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Domingo, 15 de diciembre de 2002

EL BAUL DE MANUEL

Baúl I y II

 Por Manuel Fernández López

CONEJOS
Alfred Marshall, el economista inglés que codificó la Microeconomía, no obstante haber recibido una formación universitaria como matemático, no propiciaba encarar los problemas económicos mediante analogías con la Física. Juzgaba más apropiadas las analogías entre la Economía y la Biología. Considerar cosas inertes –como en la Física– que se desplazan de un lado a otro puede ser válido en la Contabilidad, que registra hechos del pasado, y donde lo que está en un lado no puede estar en otro a la vez. Los fenómenos contables se acumulan, sumándose; crecen por yuxtaposición. En cambio los fenómenos económicos se multiplican entre sí; crecen por intususcepción, como los seres vivos, a través de los elementos que asimilan interiormente. Por ejemplo, si el Estado devuelve $26 quitados a un jubilado que cobraba $200, esa víctima del Estado acaso ya no deba elegir entre comer y comprar remedios, sino que pueda hacer un poco de ambas cosas. Tanto el verdulero como el farmacéutico venderán un poco más, y cada cual por su lado pedirá más a sus proveedores mayoristas; éstos a su vez, si ven incrementarse sus ventas visiblemente, expandirán su demanda de trabajo e insumos. Y así sucesivamente. Los jubilados gastarían todo su incremento de ingresos, porque los mismos son muy bajos. La población en conjunto, no. Digamos que de cada 100 pesos adicionales se gasten 80 y se ahorren 20: el primer gasto genera 80 pesos de ingresos a otros; de esos 80, se gastarán 64, que a su vez generarán un ingreso de 64 y un consumo de 51,2. Y así siguiendo. No se trata, pues, de 100 pesos que van de un lado a otro, sino de una cadena de gastos, por un total de 80 + 64 + 51,2 + etc. O escrito de otro modo: 80 + (0,8)80 + (0,8)(0,8)80 + etc. Nos dice la Matemática que se trata de una progresión geométrica de “razón” (o factor multiplicativo) r = 0,8. Si son infinitos términos, como cada sumando sucesivo es menor (debido a que r < 1), se alcanzaría un total dado por la fórmula 100.[1/(1 - r)] = 100.1/(1 - 0,8) = 100.5 = 500. En lugar de los 100 iniciales, la interacción entre agentes económicos produce una expansión de ingresos y gastos de 500, ¡5 veces más! Se llamó “multiplicador” a este proceso. Un conejo más una coneja no da dos conejos, sino varios más. En símbolos la fórmula del multiplicador es m = 1/a, donde m = multiplicador, a = “propensión a ahorrar” o proporción de ingresos nuevos no gastados en consumo.

FILTRACIONES
La literatura sobre el “multiplicador” aumentó después de publicarse la Teoría General (1936) de Keynes, pero hay precedentes en autores alemanes y hasta el mismo A. C. Pigou –contra quien Keynes apuntó sus dardos– en su libro Fluctuaciones económicas. Pero fueron Harrod y Keynes quienes dieron su versión en 1933. Ambos consideraban una economía abierta, donde se consumen productos de origen local o importado. Más o menos como la Argentina actual. En este modelo, las importaciones actuaban como el ahorro: cuanto más grandes, menor la magnitud del multiplicador. Si se crean 100 pesos de ingresos y 10 se gastan en importación (10/100 = 0,1), la cadena de gastos locales es 90 + 81 + 72,9 + etc. = 90 + (0,1)90 + (0,1)(0,1)90 + etc. El multiplicador, en este caso, es m = 1/i , donde i = “propensión a importar” o proporción de ingresos nuevos no gastados dentro del país. Una fórmula con ahorro e importaciones, es m = 1/(a + i). Tanto “a” como “i”, cuanto más importantes, más reducen la capacidad multiplicativa local del gasto. Por eso Raúl Prebisch, en noviembre de 1933, en máxima recesión, luego de haber conocido en Londres las ideas de Keynes, diseñó un “Plan de Acción Económica Nacional”, que a los fines de la reactivación introducía, además del control de cambios, una política muy selectiva de importaciones. Poco después, ya establecido el Banco Central, durante 1936-38 ejecutó una exitosa política anticíclica, fundada en una noción del ciclo económico argentino como reflejo del ciclo mundial, transmitido al país vía multiplicador. Por último, en 1939-40, ante la perspectiva de un receso económico por contracción del comercio exterior, elaboró un Programa de reactivación de la economía nacional en busca del “más alto grado de ocupación”. El caso permitía pensar en el multiplicador. Pero en lugar de propiciar una expansión global del gasto, que crearía un incremento insostenible de importaciones, propuso una expansión focalizada: poner el esfuerzo en sectores de mayor capacidad expansiva interna y menos creadores de “fugas” por importación de insumos extranjeros. La actividad con más proporción de salarios y menor proporción de insumos importados era la construcción de viviendas baratas, que movilizaba decenas de gremios. Moraleja: si querés más actividad, reducí a e i: a, redistribuyendo ingresos; i, terminando la apertura indiscriminada.

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