SOCIEDAD › UN ESTUDIO SOBRE ADOLESCENTES Y JOVENES QUE CRECIERON EN UN COUNTRY

El otro corralito

Universitarios que no saben manejarse en la ciudad. Y secundarios que no pueden ir solos al kiosco. No reniegan de las ventajas del country, pero padecen sus consecuencias sociales. La socióloga Cecilia Arizaga explica el fenómeno.

 Por Mariana Carbajal

Tienen miedo de perderse en la red de subtes porteña. Hasta para ir a sacar una fotocopia o comprar un chicle dependen de sus padres porque indefectiblemente deben movilizarse en auto para llegar a un kiosco. No reniegan de los beneficios de vivir en contacto con la naturaleza, pero se sienten afectados por el “encapsulamiento” de las urbanizaciones cerradas. Así piensan y sienten los adolescentes que crecieron en los countries creados durante la década del ’90. La socióloga Cecilia Arizaga, docente e investigadora de la UBA, entrevistó a un grupo de ellos para conocer sus opiniones sobre la vida en los barrios cerrados. En esta entrevista con Página/12, Arizaga revela sus conclusiones. “Los universitarios perciben con mayor preocupación algo que ya vislumbran los secundarios: el country y sus redes no son autosustentables y necesitan de la ciudad”, señala la investigadora.
“Si en los adultos el country emerge como un nicho de certeza en un mundo de incertidumbres, en el joven universitario próximo a recibirse vivir en el country no parece ser garantía de éxito, si por esto se entiende acceso a la modernidad y posibilidades de ascenso social. Si en los adultos la figura de ‘burbuja’ se mezcla entre asociaciones positivas y negativas, en los adolescentes y jóvenes resulta un factor decididamente conflictivo”, sintetiza Arizaga. Su investigación, que llevó adelante con una beca del Conicet, fue su tesis para la Maestría de Ciencias Sociales de Flacso y próximamente será publicada en un libro. Para el trabajo, Arizaga realizó grupos de discusión con estudiantes secundarios y universitarios que viven en barrios cerrados al norte del conurbano bonaerense. También conversó con chicos de escuelas primarias.
–¿Los hijos piensan como sus padres de la vida en un country?
–Los hijos aparecen en el discurso de sus padres como los principales motores y herederos de la decisión tomada. Sin embargo, en los hijos se ven muchas tensiones en relación con ese discurso. Es muy interesante. No porque los chicos no acepten un montón de ventajas que ven en vivir en una organización cerrada, sino porque ven más claramente las tensiones a medida que ven que se acercan a cierto techo de cristal.
–¿Va cambiando la opinión de los chicos a medida que van creciendo?
–En los más chicos no hay mayores conflictos, están muy contentos con vivir en una urbanización cerrada y cuentan mucho sobre el kilómetro 50 (a la altura de Pilar, sobre la Panamericana), que vendría a ser esta nueva centralidad donde se concentra toda la gama de oferta de espectáculos, de cine, de shopping. Este lugar que, por otro lado, tiene una estética muy infantilizada, muy escenográfica, que va cambiando de acuerdo con la película del sello Disney del momento, es una visión muy de ensoñación. Para los chicos de nivel primario tiene un “gancho” muy importante. Hablan mucho sobre este lugar. En ellos no se ve un conflicto, una tensión. Para ellos, las visitas a la ciudad son puntuales, al médico, a la abuela, a los que quedaron en la ciudad y siempre van acompañados por un adulto. Los secundarios tienen como problema central la circulación. Si bien muchos de ellos ya saben manejar y hablan del auto constantemente, todavía por ser menores de edad no pueden conducir y dependen de los padres para salir de la urbanización cerrada.
–¿Se sienten encerrados?
–No lo dicen de esa manera, pero el problema de la circulación aparece constantemente. Y también aparecen constantemente los modos de resolverlo, las distintas estrategias que van probando para poder manejarse autónomamente. El problema principal es poder circular de manera autónoma.
