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Viernes, 25 de febrero de 2011

TEATRO › MARCELO KATZ Y MARCOS ARANO PROPONEN HAZAÑAS

“No hay que ser resultadista”

En su nuevo espectáculo, al aire libre y pensado para toda la familia, le dan a la “hazaña” un sentido menos convencional: “Es dejarse ver como es uno en su vulnerabilidad”. Los clowns muestran simpleza, poesía, humor y, sobre todo, mucha empatía con el público.

 Por María Daniela Yaccar

De un espectáculo de payasos que lleva por nombre el ambicioso Hazañas sería lógico esperar a tipos que caminen sobre cuerdas o que jueguen con fuego, o mujeres danzando entre telas. Pero la apuesta de Marcelo Katz y Marcos Arano –y su manera de pensar al clown– pasa por otro lado: simpleza, poesía, humor y, sobre todo, mucha empatía con un público de edades heterogéneas. Se trata de un espectáculo esencialmente físico montado en un lugar ideal para las últimas tardes de verano (viernes a las 19.30, sábados y domingos a las 19 en el Patio del Aljibe del Centro Cultural Recoleta, Junín 1930). Y tiene una vuelta filosófica no buscada al cuestionar el concepto que da el título a la puesta. Aquí, las hazañas son pequeños desafíos en los que un numeroso grupo de clowns pone todo su empeño.

Tocar una guitarra entre dos, bailar tap a los 87 años e intentar la telepatía, son sólo algunos ejemplos de hazañas. Hay éxitos y fracasos y, claro, distintas formas de relacionarse con eso. Katz, creador y director de La Trup hasta 1996 y responsable de numerosas obras para grandes y chicos como Allegro ma non troppo, Elemental, Ilusos y Tempo, ha dejado el circo hace rato, pero sabe que su pasado todavía se filtra en lo que hace. “Hazañas no es de circo para nada, pero justamente las hazañas tienen que ver con él”, sostiene. En este espectáculo participan dieciséis clowns acompañados por una banda de músicos, todos ellos estudiantes de la escuela que Katz fundó a fines de los ’90. Según le cuenta a Página/12, la creación fue colectiva y partió de ejercicios clownescos que, como se estila, bucearon en la subjetividad. “Veníamos entrenando, transitando las cosas que las hazañas dan: me sale, no me sale y qué hago con eso. Es un material que nos gusta. En el Recoleta nos ofrecieron hacer algo en el verano, en un momento en que estábamos enfocados con las hazañas, sin ningún otro fin que el pedagógico. Entonces unimos todo.”

–¿Cuál es la definición de “hazaña” que plantea el espectáculo?

Marcelo Katz: –Una hazaña es algo que mueve los límites de lo humano un poquito más allá, que expande las fronteras habituales de lo que se puede hacer y que puede salir o no. Y cuando la posibilidad de no salir existe, está la característica de la hazaña. En el espectáculo, la hazaña no es lo que ve el público, sino lo que significa para el que la lleva adelante. En el clown lo importante es lo que siente el clown con lo que hace, más que lo que hace.

Marcos Arano: –Es hacer único ese hecho, por más cotidiano que sea. Algunos números son tonterías absolutas, pero se valoran por el esfuerzo que demandan y el éxito y el fracaso que ponen en juego. Se trata de extrañarse un poco de esas cosas. Un ejemplo es el caso de un pibe que cronometra perfectamente sus piruetas y las hace en el tiempo que tarda en salir el pan de la tostadora. Esa es una gran hazaña para ese clown. Y para otro lo es embocar un balero. Todo el mundo camina, pero cuando un nene camina por primera vez es una hazaña porque él se está jugando el mundo.

–¿Se propusieron ahondar en la frustración, en los fracasos y cómo se sigue después de ellos?

M. K.: –Sí, pero también en el éxito. Cuando las cosas salen bien, hay que poder disfrutar y divertirse, y cuando salen mal, también. Ese es el verdadero éxito y lo poético que queremos transmitir: no quedarse con el resultado y con la presión resultadista. Hay una transformación y un cambio de punto de vista del que está atravesando la escena. En el caso del público, la vida. Lo que nos gusta de las hazañas es que si ponés realmente las tripas para que las cosas salgan, salgan bien o no, te van a generar una sensación muy fuerte de logro o fracaso. Buscamos sensaciones, y las hazañas confrontan al clown con ellas, constantemente. Lo revolucionario del clown es que es un personaje que tiene que ver con el mismo actor, que le permite dejarse ver en un mundo en el que es muy difícil ver al otro porque hay mucho puesto por delante.

M. A.: –Los clowns son supervivientes, en el doble sentido. Es superviviente porque está todo el tiempo tratando de sacar la cabeza para afuera, se la juega y le va mal, e igual trata de rebotar y de ver cómo saca la cabeza para afuera. Esa misma actitud vital lo hace superviviente, porque está habitando la vida todo el tiempo, y quizá de ahí el imaginario colectivo trágico del clown: se la está jugando constantemente.

Al aire libre y pensado para toda la familia, en el espectáculo la conexión con el público es un tanto más directa que otras puestas de clowns en salas teatrales. “Hace años estaba más alejado del espectador. Pero ahora creo que el clown sí o sí establece una conversación. Pienso en espectáculos míos de diez años atrás y hay cosas que no me convencen. Tenían una marcación más férrea. Ahora hay cosas muy marcadas, pero hay lugares en los que la idea es transitar con aire, abierto, ver qué se encuentra. Ir con la caña de pescar a escucharse hoy y a escuchar al público”, se explaya Katz. Arano, quien además de dirigir a los más chiquitos en la escuela está al frente de la Compañía de Teatro del Oprimido Infierno de los Vivos, sostiene que detrás de ello subyace una dimensión política, porque recupera el espíritu de “comunidad”. Pero además porque “el clown es catártico en un sentido muy transformador. No es la del clown una catarsis que tranquiliza, sino una superadora. La gran hazaña es dejarse ver tal como es uno en su vulnerabilidad”.

–¿En qué sentido el clown es un actor? ¿Actor y clown son complementarios?

M. K.: –El clown es un actor, sin duda, pero su trabajo es particular. Es el actor jugando consigo mismo, no es la persona en su estilo o en su habitualidad cotidiana. Porque uno no va por la calle jugando con lo que es. Estamos en un mundo en que los políticos tienen su asesor de imagen... El clown está en la otra esquina. Uno entra al escenario con sus alegrías, sus frustraciones, sus muertes, sus amores; con toda su vida. Cuando uno tiene que hacer un reemplazo es más fácil llamar a un actor, porque está más capacitado para ver lo del otro y hacerlo. En cambio, si el clown no tiene formación teatral, su material es muy personal y no le pasan las cosas que le pasaban al otro. Eso da pistas de las diferencias entre una cosa y otra.

M. A.: –Coincido con lo de la complementariedad. En la escena, el clown está por delante y el actor por detrás. El clown está jugando y tonteando, y el actor diciéndole “ésta puede llegar a ser una buena dirección”. En la vida es al revés: el actor, la persona, va por delante, y el clown es el que le puede dar buenas indicaciones, en el sentido de lo que le sirve para la vida.

–Desde esa concepción, ¿todos deberíamos ser un poco más clowns en la vida?

M. K.: –Trabajamos ambiguamente. Queremos que la gente sea un poco más clown, pero sabemos que ese día nos quedamos sin trabajo.

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“Queremos que la gente sea un poco más clown, pero sabemos que ese día nos quedamos sin trabajo.”
Imagen: Guadalupe Lombardo
 
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