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Domingo, 13 de agosto de 2006

EL BAúL DE MANUEL

 Por Manuel Fernández López

Pero el oro es más fuerte

Las Invasiones Inglesas fueron uno de los caminos que desembocaron en el 25 de Mayo. Pero es incompleto verlas sin considerar a Inglaterra y Francia o, si se prefiere, la Revolución Industrial y Napoleón. La máquina dejó atrás la herramienta manual y multiplicó la capacidad de producción. Pero ¿a quién venderla? El primer gran mercado inglés fue el continente europeo. Al ocupar Francia ese mismo espacio, su interés colisionó con el británico. Pero las fuerzas de Napoleón eran terrestres y, aunque ganas no le faltaron, no pudo llegar a las islas. Optó por una vía indirecta –la misma que hoy usa EE.UU. hacia Cuba–: embargó el comercio de exportación e importación anglo-europeo. Sin tardar, los británicos dirigieron su mirada a América: la derrota de Trafalgar había debilitado el poder naval de los dueños de América, y en el mar Napoleón no representaba un obstáculo. La coyuntura hacía factible el plan de Popham y Castlereagh, ideado tiempo atrás, de entrar en América del Sur por un punto vulnerable: Buenos Aires. Con la mitad de los hombres previstos en aquel plan de 1803, en sólo dos días izaron la U.J. en el fuerte porteño, notificaron a los habitantes que comenzaba una “era de tráfico mercantil sin trabas” y a los comerciantes de Londres, que un nuevo mercado se había abierto. Se lo echó, pero a los pocos meses estaban de vuelta en Montevideo, con otro jefe y cinco veces más soldados. Allí, dice Tjarks, en “menos de cinco meses, más de un centenar de naves mercantes inglesas desembarcaron mercaderías por un valor superior al millón y medio de libras esterlinas, que encontraron rápida colocación en el mercado local”. Luego probaron por segunda vez con Buenos Aires, y les fue mal. Pero no tanto, pues la segunda derrota le dio al ministro Castlereagh la idea de una estrategia alternativa, que Inglaterra aplicaría por más de un siglo: en lugar de invadir territorios y hacerlos colonias, acercarse pacíficamente, convertirlos en clientes, apoyar sus planes de independencia. Luego vendría la política de empréstitos y construcciones ferroviarias, que darían al imperio un control sobre el país más eficaz que si tuvieran la efectiva propiedad del mismo. Las invasiones enfrentaron al mercader local “con la competencia, con la contratación directa y el juego de precios, modalidades y técnicas nuevas y distintas a las usuales en la América española” (Tjarks).

1756: nace una estrella

Hasta 1945 la Economía fue una disciplina mayormente inglesa. Al concluir la guerra mundial, centenares de brillantes economistas europeos confluyeron en los Estados Unidos y la “ciencia lúgubre” comenzó a ser una disciplina mayormente norteamericana. Pero antes del siglo XX la paternidad estaba compartida entre Inglaterra, Francia y acaso también Italia. Los partidarios de la primera unánimemente votaban por Adam Smith; los de la segunda, por Quesnay y la fisiocracia. Mientras los primeros atribuían a Smith haber puesto en orden las cosas, separando la paja del trigo, es decir, codificando la ciencia, sin demasiados créditos de originalidad, los segundos atribuyeron a Quesnay los atributos de un genio. Entre éstos estaban personajes tan disímiles como Mirabeau y Marx. Mirabeau comparó el “Cuadro Económico” de Quesnay con dos grandes inventos de la humanidad, la rueda y la escritura. Marx admiró en el cuadro de Quesnay el abarcar tanto con muy pocos elementos. Leontief declaró que el antecedente directo de su Tabla de insumo-producto era el cuadro del médico de Luis XV. El Cuadro Económico se imprimió en el Palacio de Versalles a fines de 1758, por lo que ésa sería la fecha convencional del comienzo de la fisiocracia. Su autor, sin embargo, cirujano y médico, que vivió largamente (1694-1774), dedicó sus mejores años a escribir sólo sobre cirugía y medicina. Recién a la edad en que hoy nos jubilamos, entró en el campo económico, con un artículo titulado “Fermiers”, que en 1756 publicó la Enciclopedia de D’Alembert y Diderot. En ese año Quesnay “nace”, por así decirlo, como economista. En ese artículo no hallamos aún las categorías que caracterizaron a la fisiocracia, como producto neto, clase productiva y estéril, impuestos directos e indirectos, avances primitivos, anuales y fundiarios, etc. Sí se nota, en cambio, un constante ir y venir del análisis de la ciudad al campo y viceversa, como era característico de Richard Cantillon, cuya obra (Naturaleza del comercio en general) se había publicado apenas un año antes, y en la que Quesnay parece haber abrevado más de una idea. También se destaca su énfasis en la libertad, como precondición de las buenas cosechas; el interés personal como móvil de las acciones humanas y la eficacia de la libertad de vender productos agrícolas al extranjero, como instrumento para reanimar a la agricultura.

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