SOCIEDAD › EL ESPIONAJE JUARISTA SOBRE ALGUNOS INTEGRANTES DE LA IGLESIA

Los archivos secretos del Régimen

Página/12 revela por primera vez los archivos de los espías santiagueños. El seguimiento realizado a integrantes de la Iglesia, militantes y políticos. Se trata de parte de los 40 mil expedientes desclasificados y confiscados por la Justicia federal.

 Por Alejandra Dandan

Ni el entonces cardenal Antonio Quarracino, ni Jorge Casaretto ni Estanislao Karlic sabían aquella mañana del 22 de octubre de 1996 que uno de los asesores clericales trabajaba simultáneamente para los laboriosos servicios de inteligencia santiagueños. Esa mañana, tipeaba prolijamente sus nombres en una vieja máquina de escribir. Llenó dos páginas con “la interna de la Iglesia” y las guardó en la carpeta de espionaje ilegal sobre Gerardo Sueldo, el obispo de Santiago del Estero, cuando todavía faltaban dos años para su sospechosa muerte.
Los archivos “estrictamente confidenciales y secretos” de Santiago del Estero, publicados hoy por primera vez por Página/12, son parte de los 40 mil archivos de espionaje ilegal atesorados desde 1972 por los sucesivos gobiernos que manejaron la provincia. En marzo de este año, la Justicia logró desnudarlos después de un allanamiento al departamento de Informaciones conocido como D-2. Aquel golpe fue uno de los motivos que más tarde argumentaron la intervención federal.
Después del allanamiento, las carpetas quedaron confiscadas por la Justicia federal en el marco de una investigación contra el matrimonio que durante cincuenta años gobernó la provincia: Carlos Arturo Juárez y su mujer, Marina Mercedes Aragonés, La Nina, aquella despampanante jovencita que hacia los ’50 supo conquistarse al abogado, dirigente de la Acción Católica y ya gobernador peronista a costa de cualquier precio, un precio que incluyó en el orden privado la reclusión de la primera mujer de Juárez en un hospicio psiquiátrico y la expulsión y el destierro de sus dos hijas. Y, en el orden público, las persecuciones y la sistematización de la red de espionaje que reportaba todo y a todos, y servía como mecanismo indispensable para sostener un estilo político: el del terror.
Los archivos de los Juárez muestran la dimensión del imperio montado sobre la persecución de los espías. Entre los documentos desclasificados hay nombres de funcionarios del menemismo, menciones sobre “la probable visita de la esposa del gobernador Eduardo Duhalde”, escuchas y anotaciones tomadas por diminutos personajes que perseguían a sus espiados en los funerales, durante antiguas marchas como las del retorno de Perón o en las de los últimos años. Entre ese material, aparecen dos casos paradigmáticos para los santiagueños: el del ex gobernador César Iturre y el del propio obispo Sueldo. Ambos se opusieron abiertamente al juarismo, y terminaron sus vidas con una muerte trágica. Los documentos no demuestran la existencia de un plan urdido para matarlos, pero sí retratan la capacidad efectiva, y en ocasiones grotesca, del metodológico aparato de acoso político manejado a discreción por un Estado nepótico. Uno de esos informes detalla:
“Parte de Informaciones, Santiago del Estero, 12-10-96.
Objeto: Religioso. Iglesia Católica local y nacional. Pastoral Social-Invención-Evolución.
Obispado local: el viernes pasado a partir de las horas 23.00 en el Canal de Cable TN Todo Noticias que llega aquí en directo por el número 27 se presentó en el programa de Santo (Biasati) el obispo local Gerardo Sueldo durante el cual no tuvo reparos en criticar al gobernador Dr. Juárez y relatar a su criterio los diversos enfrentamientos que se agudizaron este año.”
