SOCIEDAD › BUSCAN EL VIRUS QUE CAUSO LA EPIDEMIA DE 1918

El eslabón perdido de la gripe

Parece el comienzo de una película de ciencia ficción: científicos británicos procuran desenterrar el cadáver de una joven que murió en la epidemia de gripe de 1918, a fin de obtener muestras del virus de aquella variedad letal –que mató a 50 millones de personas– y perfeccionar las actuales vacunas. El proyecto, sin embargo, conlleva el riesgo de que el virus recuperado se disemine para provocar una nueva catástrofe.
El 30 de octubre de 1918, a los 20 años, Phyllis Burn, como su madre y sus dos hermanas menores, falleció en el curso de la terrible epidemia de influenza que cobró 50 millones de víctimas en todo el mundo y cuya rara particularidad era atacar a personas jóvenes con más facilidad que en los mayores. El cuerpo de la joven fue depositado en la bóveda familiar, en un ataúd revestido en plomo. El exterior del féretro, como las paredes de la bóveda en el cementerio de Twickenham, al sudoeste de Londres, se mantienen todavía en buen estado, y un equipo del Hospital Saint Bartholomew, de esa ciudad, dirigido por el virólogo John Oxford, se propone exhumarlo para obtener muestras del virus.
Los intentos de recuperar virus de aquella epidemia terrible datan de hace varios años. Hace cuatro, un equipo de investigadores desenterró cuerpos que habían permanecido congelados en Spitzbergen, al norte de Noruega, pero sólo pudieron reconstruir una parte del mapa genético del virus.
El virus de la gripe está en permanente mutación: cada año es necesario preparar nuevas vacunas, lo cual demora unos seis meses. La mutación más letal de la historia fue la que generó la pandemia de 1918, y los científicos estiman que la aparición de otra variedad parecida es sólo cuestión de tiempo. Obtener el mapa genético completo ofrecería la esperanza de prediseñar una vacuna apropiada.
De entre miles de sepulturas de aquella epidemia, se encontraron diez con ataúdes sellados, y la de Phyllis fue elegida como la que ofrece mejores posibilidades.
En la película de ciencia ficción, el virus mortal escaparía para generar una nueva epidemia cuya letalidad se multiplicaría gracias a los actuales medios de transporte. En la realidad, intentarán evitar este riesgo envolviendo herméticamente el ataúd y transportándolo al Instituto Nacional de Investigación Médica, en el norte de Londres. La última gran epidemia fue en 1968, mató a 2 millones de personas.

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