SOCIEDAD

“Somos un Santiago chiquito”

En Nueva Pompeya, la mayor parte de la población es wichi, etnia que en todo el Chaco ronda las 8 mil personas. Algunos viven en el pueblo, la mayoría en y del bosque. También hacen artesanías, changas varias, siempre trabajos manuales, sobre todo construcción y todo tipo de trabajo de campo. Todos saben que el único empleo estable es el municipal y también todos saben que cualquier crítica al patrón es el prólogo para la desocupación. Pablo asegura que lo mismo sucede con los planes sociales, desde el Jefas y Jefes de Hogar hasta los alimentarios. Pero anticipa que no son las únicas formas de control.
El agua de toda la región está vedada al consumo humano por el alto contenido de arsénico y sulfatos, elección de la naturaleza o mandato divino, según la creencia. Camiones cisternas de la Municipalidad recorren las calles y proveen de agua a casi todos: para los disidentes no hay servicio. Entonces, los que levantan la voz deben recurrir al agua mineral de los almacenes, pero en un paisaje de pobreza absoluta es un lujo imposible de alcanzar. Para burlar la dependencia, muchos intentan aprovechar el agua de lluvia, pero aunque los rezos sean diarios la respuesta divina sólo llega cada tres meses y en escasa cantidad.
“Cuando logramos que llegue electo algún concejal opositor, no tardan en comprarlo con plata o alejarlo con amenazas de muerte”, lamenta Marisa Pizzi, que no es concejal, pero sí opositora y por eso tiene una colección de amenazas.
La Marisa, como todos la conocen, es una porteña de nacimiento, norteña por elección desde que –con el título de ingeniera agrónoma recién estrenado– se largó a trabajar con comunidades aborígenes, primero de Bolivia y desde hace cinco años en Nueva Pompeya. Es una mujer joven, delgada y de cabello castaño. Habla suave, mira siempre a los ojos. Expone sus pensamientos en voz baja, con humildad y simpleza, pero con una tenacidad que parece la clave para ser inmune al miedo. “Me la tienen jurada, hay lugares donde no puedo pasar, tengo que dar toda una vuelta más larga, porque ya me avisaron que si me ven, me matan”, cuenta con naturalidad Marisa y, con sólo hablar, se explica por qué tiene enemigos: “No me voy a callar, los denuncio por corruptos, les grito, me llego a sus reuniones y les boicoteo sus cosas. Yo no dependo de ellos para vivir. No me quieren y yo tampoco los quiero a ellos, pero bueno... acá seguimos... no me voy a ir, no se las voy hacer fácil”.
A Marisa le juegan en contra otros ingredientes: vive en una sociedad con el patriarcado blanco llevado a extremos, donde todas las reglas parecen escribirlas los hombres y tener que obedecerlas las mujeres. Sin pensarlo, en eso también es una rebelde. La amenazan, y mucho, pero Marisa promete no callarse: “¿Y qué me van hacer? ¡Más que matarme!”, dice con franqueza mientras da otra sorbida al mate que la acompaña a todos lados.
Nueva Pompeya es tan pequeña que todo se sabe. Y aún más lo sabe El Tigre González, el intendente radical, que –según los wichis afirman, aunque siempre en voz baja– es una especie de señor feudal del lugar.
Empieza a oscurecer e insectos varios parecen reír del repelente inservible. Sapos, ranas y otros bichos saltarines inundan el pueblo. Al ver un grupo de personas en ronda, siguen acercándose hombres. Muchos sólo escuchan, pero ninguno es indiferente. Advierten que el intendente y el comisario ya saben a esa altura que los visitantes llevan horas con el censo de injusticias. A los cinco minutos, llega otro wichi y confirma la sospecha: “El comisario convocó rápido a reunión de seguridad. Dice que es muy importante, que tenemos que ir todos. Es en quince minutos”, informa Martín con mezcla de bronca y temor. Se produce un incómodo segundo de silencio, pero Julio rompe la mudez y denuncia sin dudar: “Es otro apriete”.
Aún quedan unos minutos y los wichis no piensan desaprovecharlo. Explican que en las votaciones el radicalismo siempre es imbatible. José delata la clave del éxito:
–Pagan 50 pesos, pero si negocia bien le pueden dar hasta 150. –La democracia tiene sus pequeñitas fallas –ironiza David y compara–. Es como Santiago del Estero, pero en chiquito.
Francisco resume: “Somos Santiaguito”.
En las últimas elecciones, la radio del Obispado –por donde pasan algunas voces de denuncia– repetía que dentro del cuarto oscuro se podía optar por cualquier candidato. Por la insolencia, a la radio llegó una amenaza. Luego llegó otra y, como la radio no se calló, la amenaza se materializó: incendiaron la escuela bilingüe e intercultural –la única de toda la región– creada por la Congregación de Hermanos Maristas.
Las elecciones las ganó el radicalismo.

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