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Martes, 22 de septiembre de 2009

TEATRO › ENTREVISTA CON ARTURO BONIN, POR ILLIA. ¿QUIEN VA A PAGAR TODO ESTO?

“Era una persona con una dinámica mental diferente”

El actor se mete en la piel del ex presidente, en la obra de Eduardo Rovner dirigida por Alberto Lecchi. Bonín señala que buscó alejarse de la caricatura, a la vez que cuestiona esa imagen desteñida que en su momento reflejaron los medios.

 Por Hilda Cabrera

“Esa suerte de confesión que me hizo el coronel Luis Perlinger en el Patio de Las Palmeras de la Rosada es la única anécdota personal que tengo de uno de los militares que promovió la destitución del presidente Arturo Illia”, comenta el actor Arturo Bonín, protagonista de Illia. ¿Quién va a pagar todo esto?, obra de Eduardo Rovner que viene ofreciéndose en el Centro Cultural 25 de Mayo, dirigida por Alberto Lecchi. Aquel diálogo se produjo cuando Bonín grababa un capítulo de Yo fui testigo, original creación para la TV de los autores Juan Carlos Cernadas Lamadrid y Ricardo Halac, emitida por Canal 13 en 1986 y por Canal 2 en 1989. “Illia le dijo a Perlinger que alguna vez sentiría vergüenza por haberle exigido que abandonara la presidencia y participado en el desalojo”, recuerda ahora Bonín, quien en 1966, año del golpe que puso en el gobierno al teniente general Juan Carlos Onganía, era conscripto en Campo de Mayo. “Entonces tenía veinte años y vivía en una cápsula, sólo atendía órdenes en el regimiento 601 de aviación del ejército: órdenes como ‘venga para acá, vaya para allá’. No hubo movilización cuando derrocaron a Illia. Fue un golpe de escritorio. Después empecé a atar cabos. Por esa época se leía Confirmado, Primera Plana y otras revistas que editorializaban en contra de este presidente del que decían que era lento, que no existía”, puntualiza el actor.

–¿Quiénes contribuyeron a sostener ese descrédito?

–Los monopolios afectados y los medios gráficos. Lo comparaban con una tortuga, lo dibujaban con una paloma sobre la cabeza (caricatura de Flax, seudónimo de Lino Palacio). Pienso que Illia era una persona con una dinámica mental diferente. Pasado el tiempo me enteré de que era budista y practicaba la meditación; actitudes que no significaban complacencia. A su manera, fue un peleador, como lo demuestra su comportamiento frente a los laboratorios.

–¿Cuál era el tema del capítulo de Yo fui testigo cuando se encontró con Perlinger?

–El golpe militar del 28 de junio de 1966 y sus prolegómenos. De ese programa saqué la conclusión de que el principio de nuestra gran decadencia social y política fue la llamada Noche de los Bastones Largos (el 29 de julio de 1966), con la intervención, los golpes a profesores y estudiantes y la destrucción de los materiales en Ciencias Exactas. En esa persecución a las universidades nacionales se atacó a los pensantes, a la cabeza de la sociedad.

–¿Cómo se compone a un personaje real en semejante entorno?

–Cuando los hechos y la cronología están dados, uno se adentra en la persona. Mi primera preocupación como actor era saber qué opinaba Illia, cómo era su relación con la familia, con los amigos y la gente en general. Parece haber sido conflictiva en varios aspectos, aun cuando los datos que manejamos se basan en testimonios y escritos de personas que lo quisieron y respetaron. Parte de la obra se inspira en el relato que la hija Emma hizo a Miguel Bonasso en un reportaje que publicó Página/12, y en las memorias de Luis Caeiro, secretario general de Illia. Yo mismo mantuve charlas con Emma y con Leandro, hijo de Illia, porque mi preocupación era reconstruir sus vínculos; también saber sobre la relación con su esposa Silvia Martorell Kaswalder, a la que le llevaba diecisiete años y a la que sobrevivió. Su esposa tenía ideas progresistas y aceptó vivir en condiciones precarias en Cruz del Eje, donde él era médico del ferrocarril. Ella lo siguió y apoyó. Pensemos que era un político profesional ocupado en hacer proselitismo y que en algunos momentos fue un padre ausente. Tenía además actitudes que desconcertaban incluso a su familia. Era un peleador en la política, pero un peleador no violento.

–¿En una época en que ser pacifista no tenía valor o era inútil?

–Puede ser. Entonces tenía demasiados intereses en contra. Los monopolios se consolidaban y había una fuerte presión para instalar la Doctrina de la Seguridad Nacional en el país.

