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Sábado, 19 de abril de 2014

TEATRO › DIPTICO KAFKIANO, A CARGO DE ALFREDO MARTIN, EN EL TEATRO DEL BORDE

La máquina invisible de Kafka

El director, dramaturgo, actor, psiquiatra y psicoanalista montó un espectáculo que reflota dos textos del escritor: “La metamorfosis” y El proceso. El díptico revela una crítica del autor al orden de las cosas y reflexiona sobre “lo monstruoso” en el ser humano.

Su vida fue un compendio de palabras escritas. Doctorado en Derecho, empleado administrativo en una compañía de seguros y rechazado por una figura paterna implacable, Franz Kafka parecía no tener una vida tan absurda y fantástica como las historias de sus escritos. No obstante, allí entre sus publicaciones y esos numerosos manuscritos, que mandara a destruir tras su muerte a su amigo íntimo Max Brod (orden que por fortuna éste desobedeció), es donde se revela el sentido que Kafka encontró a su existencia. Su obra, que lo catapultó al rango de clásico fundamental de la literatura universal, es el reflejo de sus inquietudes, certezas e incertidumbres, y es con el objetivo de desentrañar aquellas inscripciones inconscientes que el director, dramaturgo, actor, psiquiatra y psicoanalista Alfredo Martín dirige Díptico Kafkiano, que se exhibe en el Teatro del Borde (Chile 630), los sábados a las 22, y en la que reflota dos textos célebres del escritor: “La metamorfosis” y El proceso.

En “La metamorfosis”, la vida monótona de Gregorio Samsa, un joven comerciante, se ve modificada cuando una mañana éste se despierta convertido en insecto. Rechazado por su familia, y por el entorno social, debido a su nuevo aspecto, la figura de Gregorio aparece como el paradigma de aquellos que devienen en el blanco de las miserias de la bestialidad humana. Por su parte, El proceso –novela póstuma e inacabada de Kafka– cuenta la historia del oficinista Josef K, quien es arrestado una mañana sin motivo alguno. Desde ese momento, el hombre deberá enfrentarse a un sistema burocrático e inescrupuloso, que lo empuja paulatinamente hacia la desesperación. Ambas obras simbolizan las dos caras de una misma moneda bestial. En ellas, la muerte parece ser la única salida a la degradación impuesta.

En Díptico Kafkiano, Martín rescata el carácter autobiográfico y profético de la obra de Kafka, puesto que descubre el sentir del autor y, a su vez, la destrucción humana como el preludio de la barbarie del nazismo en todas sus expresiones. “Trabajar sobre estos textos fue como tomar muchos cafés con Franz Kafka. No se puede pensar su producción sin su vida misma. Además, en su obra hay una suerte de nivel profético o visionario. La literatura de Kafka se resignificó luego de la Segunda Guerra Mundial, porque estaba ahí encerrada la idea del fascismo. Lo que ocurre con Gregorio Samsa a nivel familiar, es lo que pasa con Josef K a nivel social. La bestialización del hombre que comienza en la familia de Gregorio, deviene terrorismo de Estado en el caso del protagonista de El proceso”, analiza Martín.

Tal como sucede con la obra de Kafka, ligada a su visión del mundo, la dramaturgia de Martín no escapa a su lectura psicoanalítica. El díptico revela no sólo una crítica del autor al orden de las cosas, sino que también permite al espectador adentrarse en sus pensamientos.

“Kafka siempre fue excéntrico respecto de los valores de su época, y esto es lo que vuelve a su obra contemporánea. Al establecer una distancia con su época podía tener una mirada aguda y crítica sobre lo que estaba ocurriendo. El sentía cierta disconformidad con la subjetividad de su época, con su familia, con su trabajo y con su cuerpo; se sentía un insecto y alojaba en su cuerpo cierta monstruosidad. A su vez, estaba desalojado del universo y del deseo paterno. Para su padre, su literatura era un espacio ocioso donde él perdía el tiempo. Esa figura paterna terrible es el lugar de la ley en Díptico Kafkiano; esa ley que te pide lo imposible y que te vacía de sentido. En la ‘maquinaria kafkiana’, el absurdo tiene como efecto la degradación del sentido de la vida.”

Escrita a principios del siglo XX, la obra de Kafka suspende la linealidad del tiempo moderno, y se ajusta a la historia más reciente. La puesta teatral, que resignifica su naturaleza premonitoria, devela los engranajes de una máquina invisible, y describe a la violencia como una cualidad intrínseca del ser humano.

La “maquinaria kafkiana”, como la define el autor, encuentra su correlato en el funcionamiento de las sociedades actuales. Lo “monstruoso” es esencialmente humano, y no una excepcionalidad como se piensa, y esa bestialización se expresa de distintas formas. El campo de exterminio es –según observa el autor– su forma más acabada.

“Hay en nosotros un fantasma, que es nuestra conciencia de culpa; ésta es la que introduce a Josef K en ese ‘proceso’, y lo lleva hacia la ejecución. En el caso de Gregorio, él era un hijo ejemplar que llevaba adelante la economía de la casa; cuando deja de cumplir con esos roles asignados por el grupo familiar, pasa a ser un insecto. Frente a eso que parece diferente, entonces, aparece una reacción de rechazo, y luego de exterminio. Cuando Gregorio se da cuenta que ya no había lugar para él, se deja morir. La obra revela, así, que en toda ejecución existe el núcleo de una autoejecución.”

La puesta, como advierte el director, no ofrece verdades, porque su objetivo no es reproducir aquello que denuncia, sino más bien lo contrario. Díptico Kafkiano reclama al espectador un rol activo y una mirada comprometida con lo que observa. Quizá no sea lo más cómodo para quien busque un momento de ocio. Pero vale la pena el intento.

Informe: Candela Gomes Diez.

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“Trabajar sobre estos textos fue como tomar muchos cafés con Kafka.”
Imagen: Guadalupe Lombardo
 
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