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Sábado, 23 de marzo de 2013

TEATRO › HECTOR ALVARELLOS Y EL NUNCA MAS DEL CUERVO, ESPECTACULO DEL GRUPO LA RUNFLA

“Hoy estamos perdiendo la observación”

La obra que presentan todos los fines de semana en Parque Avellaneda no busca contar una historia determinada, sino utilizar herramientas poéticas para enlazar la dictadura argentina y la Guerra Civil Española: “La vida como un espiral en continuo avance”.

 Por Facundo Gari

Al hablar de teatro callejero se suelen mencionar las “interferencias”, movimientos de la intemperie que una obra de ese lenguaje debe combatir para hacerse cultura en la interacción con el público. “Siempre caemos en el tema de la calle”, rezonga Héctor Alvarellos. La Runfla tiene 22 años, pero el fundador del grupo es investigador, actor, director y dramaturgo del idioma escénico de los adoquines hace más de 30: es comprensible que el tema de las “interferencias” ya no le rompa la crisma.

–¿Qué tal “cómo han variado éstas desde sus primeros pasos teatrales en la calle hasta hoy”?

–Ah, eso sí es interesante. Es verdad que han variado. La ciudad, más que insegura, está agresiva. Los ruidos han cambiado por la cantidad de coches y de celulares. En El nunca más del cuervo, nuestro espectáculo actual en Parque Avellaneda, una chica toca el clarinete. Una vez escuché unas notas pifiadas y pensé: “Se equivocó”. Pero no: era un celular con un tono similar. El espectador, más psicotizado, también ha variado su poder de concentración, su velocidad de decodificación... Por todo eso hay que redoblar los esfuerzos.

Un segundo cliché a propósito del teatro callejero es envolverlo en indigencia. El nunca más del cuervo es a la gorra –gratuito, en tanto utiliza como escenario el espacio público de Directorio y Lacarra–, pero nunca en desmedro de rigor artístico ni técnico. “Hacemos teatro callejero por una decisión estética, no porque no tengamos sala. Somos profesionales. Solventarnos es difícil, sí, pero no más que cualquier grupo de teatro independiente”, compara. Vinculado con esto, critica otro abordaje frecuente: “Me preguntan más por el lenguaje que usamos que por la obra en sí”. De ahí el sendero que toma la charla de Página/12 con el dramaturgo y director de esta nueva pieza nocturna de La Runfla, drama que –en uso de poemas de César Vallejo, Juana de Ibarbourou, Federico García Lorca, Emma de Cartosio y Edgar Allan Poe– vincula la última dictadura cívico-militar con la Guerra Civil Española.

–¿Por qué las junta?

–Porque concibo la vida como un espiral en continuo avance, con fragmentos que parecen repetirse, que tienen sus parecidos, pero que no son iguales. Lo parecido tiene una parte constante, y de ahí que aparezca en todos los tiempos y los espacios. “El poder y la maldad vuelven a aparecer”, dice un personaje. ¿Quiénes sostienen el espiral? Creo que los niños y los poetas. En algunos poemas encontré analogías de la Guerra Civil Española y la dictadura. Por ejemplo, relacioné el “nunca más” de Videla en defensa de su accionar con el de “El cuervo” de Poe. Por otra parte, “nunca más” dice Strassera cuando termina el juicio a los comandantes. La asociación de “nunca más” –el de la maldad, por un lado; el del pedido de justicia, por el otro– me llevó a preguntarme cómo se llegó a ellos, qué pasó en esa época con las madres y los hijos. En la Guerra Civil Española los pibes eran dados a la alta alcurnia, como ocurría acá en la dictadura.

–Esa idea de espiral está plasmada en la puesta.

–Sí, la obra tiene un sentido “espiralado”. El público camina en espiral, lo que genera que no se quede muy cómodo, que tenga que reubicarse para poder seguir viendo.

–Los poemas tienen “enlaces dramáticos” suyos. Es una obra de temática histórica sin estructura de historia, aunque tenga una impronta narrativa, como la poesía que eligió.

–No, no es una historia. Uno de los intérpretes dice: “No busques personajes en estos crudos versos, sólo actores que cuentan desde su hondo mirar”. El espectador tiene que hacer las analogías. Tomé poemas de mi gusto y capricho, y en la obra están tratados como inserts cinematográficos. Aparecen escenas en medio de un poema y con ellas saltamos a otro, con la interferencia de un personaje que se llama Micus, caracterizado como cuervo, que es el que veo en Videla. Que no se trate de una historia favorece que se pueda ver desde cualquier momento. Hay quienes llegan o se van cuando quieren, porque se están meando o los esperan sus novias.

–¿Por qué se llama Micus ese personaje?

–Por “militares y curas”, que estuvieron asociados.

–Que se trate de poesía sin ligazón explícita a la dictadura argentina ni a la española, ¿es metáfora de la calle como espacio de confluencia?

–Sí. Estoy hablando de hijos de desaparecidos y de Madres de Plaza de Mayo. No necesariamente tengo que recurrir a Guillén, a Benedetti o a cualquier otra fuente “común”.

–Hay una camada de autores teatrales de diversas estéticas que claman por una vuelta a la poesía y al movimiento de la palabra. ¿Es su caso?

–Siempre trabajé mucho la palabra, sobre todo en adaptaciones de clásicos. ¿De qué habla la poesía? De la observación: para ser un gran poeta hay que ser un gran observador. Eso es algo que los humanos estamos perdiendo. Hay poca gente que se sienta a mirar cómo se mueve un árbol o cómo amanece. Con mis pibes vamos a ver la puesta del sol, como culto que no está bueno perder. No sé cuánto tiempo podremos sostener en el teatro callejero el hermosismo o el lenguaje barroco. Trato de trabajar con una dramaturgia concentrada en el decir. No podemos escapar a cierta síntesis, pero busco que el decir respete la potencia. Me recluyo en lo nocturno para hacer algo que se escuche.

* Funciones los sábados a las 21 y domingo a las 20 en Parque Avellaneda (Av. Directorio y Lacarra). Entrada libre y gratuita. En Semana Santa no se realizarán funciones.

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“La ciudad está agresiva, el espectador más psicotizado; hay que redoblar los esfuerzos”, dice Alvarellos.
Imagen: Bernardino Avila
 
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