SOCIEDAD › TORNEO DE FUTBOL CALLEJERO EN LA 9 DE JULIO

Fulbito en el gran potrero

Nueve equipos sudamericanos y uno invitado alemán participaron en el Sudamericano de Fútbol Callejero. Ganó Paraguay y clasificó para la final mundial en Alemania. Partidos mixtos y puntos solidarios.

Los jóvenes que tarde a tarde se reúnen a levantar el polvo en los escasos potreros que aún sobreviven en el Gran Buenos Aires encontraron ayer un lugar de encuentro diferente para armar sus partidos: la avenida 9 de Julio. La arteria más transitada de la Ciudad se transformó por algunas horas en la cancha más ancha del mundo y en la sede de la etapa final del Primer Encuentro Sudamericano de Fútbol Callejero. Participaron chicos de Bolivia, Chile, Brasil, Paraguay, Perú, del conurbano bonaerense y de las provincias de Santa Cruz, Jujuy y Río Negro, además de un equipo alemán, obviamente por invitación. Por las particularidades de este deporte, son los mismos jugadores los que establecen las reglas con las que se juega. También son ellos los que al terminar cada partido se atribuyen puntos en función de si las cumplieron o no, restándole importancia a la cuestión de quién hace más goles.
La 9 de Julio reemplazó su habitual trajín de autos por el movimiento de chicos y chicas que corrían en las dos canchas en las que se desarrolló el torneo. Con el Obelisco y los altos edificios de fondo, no les importó demasiado que el termómetro del Banco Ciudad se hubiera clavado en los 34º. Y sí, chicas y chicos, porque en el fútbol callejero los equipos son mixtos y, en una especie de ley de cupos, los goles de las damas valen doble. Tampoco la calurosa jornada amedrentó a los espectadores, que al costado de las canchas y sentados en algunas gradas contribuyeron a hacer del asfalto un verdadero estadio.
Y hay más sobre las poco comunes reglas de este deporte: cada gol no vale uno, sino diez puntos. Los partidos estuvieron divididos en tres etapas. En la primera, se podía ver a los chicos de ambos equipos abrazados en una ronda en el centro de la cancha acordando cómo iba a ser el reglamento para el juego. Por lo general, concordaban en sacar los laterales con el pie y en que no estuviera permitido barrer al contrario. De todos modos, durante el partido no había árbitro y eran los chicos los que se encargaban de parar el juego ante una infracción –que fueron muy pocas– o analizar las jugadas dudosas.
La segunda fase fue la puramente deportiva. En ese momento, el talento y la destreza con la pelota sumados al juego en equipo se mostraron en la cancha. Después, en la tercera parte, los jugadores volvían a reunirse en una nueva “etapa de reflexión” en la que evaluaban si se habían cumplido las reglas que ellos mismos habían establecido. Por el cumplimiento del reglamento y el juego solidario se otorgaban puntos extra que se sumaban a los que obtenían por goles.
Y esos debates pueden ser largos. Como en el de la semifinal que enfrentó a Perú y a Brasil, y terminó empatada en goles. Después de largos minutos de intercambio de opiniones, que amenazaron con desarmar el estricto cronograma de la organización, fueron los peruanos los que pasaron a la final. Los brasileños con los colores xeneizes tuvieron que conformarse con la posibilidad del tercer puesto.
“Pudimos cumplir con una especie de sueño que es jugar en la 9 de Julio”, contó Martín, de 18, uno de los chicos de Moreno que perdió por goles y por puntos frente a los representantes de Paraguay, campeones del torneo. “Bueno, por lo menos la pasamos bien y vamos a salir en el diario”, se alegraba con la remera en una mano y una botella de agua en la otra para tratar de esquivar el calor.
Un poco más alejado de las dos canchas que fueron escenario del torneo, la cercanía con el potrero era más fuerte. Chicos que habían llegado junto a las organizaciones juveniles que participaron del Encuentro habían hecho sus propios campos de juego con improvisados arcos en los que las remeras cumplían el papel de los postes. En esos partidos la falta de organización los excluía del uso de camisetas, que los jugadores optaron por vestir en las cabezas para protegerse del sol.
El ritmo de los pases, las gambetas y algún caño, fue acompañado por los compases de la banda Culebrón Timbal, que subida a un camión se encargó de poner la cortina musical a la tarde de fútbol. Ya sobre el cierre deltorneo, se escuchó la percusión de La Chilinga, dando lugar a un baile en los últimos minutos de la avenida secuestrada al tránsito de los automóviles.
El fútbol callejero sirve para “recuperar espacios populares que se han ido perdiendo y devolverles participación a los chicos”, explicó Fabián Ferraro, director de la Fundación Defensores del Chaco, organizadora del Encuentro.
La idea central de jugar “con el otro” y no “contra el otro” quedó reflejada en el cierre de la jornada con la entrega de premios. Todos los chicos subieron al escenario a recibir un trofeo, porque, según los organizadores, “la competencia es sólo una excusa para hacer un encuentro en el que todos ganamos”.

Informe: Lucas Livchits.

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