En el caso de Sueldo, desde su llegada a Santiago, sus pasos se transformaron en informes escritos a máquina. Los archivos, según se menciona en el libro Los Juárez, “se los intercambian el subsecretario de Informaciones de la Gobernación, mayor (R) Jorge D’Amico, y el director de Informaciones, Musa Azar. En algunos partes diarios la vida del obispo era central, en otras ocasiones los espías listaban minuciosos seguimientos o analizaban el hacer del religioso. Había lecturas políticas de cada homilía y detallaban los encuentros con otros sacerdotes, catalogados según su ideología”. Cuando los espías vieron a Sueldo por TN, siguieron la entrevista y, como ocurría habitualmente, anotaron fragmentos textualessobre sus consideraciones más críticas. Inmediatamente avanzaron con otro punto, una de las verdaderas obsesiones de Juárez:
“Repercusión social (de la entrevista en TN): en el gran público, escasa. Más bien en sectores católicos con poder adquisitivo y de la ciudad. Diario El Liberal se hizo eco del programa y publica algunas consideraciones el sábado con el título ‘Sueldo criticó a Juárez. El obispo estuvo en un programa nacional’”.
En cierta ocasión, los espías se interesaron por los nombres de Karlic, Casaretto y Quarracino, entonces arzobispo de Buenos Aires. Hacia octubre de 1996 analizaban “el cambio de autoridades que se avecina” en la Comisión de Pastoral, un órgano al que lograron darle una definición política a tono con sus conspiraciones. La Comisión, escribieron, “es el eje político social y religioso de cómo se mostrará la Iglesia con el nuevo cambio”. Un órgano que “desde el punto de vista político nacional, dialoga con el mundo empresario, político y sindical donde también entran los intereses institucionales. Tienen lo propio Mr. Justo Laguna, obispo de Morón, un Emilio Ogenovich (sic) de Mercedes o un progresista como Rafael Rey de Zárate-Campana”.
Ese día sumaron a una “fuente” especial para el informe de dos páginas. Un “asesor clerical” que poco a poco iba instruyéndolos en una teología con características del cine del absurdo. No entendían qué significaba “un Episcopado en transición”, y lo escribieron:
“En esos niveles católicos –detalla otro de los informes–, dicen que podría caerse en noviembre en un –y ahí el problema– ‘Episcopado de transición’: consultado el informante clerical refiere que el término ‘transición’ no es terminante como dice el diccionario: ‘Paso de un estado a otro, estado o fase intermedia, modo de pasar de un razonamiento a otro’. Para el verbo eclesial ‘transición’ quiere decir: ‘Actos preparatorios para interrogantes que se definen de acuerdo con las posturas personales de los obispos y de las líneas pastorales que ellos presenten’”.
Varios años antes de las persecuciones sobre la Iglesia, Carlos Juárez había adelantado alguna de sus razones aunque hasta el momento pocos las tomaron en cuenta. Juárez no estaba en el país sino en un exilio dorado en Madrid. Allí, frente a una máquina de escribir, le dio forma filosófica a la saga que, especialmente durante este último año, apareció ante la opinión publica con rasgos delirantes. Escribió sobre 400 páginas La Hora Crucial en la Argentina, un libro de pocos ejemplares, leído entre amigos, misteriosamente olvidado y catalogado en alguna ocasión como una apología del genocidio de Estado. A comienzos del ‘82, mandó una copia de los originales a Buenos Aires. Uno de sus entrañables colaboradores consiguió una imprenta para la impresión. En uno de los párrafos, en la página 69, el caudillo que aún está detenido escribió su propia Noche y Niebla:
“Dentro del ciego enjuiciamiento inexorable, todo lo que contribuye a vertebrar el sistema recusado: instituciones, legislación, organización, estructuras, y diligencias, debe ser allanado y sustituido sin contemplaciones. A cualquier precio. El fin justificará históricamente los medios, sin distinción alguna. Para lograrlo hay que pagar cualquier precio aun la cuota de sangre si fuera necesaria, y hasta de sangre inocente. Quizá hasta se piense que no sea superflua si sirve para acrecentar el pavor. Quizá hasta se crea que puede ser un holocausto ejemplificador indispensable”.

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Las marchas por el doble crimen de La Dársena fueron el detonante para la caída de los Juárez.
 
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