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Viernes, 24 de junio de 2011

TEATRO › VIAJEROS INMOVILES, DE PHILIPPE GENTY, EN EL TGSM

Paisajes para el ensueño y la pesadilla

En el espectáculo del creador francés, cada cuadro conforma un microcosmos dramático o humorístico, con un humor que se conecta con el absurdo, el cine mudo y el clown. El mar y el desierto se apropian del escenario, en una puesta atravesada por imágenes surrealistas.

 Por Hilda Cabrera

VIAJEROS INMOVILES

(Voyageurs immobiles) De Philippe Genty

Elenco: Amador Artiga, Marjorie Currenti, Marzia Gambardella, Manu Kroupit, Pierrick Malebranche, Angélique Naccache, Julia Sigliano y Simón T. Rann.
Música: Henry Torgue, Serge Houppin.
Dirección: Philippe Genty y Mary Underwood.
Lugar: Sala Martín Coronado del TGSM, Corrientes 1530. Hoy a las 20.30 y mañana a las 15 y 20.30. Platea, 45 pesos; pullman, 30 pesos.

La aventura sigue siendo para el creador francés Philippe Genty el paisaje que mejor se le aproxima. El escenario donde el mar y el desierto constituyen el elemento y la geografía que lo distinguen. El mar trae y despoja y el de-sierto fabrica ensueños y produce pesadillas. En el viaje visual y sonoro que propone junto a su equipo no es extraño hallar imágenes surrealistas que arranquen en un naufragio. Acaso la tragedia de un cuento fantaseado. Amontonados en una caja que hace las veces de barca, los personajes de este espectáculo creado en 1995 –y aplaudido en los teatros del mundo– idean trucos y técnicas propias del mimo y el clown.

Las pesadillas del viaje inquietan. Alguien dispuesto a darse un banquete con la cabeza de un empalado se abre el cerebro de un tajo y se convierte en manjar de la supuesta víctima. La serie de cuadros con imágenes de fetos es otra pesadilla, pero expuesta en distinto formato y con diferente significado. Quizá sea ésta la confesada obsesión de Genty por “explorar las heridas y los pensamientos reprimidos de los niños”. Esta última escena es festejada por el público que disfrutó con las ocurrencias de los no nacidos, sobre todo con una pregunta escatológica, expresada en castellano. Pero no todo es laberíntico. Aparecen otras escenas, plácidas y románticas, algunas coreografiadas en “tierra firme” y otras bajo la superficie del agua, aquí lograda con la sabia utilización de plásticos. En esas profundidades se organiza el laboratorio de experimentación y transformación de esta troupe, cuyos integrantes emergen sin previo aviso o se esconden de igual modo en ese mar, a veces tormentoso.

Pero a no asustarse, porque éste es un espectáculo para todo público, y así se lo recomienda. En la noche del estreno se vio a niños y niñas que festejaron las rutinas de los personajes atrapados en la balsa y rieron con los fragmentos de canciones populares, como la mexicana Cielito lindo, entonada con aire inocente. Allí el paisaje era de colinas o montañas y en otros cuadros, desértico. Geografías en las que falta agua, pero aun así es posible, por obra de una bella muchacha que riega un repollo, que nazca un niño. Los diez intérpretes (contando los marionetistas asistentes en las sombras) ejecutan con admirable precisión su trabajo, modificando el ánimo del espectador, que es invitado a través de las imágenes a un viaje atemporal. Para afirmar esa condición itinerante, un tren de juguete cruza el escenario. Un recurso que tampoco abandona es la transformación de los objetos, aquí pliegos de papel convertidos en colinas, en trastos que arrastra una tormenta y en sudarios.

Todo cabe en este espectáculo donde el plástico es reciclado en mar y nube, y el papel en frontera. Porque en este viaje, Genty no olvida la tragedia del que debe emigrar. Es así que elabora un breve diálogo que probablemente modifique según el lugar de representación. “Señorita, los papeles, abra la valija”, insiste alguien en castellano, y la joven entrega sus datos de modo pintoresco: “Esta es mi tía abuela Evita Perón” y nombra a Maradona, Cortázar y Mafalda.

Cada cuadro conforma un microcosmos dramático o humorístico, con un humor que se conecta con el absurdo, el cine mudo y el clown. Los hay simbólicos, tragicómicos y sensuales. No escasean situaciones donde la violencia habla de la locura que genera la carrera hacia el poder. Esas imágenes, mostradas entre gags y parodias, no siempre generan distanciamiento en la platea. Un ejemplo es la caminata con el soldado-títere que deviene hombre poderoso y que después de aplastar al desvalido que se le cruza en el camino se transforma en “cabeza” de viento devastador. Una escena que produce tanta desolación como en la recordada Dérives, la bañista gigante, madre, araña y ogresa. Una figura femenina de grandes caderas que ensartaba hombrecitos de impermeable y sombrero como si fuesen carne trozada para un trinchante.

La sugerente banda sonora de Henry Torgue y Serge Houppin suma vértigo a esta propuesta que dirigen Genty y su esposa, la coreógrafa Mary Underwood. El itinerario se cierra sobre el escenario con escenas que traducen la dificultad para neutralizar el frágil equilibrio personal. Esto no impide que haya un espacio para el deseo de renacer y la broma esperanzadora.

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