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Viernes, 1 de octubre de 2010

TEATRO › EMPIEZA HOY EL FESTIVAL “150 AÑOS CON ANTON CHEJOV”

“Sigue vigente porque su obra se relaciona con la alienación”

Con el maestro ruso como eje, el encuentro gratuito, que se desarrollará en el Teatro del Artefacto y se extenderá durante todo el mes, incluirá en su programación obras de teatro, cine, clases abiertas, mesas redondas y hasta comidas típicas.

Es una gaviota que nunca pretendió pasar volando. Pareciera que siempre hubo una obra de Anton Chéjov en los escenarios locales desde 1940 a esta parte. “Todo es una gran obra de Chéjov”, dijo una vez Laura Yusem. Llama la atención la variedad: puestas convencionales o reescrituras bien radicales, adaptaciones de textos dramáticos o de sus pequeños grandes relatos. Este año, el dramaturgo ruso se convirtió en noticia a nivel internacional, ya que se celebra el 150 aniversario de su nacimiento. En Moscú, la novena edición del Festival Chéjov le rindió un tributo especial, del que participó Daniel Veronese con una versión de Tío Vania. Como otros países, la Argentina no se quedará afuera de los homenajes, con un festival que comienza hoy en el Teatro del Artefacto (Sarandí 760) y que se extenderá durante todo el mes.

La programación de “150 años con Anton Chéjov” es nutrida. Habrá mesas coordinadas por grandes maestros de la escena nacional, como Juan Carlos Gené, Laura Yusem y Raúl Serrano, obras de teatro, cine, clases abiertas, narración oral y hasta comidas rusas para generar el clima que el acontecimiento merece. Todo será con entrada gratuita. El homenaje llegó, sí, unos meses más tarde que el nacimiento de Chéjov, que fue el 17 de enero de 1860. Pero lo valioso es que es el primer festival en torno al nacimiento del dramaturgo a nivel local. Y, según arriesga Raúl Serrano, impulsor de la propuesta junto a sus compañeros del Artefacto, “es el único hasta el momento”. Claro que el objetivo del encuentro intenta ser más amplio que su carácter de compilación. “Creíamos oportuno hacer una movida que demuestre una de las cosas en las que Chéjov confiaba: que pese a las búsquedas del lenguaje, un actor conmovido en escena sigue siendo el espectáculo más grande del mundo”, explica el director y docente a Página/12.

Dentro de la programación no figuran las obras que otorgaron a Chéjov fama internacional: La gaviota –cuyo fracaso inicial casi conduce al dramaturgo a abandonar la escritura–, Tres hermanas, El Tío Vania y El jardín de los cerezos. En su mayoría, las del festival son piezas que salieron de la escuela del Artefacto, que trabaja intensamente con textos de Chéjov. “Hubo un tiempo de producción paralelo a la enseñanza que nos impidió dedicar el esfuerzo a las grandes obras”, explica Serrano.

Sólo dos piezas son de la autoría de Chéjov. Ivanov (los domingos a las 20), con adaptación de Piero Anselmi (también a cargo de la dirección) y Raúl Serrano, se propone recrear la intimidad tan propia de Chéjov. Que lo representado se parezca a la vida, en otras palabras. La otra es un monólogo de un solo acto con dirección de Serrano, Sobre el daño que hace el tabaco (mañana a las 22 y a partir del 15, los viernes a las 21.30), que habla del fracaso, uno de los grandes temas de Chéjov.

“Todos nos sentimos identificados con esos personajes que tienen tantas ganas de tantas cosas que no hacen nada”, recalca Serrano. La desdicha se da en diversos planos: el amor, el trabajo, el deseo de una nueva vida en Moscú. “Pero en mi caso no me siento ironizado ni comprendido. Es una sensación de baño tibio”, cierra el director. Qué sería de Tres hermanas sin esa infelicidad que sienten las protagonistas de la famosa obra, la base de Desde Irina (los viernes a las 23). La versión que creó e interpreta Julieta Alfonso, bajo la supervisión de Clara Pizarro y Yusem, pone en juego otra nota importante del teatro de Chéjov, por este motivo tildado de falto de acción: la intensidad de los personajes pasa por dentro. Es invisible y tiene que ver con un sentir. Esta obra, que obtuvo el Premio Trinidad Guevara en 2007 en el rubro Revelación Femenina, pone en escena el mundo sensible de Irina, atravesada como sus hermanas por la desgracia, pero dueña de una mayor capacidad de transformación.

