SOCIEDAD › UN EQUIPO DE FUTBOL INTEGRADO POR PROSTITUTAS ESCANDALIZA
A GUATEMALA. Y TIENE INVITACION PARA VENIR A LA ARGENTINA

La mejor delantera

Son once mujeres entrenadas por un gay. Se anotaron en un torneo sin decir quiénes eran. Salieron a jugar contra un colegio de la alta sociedad y en el entretiempo se dieron a conocer. El estupor en el estadio derivó en un escándalo nacional. Ellas denuncian así los atropellos que sufren. Hay un documental en marcha sobre el caso. La presidenta de Ammar anunció que las traerá al país.

 Por Alejandra Dandan

La Línea es una frontera del casco histórico guatemalteco, una extensión de tres cuadras con casas ocupadas por mujeres que alquilan sus cuerpos al costado de una vieja vía de trenes de carga. Doscientas de las mujeres más pobres de la región rotan durante el día frente a las puertas donde las aguardan colas de clientes. Hasta hace poco más de dos meses, las mujeres de La Línea eran parte del universo silencioso, un ghetto escondido detrás del mismo tipo de violencia que convirtió a Guatemala en campo de exploración de observadores internacionales que llegan detrás de sus tremendos índices de homicidio, violencia e impunidad legal y judicial. En medio de los crímenes crecientes, once mujeres de La Línea decidieron sacar sus historias fuera del ghetto: se inscribieron en un torneo de papi fútbol nacional del que terminaron echadas por su condición de “prostitutas”. La expulsión de las “Estrellas” generó una polémica que enfrentó a ricos contra pobres. Ellas cuentan en esta nota sus historias, y la del documental que las llevó hasta enfrentar ese partido. La Red Latinoamericana de Trabajadoras Sexuales, que preside la argentina Elena Reynaga, ya decidió traerlas al país.
Las Estrellas son un equipo de doce: once trabajadoras sexuales y un gay, encargado del entrenamiento técnico de las muchachas. Valeria Portillo juega de delantera, lleva pantalones negros, una camiseta colorada con el número 13, una media negra y otra roja extendida hasta las rodillas cada vez que sale a la cancha. No es de Guatemala, sino de El Salvador, el país de donde provienen varias de sus compañeras de equipo, entre las que hay nicaragüenses y guatemaltecas. Como buena parte de Las Estrellas, nunca había pensado dedicarse al fútbol, un deporte al que ahora se aferra cuando se siente en problemas, así como lo hizo con otras cosas durante toda su vida.
Llegó a Guatemala con el peso de un marido muerto, dos hijos que ahora tienen 13 y 7 años y una familia dispuesta a amedrentarla para dejarla sin ellos. “Una vez tomé pastillas para matar ratas”, dejó escrito en un pequeño álbum de biografías preparado por las integrantes del equipo. Después del intento de suicidio “me vine a Guatemala, a Chiquimula, con una amiga –cuenta–. Ahí trabajé en un bar y conocí a un narco. Quería que me casara con él, pero yo le tenía miedo, estaba con él pero no lo quería, sólo estaba con él por miedo. Por eso me vine para la capital, huyéndole. Trabajé en un bar, pero ahí la trataban mal a una, mucha presión y poco dinero, todo a la caja. Ahí conocí a una amiga y con ella nos vinimos a La Línea”.
