SOCIEDAD

Cómo logró recuperarse la escuela de Pantriste

La Media 9 de Rafael Calzada tuvo a su “Junior” hace cuatro años. Allí aún intentan recuperarse. Pasaron el duelo, pero pispian supuestos mensajes en los bancos.

Dice que nada cambió desde entonces, aunque tuvo un infarto y para hablar ahora prefiere hacerlo fuera de la escuela, donde se queda parado contra las rejas, como protegiendo con su cuerpo la entrada al interior de un sagrario. Hace cuatro años, Rodolfo Eisenacht trataba de conseguir una ambulancia para el chico que había caído de un disparo en la vereda de la escuela cuando salía de clases. En pocas horas, el país conocía a Pantriste, el apodo del adolescente que había gatillado, cansado de las cargadas de sus compañeros. Después de siete días, la Escuela de Educación Media 9 de Rafael Calzada abrió otra vez sus puertas. Eisenacht manejó desde la vicedirección ese lento proceso del regreso a una normalidad que nunca parece posible. Desde entonces, hasta se ha encontrado intentando hallar mensajes cifrados en los cientos de pupitres con los que se topa todos los días: “¿Una receta? –pregunta ahora–. Si los de Patagones vienen a preguntarme si tengo una receta, tengo que decirles que no hay”.
Las balas de Patagones explotaron hace una semana dentro la escuela. Algo semejante sucedió en agosto de 2000 en una escuela pública de Rafael Calzada, uno de las barriadas populares del conurbano sur bonaerense. Durante los últimos días, ambos casos fueron cotejados como en espejo: se presentó a la escuela de Calzada como un antecedente de lo que sus docentes aún parecen no soportar. “Los casos son distintos. Acá hay un dato clave –aclara, en este caso, el subjefe de inspectores de la Regional 2, Daniel Fernández–: los disparos de Rafael Calzada ocurrieron en la vereda y no adentro de la escuela, como sucedió allá (en el sur). Y aunque suene feo decirlo: allá, el peligro aparece encerrado en la escuela, en Rafael Calzada la escuela funcionó más bien, al revés, como ámbito de protección.”
Al mediodía del viernes 4 de agosto, Javier Romero llevaba una semana escondiendo una pequeña pistola calibre 22. Como en Patagones, también era el arma que había sido de su padre, ya muerto. Javier se la había sacado a su madre durante una visita, el último domingo de las vacaciones de invierno, antes de volver a clases. El viernes siguiente la llevó a la escuela. Al final del día, salió a la vereda y disparó. Uno de sus compañeros murió dos días después y el zumbido de un disparo lastimó la oreja de otro. En ese momento, los chasquidos de las balas convirtieron un juego de niños en la explicación de lo inexplicable: los chicos caídos en desgracia eran, según la causa judicial, los que lo habían llamado Pantriste.
La Justicia declaró al chico –que en ese momento tenía 19 años– inimputable, como ahora parece dispuesta a hacerlo la jueza Alicia Ramallo de Bahía Blanca. Javier está internado en un neuropsiquiátrico. Sus compañeros de grado volvieron a clases. Los últimos egresaron el año pasado. La escuela funciona con los mismos horarios, y la matrícula no disminuyó:
–¿Dejar la escuela? –se pregunta Eisenacht–. No, al revés: no lo pensamos. En ese momento, sentí que la escuela me necesitaba. Que era un ladrillo más para, justamente, trabajar con los alumnos para que no ocurriera otra vez. Y digo esto y pienso que ahora ocurrió allá en el sur.
La escuela estuvo siete días cerrada. Los maestros acordaron abrirla después de un duelo corto. El primer día de clases se reunieron con los padres de todas las divisiones, de todos los turnos y de todos los años:
–Nadie quiso dejar la escuela –explica el vicedirector–, pero los padres querían saber qué había pasado directamente de boca de la escuela. Todos estuvimos ahí: directores, maestros y hasta la gente de portería. También buscamos la contención nuestra y la de los alumnos, que fue lo más difícil.
–¿Como fue?
–La vuelta fue la parte más complicada. Personalmente, porque lo viví muy de cerca, y se te queda como dolida el alma. Y el duelo es un proceso individual. Esto es un recuerdo que todavía uno lo tiene. La gente más joven a lo mejor lo tomó de otra manera. Y como comunidad, la escuela,creo, lo fue sobrellevando. Lo que pasa es que cuando ocurren hechos así pensás: “Otra vez”. Cuando uno mira las escenas aquellas en la televisión parece que pasan una película que uno ya vivió.
