SOCIEDAD › OPINION

Unión civil y naturaleza humana

Por Silvia Bleichmar

Si la vida humana se rigiera por la naturaleza todo sería más simple. Y en razón de que no habría angustia de muerte –porque la naturaleza se limita a persistir en tanto las condiciones que lo posibilitan se sostienen– , no sería necesaria la medicina, ya que la biología definiría quién vive y cómo, quién muere y cuándo. Nadie se preocuparía, entonces, por el futuro, ni por educar a las generaciones venideras, ni generarles condiciones en el mañana, ya que la información genéticamente transmitida se repetiría de modo igual mientras sobreviviera la especie. Y, por supuesto, como no habría otra sexualidad que la reproductiva, a nadie se le ocurriría tener que consolidar legalmente un matrimonio para hacerse cargo de la cría; y la finalidad puramente reproductiva de las relaciones entre los sexos haría que el vínculo persistiera sólo mientras durara el engendramiento y eventualmente, en caso de que estuviera esto dispuesto en el ADN, durante la crianza de la cría, hasta que pudiera valerse por sí misma, es decir, hasta que culminara el período de maduración que posibilitara la supervivencia. Y, por supuesto, nadie renunciaría a esta sexualidad por voto alguno, ni por amor a Dios, aun cuando el celibato lo impusiera.
Pero los seres humanos, partiendo de una estructura biológica de naturaleza, han trastrocado totalmente las leyes de la misma. Y en virtud de ello habitan una cultura que los preserva, y al mismo tiempo los regula, mediante leyes que no son naturales ya que, a diferencia de estas últimas, se modifican constantemente, porque el ritmo de cambio de las sociedades, de las mentalidades, de las representaciones, no tiene nada de la inmutabilidad de la rotación de la Tierra, y mucho menos de los modos de intercambio sexual de las especies naturales.
Porque esta paradoja extraordinaria, el hecho de que la llamada “naturaleza humana” no se produzca sino en corte con la naturaleza biológicamente dispuesta, hace que la sexualidad humana sea tan poco natural como para propiciar que los seres humanos se amen más allá de su determinación biológica, que se entremezclen y entrecrucen por el solo placer de estar juntos, de generar proyectos compartidos, de unirse para preservar no sólo a la cría que pueden engendrar sino a los múltiples hijos simbólicos a los cuales dan vida cotidianamente, cuando curan a seres cuyos nombres desconocen, alimentan a niños ajenos...
Y más allá de la biología lo sorprendente es que los seres humanos –más allá de la diferencia anatómica, más allá de toda determinación natural, más allá de la hetero o de la homosexualidad como formas que no abarcan todos los modos del amor pero que dan cuenta de un abanico posible en sus múltiples variables– desean proteger al semejante amado aún después de la propia muerte, quieran conservar la fidelidad mediante un acuerdo absolutamente antinatural que llegue a sostenerse aun cuando la sexualidad decaiga, buscan un modo de compartir lo que van obteniendo para que tenga una función que no se agote en el usufructo egoísta. Y luchen más allá, por ser reconocidos y lograr la sanción legal que garantice los derechos de quienes aman, también más allá de los prejuicios con los que la ideología más burda acerca de la “naturaleza humana” pretende sostener desigualdades y discriminaciones, que en realidad no tienen nada que ver con el reino natural.
* Psicoanalista.

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