También podrán verse obras surgidas de los relatos del autor, “muchos con una estructura dramática casi directa y erigidos como pretextos cinematográficos”. Por ejemplo, Recuerdo Falso (los viernes a las 23), de Patricia Suárez y con dirección de María Rosa Pfeiffer, historia de amor (trunco, claro) basada en el cuento “La dama del perrito”. Completan la programación Princesa, de Mariel Bignasco; Vanka, también de Suárez y dirigida por Bignasco; Un carácter enigmático, de Claudio Grillo; y una propuesta múltiple de Alejandro Magnone, que incluye La muerte de un funcionario, El canto del cisne y La corista. Para ilustrar la injerencia de Chéjov en el cine nacional, se proyectarán Si se pudiera saber, de Cecilia Lagar, inspirada en Tres hermanas y estrenada en el último Bafici, y un corto realizado especialmente para el festival, El jardín de Anton, de Ignacio Verguilla y Alfredo Martín. En este último, realidad y ficción se cruzan para contar los últimos días de Chéjov.

Rusia, 1957. Serrano llegó a Moscú influido por el teatro expresionista, cuyos ejes son “las posturas corporales y los sonidos”. Todo cambió cuando tuvo la oportunidad de ver a Nikolai Cherkasov –el famoso actor de Iván, el terrible, de Sergéi Eisenstein– en escena. El director recuerda su sorpresa. “El señor se sentó en una silla, puso las manos sobre sus rodillas y comenzó a hablar en ruso. Yo no entendía nada y sin embargo me conmovía, me pasaban cosas. Al salir del espectáculo pensé: el objeto escénico no es el cuerpo en movimiento ni la voz desgarrada en gritos. Descubrí la técnica de represión como modo de la acción. Además, aprendí que en el arte del teatro, al contrario de lo que se cree, el pudor es el calificativo esencial. No tanto lo que se muestra sino lo que existe y se evita. Sucede que se trasluce.”

La gaviota, a esta altura ya todo un símbolo no sólo de la muerte de Tréplev sino de Chéjov mismo, comenzó a sobrevolar la Argentina en la década del ’40. La presencia de la actriz rusa Galina Tolmacheva, de la escuela de Stanislavski, tuvo mucho que ver. “Coincidió con el auge del teatro independiente y, tal vez, con la vanguardia de la literatura rusa”, añade Serrano. La influencia de Chéjov fue decisiva en los dramaturgos de los ’60, junto a Arthur Miller. ¿Cuántos directores han puesto en escena sus obras o versiones de...? Por sólo mencionar algunos: Mané Berardo, Armando Discépolo, Veronese, Yusem. Cada uno con su visión particular. Porque Chéjov no sólo ha inspirado, sino que siempre invitó a la reformulación.

Para Serrano, la importancia fue el cambio que engendró a nivel pedagógico. Mientras algunos países posiblemente hayan seguido una dirección ligada a la tradición del teatro romántico, la Argentina se volcó intensamente al realismo. “No deseo mostrar una convención social, sino a unos seres humanos que aman, lloran, piensan y ríen”, dijo Chéjov. Una frase contundente para significar el cambio de paradigma. “Aparece como naturalista y minimalista en oposición al teatro romántico, de grandes gestos y conflictos. Se plantea, por el contrario, hacer un teatro en el que la gente come, fuma duerme y habla tonterías y sin embargo es conflictivo”, se explaya Serrano. “Chéjov le vino como anillo al dedo a Stanislavski, porque en sus piezas parecía no ocurrir nada. Hubo que descubrir una verdadera técnica de actuación que desplazara a la declamación. Porque el actor se enfrentaba a la necesidad de tener una vida interior. No nos estamos tocando y agarrando: nos deseamos, huimos.”

Es un cambio espeluznante a nivel técnico, pero ciertamente con anclaje en un contexto y en un modo de ver del sujeto en el mundo. Sujeto que ve la vida pasar, que no hace nada, que se angustia. Y que está eternamente deseando un cambio que no produce. Así, el espectador de las obras de Chéjov también aguarda el cambio ansiosamente, el impacto. “Igual que en la vida: uno está esperando sacarse la lotería”, se ríe Serrano. “Si Chéjov sigue vigente es porque eso se relaciona con el fenómeno más avasallante que sufrimos como sociedad contemporánea: la alienación.”

“Dioses u hormigas”: entre la importancia y la insignificancia merodean los personajes de Chéjov, ajenos a la malicia, que Serrano atribuye a los de Dostoievski. “Cuando uno lee, por ejemplo, Sobre el daño que hace el tabaco, le surge una risotada de cabo a rabo. Pero debajo de esa risotada existe un ser sufriendo que aspira a transformarse, que lo dejen tranquilo”, ejemplifica el director. Según él, la bifurcación entre humor y sufrimiento continuó en la Argentina con el grotesco criollo. “No existe el héroe trágico, sacando al Che Guevara, y los seres cómicos se los dejamos a Sofovich.” El resultante es un teatro de tono agridulce y ambiguo. “No sabemos si somos ridículos o grandiosos. Y así es nuestra historia.”

Entrevista: María Daniela Yaccar.

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Desde Irina está basada en Tres hermanas.
 
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