Valeria ahora está engripada, con el teléfono celular abierto y una llamada que la conecta desde La Línea con la redacción de Página/12 en Buenos Aires. Frente a su casa pasa el tren carguero, sobre la vía que separa al barrio de la ciudad capital de Guatemala. Su casa y las paradas de sus compañeras cubren tres cuadras, desde la séptima calle hasta la número diez. Las puertas siempre están abiertas, los espacios internos son pequeños, apenas suficientes para una cama y una mesa. Las mujeres esperan afuera de las casas o se quedan sentadas en las cabeceras frente al paso de los clientes. Valeria llegó después de muchas lágrimas. La amiga la invitó a trabajar de bailarina en un club de copas que no existía. Y se quedó en La Línea: “Nos ponemos en las camas vestidas como para provocar a los hombres –explica– y el precio que les cobramos es de 20 quetzales para arriba, como unos tres dólares”.
Las mujeres cobran allí el precio más bajo del mercado. El barrio no se parece a las favelas brasileñas ni a las grandes villas miseria del conurbano bonaerense. Andrés Zepeda es periodista, llegó ahí hace un año acompañando a quien hacía un ensayo de fotografía: “La Línea siempre fue un ghetto de apestados –explica–: todo el mundo la conoce, pero existen barreras más mentales que reales para meterse allí. Sí es una zona pobre, pero está casi absorbida por la ciudad capital, no es una zona marginal, esto de lo marginal es un estigma”.
Sus mujeres aprendieron a arreglárselas con lo marginal y con los estigmas tanto como con la vida: “Fíjese que aquí –dice Valeria– entran clientes que uno no piensa que son ladrones ni nada, entran y le quitan todo lo que uno ha trabajado”. Entre los mecanismos de supervivencia desistieron de la policía porque, dice, “ellos no nos hacen caso por el hecho de que somos prostitutas”. Para protegerse se aliaron a los “cholos”, la pandilla conocida como “La mara Salvatrucha”. Los rufianes de La Línea les dan protección a las más viejas a cambio de nada y protegen a las más nuevas por unas monedas.
“Una vez que me ocupé con un hombre”, contó Valeria en su historia de vida para el documental. “Estábamos a medio polvo cuando el tipo se quita el preservativo. Yo le dije que así, no; entonces él me amenazó. Llamé al Vago por el celular (el de la pandilla de protectores), porque tengo listo mi teléfono para sólo apachar el 1 y que marque su número. En menos de dos minutos el Vago ya estaba aquí. Se pegaron, y hasta los dientes le botó al tipo. Pero el desgraciado ya me había pegado.”
La violencia contra las mujeres guatemaltecas durante 35 años de guerra insurgente fue un método planificado y ejecutado por el ejército como forma de disciplinamiento. Sin embargo, en los dos últimos años ha tomado dimensiones aterradoras. Sandra Zayas es una investigadora criminal local. Según sus datos, desde 2001 más de 700 mujeres y adolescentes fueron víctimas de ataques sin ningún motivo. En 2004 hubo 400 crímenes, los especialistas cuentan cuatro cada semana. Las mujeres son secuestradas, torturadas, violadas, muertas a puñaladas y sus cuerpos quedan en cualquier lugar.
Hace unos cuantos meses, Andrés Zepeda les propuso a las mujeres de La Línea echar a andar un documental para registrar sus historias. Comenzaron a rodarlo. En el camino se les ocurrió algo más. “Como somos prostitutas y no teníamos medios –explica nuevamente Valeria–, no sabíamos cómo hacer para llegarle a la gente: en vez de andarle con huelgas y con insultos pensamos armar un equipo de fútbol: así podíamos acercarnos y explicarles que en la prostitución habemos mujeres educadas, y que no somos lo que la gente piensa.” Para la prensa, fue una provocación pública para ganar impacto y rating. Para las mujeres, en cambio, era la forma de buscar un recurso de protesta distinto. Un equipo de fútbol, y un partido que no se conformaba con los límites de la cancha de juego.

