SOCIEDAD › CRISTIAN MUÑOZ, SOSPECHOSO DE SECUESTROS, MURIO TRAS UN ASALTO

Golpe al Hígado, el enemigo Nº 1

El hombre más buscado por la Bonaerense cayó tras un asalto de poca monta, en un enfrentamiento con la policía, en San Miguel.

 Por Raúl Kollmann

Cristian “El Hígado” Muñoz, el hombre más buscado del país, cayó ayer en el marco de un tiroteo entre policías bonaerenses y la banda que integraba, que venía de robar el Banco de Galicia de San Miguel. De allí se llevaron unos pocos miles de pesos, lo cual demuestra que el Hígado no era el jefe de una superbanda –como siempre intentó presentarlo la Bonaerense– sino más bien un ladrón de escaso nivel que, incluso con asaltos poco lucrativos buscaba el dinero necesario para gastar esencialmente en consumo de cocaína. Tras el asalto al Banco Galicia, los ladrones –que contaban con chalecos antibalas y con un fusil FAL– se tirotearon con un grupo de policías y el único muerto resultó Muñoz, mientras que sus tres cómplices terminaron detenidos.
Durante las horas posteriores al asalto y al tiroteo, nadie se dio cuenta de que el abatido era Muñoz, en especial, porque tenía un tiro en la cabeza y por ello su rostro estaba deformado. Sin embargo, los tatuajes en el pecho y una foto de la hija que llevaba en el bolsillo dieron los primeros indicios, por lo que de inmediato se convocó a un jefe policial que lo conocía y éste hizo el primer reconocimiento. Luego, las huellas digitales confirmaron que el asaltante que encabezó el grupo que se llevó el dinero del banco –unos pocos miles de pesos– no era otro que Muñoz.
La forma en la que terminó la vida de El Hígado demuestra que integraba bandas de poca monta, que esencialmente se dedicaban a robar porque era un fuerte consumidor de cocaína y que en muchos casos se le adjudicaron secuestros irresueltos, en los que probablemente no tuviera nada que ver. Por ejemplo, se lo sindica como autor de los secuestros de Nicolás Garnil y Cristian Ramaro, y en el caso del secuestro de Gabriel Gaita, en Lanús, se dijo que él podría ser el jefe de la banda. En una palabra, al Hígado Muñoz se le cargaron los tres secuestros más resonantes de los últimos dos meses.
El antecedente más reciente de Muñoz –que permite visualizar cómo era el personaje– fue que estuvo preso entre el 21 y el 24 de julio en Córdoba, a disposición del juez Ricardo Bustos Fierro. Lo que ocurrió en aquella oportunidad es que conducía un automóvil bajo los efectos de abundante consumo de marihuana, aunque hay versiones que mencionan que en verdad se le encontró un paquete de cocaína dentro del vehículo. Lo cierto es que chocó y terminó preso, aunque con documento falso a nombre de Eduardo Daniel de Olivera. Después de tres días sin poder chequear sus huellas dactilares, el 24 de julio quedó en libertad.
Lo curioso es que mostró un extraño sentido de la laboriosidad delictiva, porque entre el sábado 24 y el domingo 25 recorrió los 700 kilómetros que hay entre Córdoba y Buenos Aires, y esa misma tarde supuestamente secuestró a Nicolás Garnil en el barrio La Horqueta. En realidad, el secuestro fue al voleo, cuando el chico y su madre salían de misa. A la madre de Nicolás, Susana, le pusieron numerosas fotos delante y ella señaló a Muñoz como uno de los secuestradores, pero en todo caso mostraría a un ladrón-secuestrador que actúa sin plan alguno ni inteligencia previa ni características que lo asemejen al líder de una superbanda y cerebro de gran parte de los secuestros.
El caso del Hígado Muñoz también evidencia que la mayoría de los que actúan en los secuestros provienen de bandas que antes –y también ahora, de vez en cuando– se dedicaban a robar bancos, blindados o empresas. El cuñado de Muñoz cayó preso en aquel paso por Córdoba cuando, seguramente junto con Hígado, robaron un aserradero. Y el antecedente de mayor envergadura –en los años 90– por el que más tiempo estuvo en la cárcel, fue también un robo a un banco, en el que asesinaron a un custodio, y por el cual fue condenado a siete años de cárcel.
Ayer, Muñoz y sus cómplices robaron el dinero que había en una de las cajas de atención al público del Banco de Galicia –4000 pesos– y luegose subieron a un Volkswagen Quantum, propiedad de una mujer llamada Mariana Ferrari, víctima de un secuestro express hace 20 días en San Isidro. Es decir que El Hígado andaba en un auto con pedido de captura, aunque se había teñido el pelo y tanto él como los otros integrantes de la banda llevaban puestos chalecos antibalas. El monto robado dimensiona el carácter de la organización: en un golpe supuestamente riesgoso como es el robo a un banco, se iban a llevar 1000 pesos cada uno. Lo concreto es que policías que revistan en comisarías se tirotearon con los asaltantes después de que el vehículo en el que iban chocara con un Ford Falcon. El incidente les permitió a los policías ubicar a los ladrones en la esquina de Presidente Perón y Sargento Cabral, de San Miguel. Muñoz habría disparado con el FAL y terminó muerto, mientras que sus cómplices huyeron, pero después de tomar un rehén terminaron entregándose. Horas más tarde, un oficial de la Departamental de Investigaciones de San Isidro corrió el chaleco antibala del pecho de Muñoz y allí vio grabados los nombres de Ayelén y Valentina, las hijas de El Hígado.
Poco después de la muerte de Muñoz se produjo un hecho paradójico. El juez Conrado Bergesio resolvió dejar en libertad al padre de El Hígado, Juan Carlos Muñoz, acusado de lavar el dinero proveniente de los secuestros. Esa plata, como está numerada y registrada, se vende en el mercado negro con el 20 por ciento de descuento y, según los investigadores, el padre de Muñoz hacía ese trabajo. Sin embargo, para Bergesio no hay pruebas suficientes y ordenó la libertad por falta de mérito.

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Debajo del chaleco antibalas, un oficial alcanzó a ver los tatuajes con los nombres de sus hijas.
 
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