–Me llamó la atención el comentario de uno de los adolescentes que menciona en la investigación, que dice que la noche anterior a la entrevista no había podido estudiar para un examen porque no pudo sacar unas fotocopias porque su mamá había llegado tarde a la casa y no podía ir solo.
–Constantemente a lo que hacen alusión los que están en el secundario es a ese tipo de cuestiones. Son chicos que obviamente están empezando a independizarse y que empiezan a ir solos al centro comercial cercano al country en el que viven.
–Un chico de 16 años en la ciudad ya se independizó.
–Claro, es un chico que no depende de un adulto para ir a sacar una fotocopia ni para ir a un centro comercial.
–¿Cree que los afecta depender de un adulto para cuestiones tan primarias como ir a un kiosco o dar una vuelta con amigos?
–Los universitarios dan cuenta de esa problemática. Llega un punto en que deben sí o sí ir a la ciudad a buscar trabajo porque están terminando ya la universidad y se ven faltos de competencias en dos sentidos: en primer lugar, a saber moverse en la ciudad, desde la cosa más básica como andar en subte, algo que uno, siendo urbano, la tiene incorporada desde chiquito. En algunos colegios secundarios ya se ha previsto esto y los chicos contaron que hacen visitas a la ciudad, primero con algunos profesores y después ellos solos, como una actividad curricular. Los chicos lo comentaban y les parecía positivo porque justamente sentían que algunos iban a empezar la universidad en Pilar pero otros en la ciudad y necesitaban aprender a moverse solos.
–¿Qué otra incompetencia sienten que tienen los universitarios?
–La otra tiene que ver con la falta de competencia para moverse en círculos sociales más amplios. Ellos lo notan. Es el grupo que personalmente más habla de que se siente afectado con el tema del encapsulamiento.
–Por el hecho de pertenecer a un ghetto...
–No hablaría de un ghetto, sí es un sistema de socialización de círculos muchísimo más estrechos de los que pueden darse en la ciudad. Obviamente eso repercute cuando después tienen que moverse en ambientes más diversificados. Más que la figura del ghetto usaría una figura que se usa mucho desde la geografía y describe un sistema de islas o de archipiélagos conectados entre sí y con los lugares de servicios y de esparcimiento, y con la ciudad.
–¿Qué aspectos de la vida-country destacan los universitarios?
–Hacen un juego de compensaciones. Ponen por un lado los pro que están asociados al discurso de la naturaleza, de la vida verde, del deporte, y de la tranquilidad, y también al discurso de la seguridad, pero en menor medida. No se sienten inseguros en la ciudad como sí les ocurre a los adultos. Pero sí ven como inseguro el trayecto de la autopista al regresar de la ciudad a la urbanización cerrada.
–¿Y qué aspectos señalan como negativos?
–Los universitarios, específicamente, mencionan la distancia con respecto a la ciudad. Hablan, también, del peligro a “achancharse” a raíz de la tranquilidad que significa vivir en una urbanización cerrada. Dicen que de cada uno depende no quedarse en esa tranquilidad. Piensan que si vivieran en la ciudad les resultaría más fácil presentar su CV para conseguir trabajo. Por la distancia y porque no están en contacto con los lugares donde podrían conseguir empleo, no lo hacen hasta que terminan la carrera universitaria. Para los secundarios, el problema es cómo ir al kilómetro 50, donde está la diversión. Me llamó la atención que los adolescentes se sienten discriminados respecto de “los otros”. Los otros son la clase media del pueblo de Pilar, que no es móvil ascendente, que la ven hasta quedada y dicen que no asume los progresos que se han dado en la zona. Dicen que ante los adolescentes de ahí prefieren no decir que son de urbanizaciones privadas porque está el prejuicio de que como son del country se creen más, son “más chetos”. Esta situación marca la percepción de nuevas desigualdades, esta idea que apareció con mucha fuerza en los ’90 de un quiebre dentro de los sectores medios, que tiene que ver con el acceso a ciertos bienes asociados a nuevas maneras del buen vivir.
