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Sábado, 28 de febrero de 2015

CHICOS › REPRESENTANTES ARGENTINOS PARA EL PREMIO HANS CHRISTIAN ANDERSEN

En busca del Nobel de los niños

 Por Karina Micheletto

Diego Bianki y Laura Devetach, los nominados argentinos.

La Argentina ya tiene quienes la representen en el Premio Hans Christian Andersen, el más importante en el campo de la literatura infantil y juvenil, considerado algo así como el equivalente del Nobel. Se trata de la escritora Laura Devetach, a quien más de una generación ha disfrutado y admirado de pequeña y sigue haciéndolo de grande, y del ilustrador, diseñador y editor Diego Bianki, uno de los más originales y sólidos creadores de la actualidad. Las candidaturas, anunciadas esta semana por Alija, la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de la Argentina, se dan en el marco de un momento especialmente fértil para la LIJ en el país.

El Andersen es el galardón internacional bianual que otorga IBBY, la Organización Internacional del Libro Infantil y Juvenil, como reconocimiento “a la trayectoria y a la contribución perdurable de la obra de un autor vivo a la literatura infantil y juvenil”. Se entrega luego de un pormenorizado proceso de selección que comienza con la presentación de candidaturas desde cada país miembro de IBBY. En plena tarea de armado del dossier para su presentación, Laura Devetach dice que se sorprende de lo que va encontrando, mientras revisa libros y papeles junto a su asistente Ester Silveyra. “Es como revisar tu vida, volver para atrás y ver qué hiciste en todos estos años. Me sorprendí de algunas cosas que no recordaba. ¡Hay libros que creía más recientes y son del año del perejil!”, cuenta, tan en su estilo. Desde La torre de cubos, su primer e icónico libro, de 1966 –prohibido por la dictadura en 1979–, la producción de Devetach ha dejado marca con Monigote en la arena (1975), Historia de Ratita (1977), Picaflores de cola roja (1977), Cuentos que no son cuento (1986), Los derechos de los niños (1987), El hombrecito verde y su pájaro (1989), Las 1001 del garbanzo peligroso (1990), Los Pomporerá (2001), Secretos en un dedal (2003), Una caja llena de... y otros poemas (2013), entre una obra de unos 70 títulos de la que ella no lleva la cuenta exacta, a la que se suman sus libros para adultos: Oficio de palabrera (1991), Para que sepan de mí (2000), La construcción del camino lector (2008).

Pionera de la LIJ argentina y formadora de una cantidad de “discípulas” que hoy son también destacadas en el campo, Devetach llegó a los chicos de varias décadas atrás de una manera que hoy sigue siendo corriente y poética, fresca y tierna; el suyo es un universo profundo que se construye con el habla de todos los días, en el que está, implícito, su origen provinciano –nació en Reconquista, Santa Fe, y fue “adoptada” por Córdoba, en su paso por la Facultad de Filosofía y Letras de esa provincia–. “Vuelvo atrás, a La torre de cubos, y noto que a pesar de la enorme distancia que hay entre el campo cultural y el campo cultural para niños de aquel momento y el actual, se mantuvo flotando, vigente”, advierte la escritora. “En la cantidad de reediciones que tengo, no tuve que corregir ningún libro para aggiornar nada. Creo que una sola cosa: en Picaflores de cola roja, las palabras de un dictado, con el asesoramiento de algunas maestras. Es que yo había puesto un dictado absolutamente real, de cuando yo iba a la escuela. Eran palabras terribles, que después tenías que buscar en el diccionario, si entendías bien, y si no también”, se ríe ahora.

“Yo soy una persona del interior, con otro lenguaje y otra actitud, todo eso lo desplegué, con cierto desparpajo y con bastante inconciencia seguramente, supongo que eso es lo que permanece. Pero también el medio se abrió y dio lugar a que esa obra permanezca”, evalúa la vigencia de su obra, en un trabajo que sostiene con paciencia de escritora. Ahora mismo, cuenta, tiene un libro “en un cajón”, Run Run, la historia de una niña de la calle. “Con todo esto que me está pasando no termino de encontrar un momento de tranquilidad para poder darle un cierre. Ya llegará”, sonríe.

Bianki dice sobre su candidatura: “Es un honor ser elegido entre tanta gente talentosa para representar a nuestro país. Más allá de eso, ir del brazo de Devetach, quien me merece tanto respeto, es ya para mí un premio”. Y marca lo que aparece como un círculo tal vez no casual: “Mi primer libro publicado fueron unas ilustraciones para un cuento de Gustavo Roldán; él y Laura habían abierto un concurso para la colección Pajarito remendado, que juntos dirigían en Colihue. Fue en el ’88, el libro se llamaba El trompo de palo santo. De algún modo mi carrera empieza con el impulso de ese premio, y ahora estoy acompañándola a ella”, repasa, y suma su agradecimiento “al aguante de la gente de Alija, que trabaja los fines de semana, ad honorem, de manera tan comprometida”.

A Bianki lo vienen rondando de cerca los premios, ya que su libro Abecedario, que hizo junto a Ruth Kaufman y Raquel Franco en Pequeño Editor, la editorial que juntos dirigen, se llevó el premio New Horizons en la importante feria de Bologna. Entre su numerosa obra elige destacar Rompecabezas, un gran libro de arte hecho a partir de pequeñas cajitas, Con la cabeza en las nubes, Candombe. Fiebre de carnaval –“una crónica que me llevó diez años de trabajo”– o Muy lejos de la tierra, en coautoría con Kaufman. Parte de su obra, editada en países como Francia, Corea, Alemania, Bélgica, México, España y Brasil, no se conoce en la Argentina. Su libro Buenos Aires, por caso, salió el año pasado por la editorial Media Vaca, de Valencia, y no fue publicado localmente.

El Andersen tuvo hasta ahora dos ganadoras argentinas: la cordobesa María Teresa Andruetto, en 2012, y María Elena Walsh, quien fue candidata varias veces, sin obtenerlo, y a quien finalmente le otorgaron el Highly Commended, una mención honorífica del premio. Lola Rubio, entusiasta integrante de Alija, la entidad que presenta a los candidatos locales cada dos años, enumera los motivos de las actuales candidaturas: “Devetach tiene una obra y una trayectoria innegables dentro de la LIJ, su juego con la poesía es absolutamente novedoso, es una de las primeras que empieza a hacer lo que podría llamarse poesía contemporánea, se libera de las ataduras de toda aquella sonoridad rimada y planta un estilo muy personal y libre. Su producción, además, estuvo siempre ligada a cierta sensibilidad social, la suya es una obra que nunca deja de dar cuenta de lo que está pasando”. La otra candidatura es la de la categoría ilustrador/a: “En el caso de Bianki, su veta como creador está vinculada a lo visual pero excede la ilustración, él es también un pensador de objetos, con una apuesta por una estética. Se ve claramente que en cada libro suyo hay una estrategia y una propuesta lúdica, está invitando al lector a que vaya creando la obra junto con él. A esto se suma, claro, el gran valor plástico de sus ilustraciones”, afirma Rubio.

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