.

Poco después, la Justicia ordenaba poner custodia a la familia de la víctima. Enterada por los medios, la viuda de Martinó, Gisela De Luca, dijo que vivía con miedo por la fuga de Segovia. Teniendo en cuenta cómo se desenvolvió el escape y la posible vinculación con la hipótesis de la bala policial, quien también puede estar asustado es el propio Segovia.

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La fuga de Batán genera sospechas e hipótesis de connivencia.
 
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