–¿Cómo imaginan a la ciudad?
–Una madre me contaba que llevó un día a su hija a visitar a su papá a la oficina en la Capital Federal y cuando pasaron con la combi frente al Obelisco, la nena le dijo: “Mirá, lo que vemos por televisión”. Como si estuviera haciendo una excursión al Medio Oriente, como si fuera un paisaje exótico.
–En el balance, ¿elegirían el country como lo hicieron sus padres?
–Las posiciones están muy divididas. Muchos priorizan la vida en contacto con la naturaleza y ponen constantemente el “a pesar de”. Mientras que otros, realmente, piensan que los pros no terminan de compensar las contras que, sobre todo, están vinculadas al problema de la distancia. Ven como una amenaza de la cual tienen que están atentos por sus consecuencias el hecho de vivir en una burbuja. La ven como un aspecto negativo en mayor medida que sus padres.
–¿Qué diferencias hay entre la opinión de los padres y los hijos con respecto a vivir en una urbanización cerrada?
–La mayor diferencia que observé es que en los chicos hay un mayor cuestionamiento a medida que van creciendo. Este cuestionamiento no significa que se quieran ir de la urbanización cerrada o que ninguno de ellos cuando tengan su familia elija vivir allí. Pero hay mayores tensiones con respecto al discurso idealizado. Se apartan más del discurso que los medios y las publicidades de las urbanizaciones cerradas traen sobre la vida natural y al aire libre. Lo que aparece es una mirada más cuestionadora. Probablemente porque sienten en carne propia, a medida que van creciendo, esta necesidad de abrirse al mundo que está en cualquier adolescente, pero en un contexto como éste se vuelve más fuerte y cobra otras dimensiones. Esa sería la mayor sorpresa que me he llevado.
–¿Cómo vislumbra el fenómeno de la vida country a futuro?
–Este proceso de suburbanizaciones de sectores medios urbanos con distintos tipo de modalidades de encerramiento no es privativo de la Argentina ni de Buenos Aires: es un fenómeno a escala mundial, de las grandes ciudades. Viéndolo en este contexto, se puede pensar como una tendencia que tal vez no tenga el crecimiento que tuvo en los ’90, pero que seguirá su curso. Pero también hay que tener en cuenta las particularidades de la sociedad porteña, para la que la ciudad cumple todavía un rol estratégico. Las clases medias han tenido un vínculo muy identitario con el centro. El despegue de la Capital es problemático por una cuestión práctica, porque los empleos siguen estando en Buenos Aires, a pesar de que a mediados de los ’90 parecía que se iban a trasladar todas las oficinas a los suburbios. Y también es problemático por las condiciones de circulación: si bien hay autopistas y se ha modernizado más esa red reticular de circulación, todavía los trayectos entre la ciudad de Buenos Aires y los suburbios son extensos. Los inversionistas comentan que las ventas en las urbanizaciones cerradas con acceso más cercano a una autopista se están recuperando, pero aquellos lugares con un acceso más alejado a las autopistas tienen más dificultades, por un lado, por el aumento de la percepción de inseguridad y, por otro, la distancia se vuelve aún más complicada.
–¿En qué se diferencian dos jóvenes que están por egresar de la universidad, uno que creció en la ciudad y otro en un country?
–A los del country les falta fundamentalmente autonomía de movimiento y percepción de autonomía. A pesar de que cuentan cómo circulan, se sienten sedentarios y en el único momento en que se sienten móviles es cuando vienen los fines de semana a la ciudad: dicen que caminan, reconstruyen la figura del peatón que está totalmente anulada donde viven justamente por esa lógica de redes.

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Cecilia Arizaga, docente e investigadora de la UBA, indagó en la vida de los barrios cerrados.
 
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