–¿Con apoyo de la sociedad?

–Y de los medios que hicieron mucho para derrocar a Illia. Hoy los espectadores se sorprenden ante la obra por la vigencia de problemas no resueltos. Entonces era la ley de medicamentos para controlar a los laboratorios, por ejemplo, y la anulación de los contratos petroleros que había firmado Arturo Frondizi. Cumplía con algunas de las promesas electorales, y esto provocaba. Una forma de combatirlo era burlarse, decir que era un viejo que dormía la siesta o le daba de comer a las palomas cuando –sin que lo advirtiera la custodia– atravesaba la Plaza de Mayo para tomar café con su hijo Leandro en el Tortoni. Era un hombre con otra mentalidad.

–¿Cree que era consciente de que carecía de apoyo?

–Era consciente de que su ascenso a la magistratura había sido posible por la proscripción del peronismo (la elección del 7 de julio de 1963 fue ganada por la fórmula UCRP Arturo Illia-Carlos Perette). Esa situación queda aclarada en la obra cuando el personaje dice haber asumido con el veinticinco por ciento de los votos. Illia llegó al gobierno el 12 de octubre de 1963 y el 17 de ese mismo mes se organizó una manifestación peronista. El objetivo de los peronistas era lograr la oficialización del partido y preparar el regreso de Perón.

–¿Qué es lo esencial en el retrato de una figura tan zarandeada?

–Hallar un punto de equilibrio entre todo lo que sabemos e investigamos, lo que Illia debió enfrentar durante su gobierno –tanto respecto de hechos, que fueron duros, como de personas muy poderosas– y lo que reflejaron los medios y los historiadores, sobre todo los que dejaron la imagen de un ex presidente desteñido e intrascendente.

–¿Le sirvió para este trabajo la experiencia adquirida en Yo fui testigo?

–Esto es diferente. Mi compromiso en esta obra era armar un personaje que para muchos es familiar. Con Alberto Lecchi –que debuta en la dirección teatral– acordamos no caer en la caricatura y comenzamos por trazar una semblanza que contemplara rasgos y actitudes corporales. En este sentido las caricaturas que se publicaron entonces en los medios gráficos fueron de ayuda al momento de componer. Mi trabajo fue suavizar la exageración de los gestos y las posturas. Además estuve viendo fotografías que me permitieron descubrir detalles en la forma de vestir, de estar de pie... Fue el primer presidente que juró con ropa de calle. Fue también el que renunció a la jubilación de privilegio. Para un actor el personaje se conforma cuando logra entender cómo mira el mundo. Eso es lo que intento en el escenario. Abajo, mi mundo es otro: tengo mis diferencias. En algunas cuestiones me siento cercano a Illia y en otras no.

–¿Lo dice como radical o como peronista?

–Desde ninguna de las dos posturas, porque no soy radical ni peronista, aunque en este momento acepto la posibilidad que abrió este gobierno de discutir una ley como la de medios. Me parece de gente adulta plantear el cruce de opiniones y modificar cuando es necesario. Soy una persona a la que le interesa el país y su historia.

–¿Por eso participa de obras como ésta?

–Me gusta involucrarme en proyectos que reflexionen sobre lo que nos pasa. Si uno no puede contar quién es o quiénes somos, y si como actor no puede dejar eso plasmado en una obra o en una película, nuestros hijos y nietos no van a saber quiénes son ellos. Lo entiendo así, como una forma de herencia.

–Este compromiso no es nuevo...

–Será por eso que se fijan en mí. Colaboro desde el comienzo con Teatro por la Identidad. Yo fui testigo fue parte de ese compromiso, como el año pasado mi participación en Vidas robadas y en una película que dirigió Jorge Ruiz, también autor del guión. La película se llama La última mirada y habla de una apropiación. Es la historia de una chica nacida en cautiverio, una reflexión sobre ese hecho y sobre las personas que no saben quiénes son. No está basada en un hecho puntual; es una ficción en coproducción con España que se va a estrenar como un aporte al Bicentenario. Hubo apoyo del Incaa y de la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo. Estela de Carlotto hace una pequeña intervención. Ruiz es un excelente director. Con él trabajé en Ni vivo ni muerto y Flores amarillas en la ventana, que se filmó en la Patagonia. Es un muy buen director de actores, y muy afable, como Lecchi, quien se animó con Illia a la dirección teatral.

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“A su manera, Illia fue un peleador, como lo demuestra su comportamiento frente a los laboratorios.”
Imagen: Sandra Cartasso
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