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Viernes, 24 de junio de 2011

CINE › CORTOS HISTORICOS DE LA ENERC EN EL ARTECINEMA

Martel, Bauer y Bielinsky en envase chico

 Por Horacio Bernades

En homenaje a los 45 años de la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica (Enerc), desde ayer y hasta el miércoles de la semana próxima se proyecta, en el Espacio Incaa Km 3 (complejo Artecinema, de Salta 1620), un programa de cortometrajes realizados, en las últimas cuatro décadas, por alumnos de esa escuela de cine, que depende del Incaa. El programa, que hace pie básicamente en la camada de mediados y fines de los años ’80, incluye cortos de iniciación de realizadores tan reconocidos como Lucrecia Martel, Fabián Bielinsky, Tristán Bauer, Esteban Sapir, Gustavo Mosquera y Beda Docampo Feijóo. Es como asistir a la infancia de parte de lo que más tarde se conocería como Nuevo Cine Argentino. Y también a la de aquellos que por razones de timing o de distancia estética no llegaron a formar parte de un movimiento que hace rato dejó de serlo... y tal vez nunca lo fue.

El más antiguo de los cortos programados es Borges 75, entrevista de carácter oracular –con rellenos alegóricos– que Beda Docampo Feijóo le hizo al escritor, una década antes de convertirse en guionista de Camila y Miss Mary y antes de pasar a la dirección con Debajo del mundo, El camino del sur y Los amores de Kafka. A Borges recurre también Fabián Bielinsky en La espera, pero no al Borges-oráculo, sino al Borges-texto, adaptando el cuento homónimo. Se revela aquí, tempranamente, la firmeza narrativa del realizador de Nueve reinas y El aura, narrando un típico relato de venganza con tiempos ajustados y un único “chiche” retórico (un corte de plano a contraplano, usando unas sábanas ondulantes como forma de transición), que el muy clásico Bielinsky no volvería a permitirse de allí en más. Jamás terminada por el realizador, rescatada de unas latas perdidas a comienzos de la década pasada y montada y sonorizada de acuerdo con sus indicaciones, la previa El péndulo se presenta precedida de unos rústicos cartelitos, típicos del amateurismo de la época. En el deliberado pendular de este pequeño relato policial –pendular entre aquello que sucedió y lo que el protagonista recuerda, trama, imagina o desea– tal vez pueda leerse un primer borrador de El aura.

Bastante apartados de la obra posterior de su autora lucen los dos cortos de Lucrecia Martel. Ambos de 1989 (anteriores en más de un lustro a Rey muerto, su corto de Historias breves), No te la llevarás, maldito se parece más a El péndulo, de Bielinsky, que a La ciénaga, La niña santa o La mujer sin cabeza. Hay también aquí un crimen imaginado, aunque el que imagina es esta vez un niño que, celoso de la mamá y su nueva pareja, se cobra sangrienta venganza en sus dibujos. ¿O será tal vez en la realidad? Investigación periodística sobre el mundo del transformismo porteño a fines de los ’80, el otro corto de Martel, La otra, anticipa por lo menos en una década temas de la agenda cultural. En El fueye, Tristán Bauer –actual presidente de Radio y Televisión Argentina– hace que el bandoneón de Rodolfo Mederos resuene por toda la ciudad. Narrada en un único plano secuencia a lo largo de un pasillo circular, Arden los juegos (tal vez el corto más difundido de esta selección) representa la primera muestra de la fascinación de su director, Gustavo Mosquera, por los travellings en redondo, tal como confirmaría más tarde Lo que vendrá (1988).

En IV Edén yace el germen de la discontinuidad espacial y temporal que Esteban Sapir sistematizaría en Picado fino (1996), así como su espanto ante el poder de la televisión, representado aquí por un aparato que emite en medio de un bosque y que en La antena (2007) se volverá control social liso y llano. En El eco, Ana Poliak cruza a una niña y una mujer sin techo, anticipando el binomio protagónico de La fe del volcán (2001), mientras que en Guachoabel Víctor “Kino” González se rinde ante una asfixiante marginalidad social y sexual, tanto como lo haría luego en la poco vista Ciudad de Dios (1997). La última cena, de Daniel de la Vega, es el corto más reciente de la selección (1995) y también el más resueltamente de género: es una de terror que no por nada participó, en su momento, del festival Buenos Aires Rojo Sangre.

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