–¿Y los chicos?
–En general, a los pibes les parecía una locura. No lo entendían, no lo entendían ellos como tampoco lo entiende uno. Si usted piensa en lo de Patagones, no se puede entender que alguien reaccione de esa manera.
Además de vicedirector, Eisenacht es el profesor de matemáticas de la escuela, ese que en los últimos días, después de lo que pasó en Patagones, inventa fórmulas mágicas para sacarles a los logaritmos la posibilidad de hablar de los disparos. “En medio de todas las fórmulas propuse que hiciéramos un torbellino de ideas para ponerlos a pensar, a que hablen, y sacarles que lo más importante, al fin de cuentas, es que quieran la vida”, razona. Estos días, los chicos llegaban a la escuela con recortes de diarios donde aparecía el nombre de la escuela junto con el de Patagones:
–Muchos pidieron más información –explica el profesor–. Los alumnos pasan. Y hay algunos que saben o por un hermano o porque eran chicos y estaban en la EGB de la vuelta o lo supieron por la televisión en estos días, pero lo viven como algo lejano.
O algo que encaja dentro de la normalidad por la que ha intentando seguir avanzando la vida de la escuela. Para llegar a este punto, durante varios meses los docentes trabajaron sobre la incertidumbre “del día después”, ese momento que ayer empezaron a transitar los alumnos y docentes de Patagones. En aquel agosto de 2000, el gobierno de la provincia de Buenos Aires armó un equipo de psicopedagogos que mantuvo entrevistas personales y colectivas a diario con los alumnos que cursaban el primer año de Javier Romero. Trabajaron sobre sus miedos y sobre la relación entre pares. Propusieron la creación de un cuerpo de consejeros docentes para cada curso. Sospechaban que la cercanía de un maestro con ese objeto llamado “aula escolar” detectaría a tiempo eventuales futuras tragedias. ¿Funcionó? La Media 9 no tuvo más episodios públicos de violencia, pero los ecos del estallido no terminan de callar.
–Después de lo que sucedió uno se queda más atento, digamos. No es que antes no lo estábamos sino que ahora es como dice el refrán: “El que se quema con leche ve una vaca y llora”. No hacemos una persecución con los chicos, pero tratamos de apoyarlos con tacto. Los alumnos traen problemas ajenos totalmente a la escuela, de sus casas.
Desde hace una semana, en Patagones sucede algo parecido a lo que entonces ocurrió con la historia de Pantriste. Sus pasos por el colegio, sus amigos, sus últimas conversaciones con los vecinos, con un portero o con el kiosquero se buscaban como reveladoras de mensajes latentes. Algunas de esas cosas aún siguen sucediendo. Les quedaron como ticks a los profesores de la escuela:
–Por ahí vos ves escrito en los bancos alguna cosa de La Renga, alguna letra de una canción –dice Eisenacht–. Y ahora uno la mira y se pregunta: ¿y esto podrá ser la punta de algo? Y te queda la duda eterna. Pero todos los chicos escriben en los bancos: en el colegio más caro del país o en el más barato, en todos es igual. Escriben cosas lindas, cosas feas: ponen “100 por ciento cumbiero” o “cumbia villera” porque está de moda.
Y como buen profesor de matemáticas, hace sus cuentas:
–Fíjese esto: usted tiene 40 bancos con 40 mensajes multiplicado por toda la cantidad de salones y por las escuelas donde va... ¡Uno puede terminar paranoico porque pensás que todo el mundo tiene mensajes! Y si de pronto se encuentra, en cambio, con cosas hermosas, un dibujo o una poesía preciosa, empieza a pensar que como tenemos antecedentes que indican que si un chico es buenito y tranquilo también puede ser peligroso, me pregunto: ¿será realmente buenito y tranquilo? ¿O será una cáscara?En ocasiones, las dudas fueron más lejos. Eisenacht se encontró cotejando sus especulaciones hasta con los autores de los supuestos mensajes:
–No, profe –le respondían–. No me pasa nada. Escribo esto porque su clase estaba aburrida.

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Para Rodolfo Eisenacht, no hay recetas: “Si me preguntan los de Patagones, les digo que no hay”.
 
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