El partido

Hasta septiembre, nadie las conocía. La vida pública de Las Estrellas aún no había empezado. El documental se rodaba sin exposición. Las tomas se hacían puerta a puerta, en el barrio y en las casas de las mujeres del tren. Para ese entonces, la Liga Nacional de Papi Fútbol Femenino de la Asociación Futeca abrió las inscripciones para el campeonato anual. “Se inscribieron intencionalmente –explica Zepeda–. Queríamos ese campeonato porque Futeca representa para Guatemala algo así como la otra parte del país, la alta sociedad, la parte conservadora.”
La convocatoria era abierta, o al menos lo parecía. Futeca no exigía un límite de edad, no les pedía requisitos físicos ni información extra sobre oficios, profesión o antecedentes. “Nos pusimos de acuerdo y pagamos la inscripción –relata el documentalista–. Dimos sólo los nombres y los apellidos de Las Estrellas y las anotamos.” La inscripción entró, nadie la rechazó y Futeca convocó a Las Estrellas de La Línea para su primer (y último) partido.
Salieron a la cancha el 18 de septiembre pasado. Ellas eran gorditas, con edades variadas, muchas avanzadas. Sus oponentes, todo lo contrario. Las chicas de Ice Devils eran parte del equipo de estudiantes de un exclusivo colegio guatemalteco, jóvenes, bellas y ricas.
El primer tiempo pasó sin novedades. Las Estrellas transpiraron, corrieron y hasta sufrieron una lesión, pero todo cambió después del entretiempo. En el descanso, toda la cancha supo quiénes estaban jugando: Las Estrellas distribuyeron sus volantes de identidad en las coquetas tribunas del Futeca. Los espectadores fueron reaccionando a medida que leían uno a uno los puntos volcánicos de la declaración: “Somos un grupo de prostitutas que trabajan en el sector conocido como La Línea –habían escrito–. Decidimos formar un equipo de fútbol con la intención de llamar la atención de la sociedad guatemalteca para luchar por el respeto y la dignidad que merece cualquier ser humano”.
Cuando el partido se reanudó, los ánimos habían cambiado. “Nosotras pagamos la inscripción y todo, pero al darse cuenta los señores de Futeca de que éramos un grupo de prostitutas, nos corrieron –dice Valeria–: poco les faltó para corrernos a patadas, pero a empujones nos sacaron de la instalación, diciéndonos que ellos se reservaban el derecho de admisión.”
A decir verdad, Futeca las echó, aunque antes Las Estrellas pudieron terminar su partido. Y salieron de la cancha con una orgullosa derrota de 5 a 3. Inmediatamente, los padres de las Ice Devils presentaron un reclamo formal ante los organizadores. “Imagínese –explica Valeria– que por lo de mi compañera, la que se resbaló y se cayó de rodillas, la gente del otro equipo pedía a los gritos que cambiaran la alfombra porque ahí había quedado sida y eso porque son unas niñas burguesas, gente con dinero. En el primer tiempo jugaron normal, pero después decían que no querían jugar con nosotras porque con el sudor les íbamos a trasmitir el sida. A pesar de que son estudiadas decían así. Yo creo que por gusto son estudiadas.”
Los medios locales se hicieron eco de las protestas de los unos y de los otros. Hubo agencias internacionales que a partir de entonces comenzaron a seguir paso a paso los encuentros deportivos de Las Estrellas. Después de la expulsión de Futeca, las jugadoras organizaron partidos con periodistas, con trabajadoras sexuales de otras regiones del país y hasta con policías. Ya viajaron al Caribe, a un poblado llamado Livingston, y a Amatitlán, para jugar un partido contra el Oasis, uno de los clubes nocturnos de la región. Esa vez perdieron 3 a 1, le decía Beatriz a una de las agencias de noticias. “Fíjese que al darse cuenta de que nosotras hicimos nuestro equipo, ellas han agarrado valor –contó–. Entre todas nos apoyamos y vimos que con Futeca o sin Futeca nosotras ahí vamos a seguir en la lucha y con el equipo de fútbol. Y hasta ahorita les hemos demostrado que sí tenemos ganas y podemos seguir adelante.”

La continuación

“Logramos darles cobertura a los partidos –explica Zepeda–. Pero la prensa nacional desde el primer partido transmitió el asunto como un debate o una guerra entre ricos y pobres. No entendieron el fondo de la cosa, el de los derechos de las mujeres que estaban en Futeca no en calidad de prostitutas sino de deportistas.”
Dos productores españoles que trabajaron en el rodaje del documental acaban de abandonar Guatemala. El material entró ahora en la etapa de posproducción. Y la ausencia de las cámaras no disolverá el equipo de La Línea, ni a sus estrellas. “Esto a nosotros nos ha servido ahorita como una terapia –explica Valeria–, porque estar metidas en La Línea, todo el tiempo como que le pone a uno con los nervios de punta, uno anda como agresivo. Y esto nos ha servido como terapia.” Y les ha servido “para unirnos”, dice después.

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