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Sábado, 28 de febrero de 2015

LITERATURA › AQUELLO ESTABA DESEANDO OCURRIR (TUSQUETS), DE LEONARDO PADURA

Un viaje por la insularidad mental

Los trece cuentos del gran narrador cubano confirman que el autor de Pasado perfecto y El hombre que amaba a los perros ha logrado ser profeta en su tierra sin renunciar a una mirada crítica sobre la compleja vida social de los cubanos.

 Por Silvina Friera

La obsesión de Leonardo Padura es y será “la maldita circunstancia del agua por todas partes”, como la definió Virgilio Piñera. Los trece cuentos de Aquello estaba deseando ocurrir (Tusquets) son un viaje por la imposibilidad de librarse de la geografía mental que implica la insularidad, tanto para los personajes que se van como para los que permanecen. Nadie escapa del embrujo de Cuba, menos los que creen que lo han logrado. En esta encrucijada inexorable, todos vacilan y dudan, luego de una sucesión de frustraciones, anhelos extraviados y esperanzas hipotecadas por el miedo. El alcohol pone a flote las más íntimas nostalgias de un sancionado periodista cubano –“acusado de no poseer la suficiente firmeza ideológica para ser un orientador de masas, según constaba en su expediente”–, cuya misión en Luanda (Angola) a comienzos de 1990, antes del colapso de la Unión Soviética, está por concluir. El dilema de Mauricio, el protagonista del relato “La puerta de Alcalá”, como el de muchos de los personajes del libro, consiste en regresar a La Habana o quedarse en Europa y no volver más. La escala en Madrid y la tentativa frustrada de visitar una exposición sobre el pintor Diego Velázquez en el Museo del Prado es la coartada “perfecta” para reencontrarse con un amigo arquitecto que optó por el exilio. En ese diálogo y ajuste de cuentas con lo experimentado por cada uno persiste una suerte de “empate técnico” por la derrota compartida. El que se fue se siente “más solo que el carajo”. El que se quedó y se quedará padece la asfixia de las carencias económicas y es asediado por el temor de haberse equivocado. La perspectiva narrativa, manejada con el excelente pulso con que Padura suele desplegar la punzada nítida de la premonición, revela que en ese drama no hay ganadores. Las decisiones tienen un costo y cada uno lo está pagando de una manera irreversible.

“La vida es un sueño/ y todo se va./ La realidad es nacer y morir,/ por qué llenarnos de tanta ansiedad,/ todo no es más que un eterno sufrir,/ el mundo está hecho de infelicidad”, canta Violeta del Río, “La Dama Triste del Bolero”, en otro cuento atravesado por las paradojas entre cubanos que resisten en su país y quienes se han ido a Miami, como la cantante en cuestión. En 1968, cuando todavía vivía y cantaba en La Habana, le prodigó un “festín de sexo” a ese joven estudiante provinciano y católico que narra la historia en primera persona, un texto en el que se puede leer un explícito homenaje a Guillermo Cabrera Infante. Violeta del Río, personaje conocido para el lector de la serie de novelas policiales protagonizadas por Mario Conde –está en las páginas de La neblina del ayer (2009)–, es una criatura de ficción construida a partir de numerosas cantantes de boleros de La Habana de los años cincuenta. En el presente de ese cuento, en 1998, al volver a escucharla en Miami, en su primer viaje académico a Estados Unidos, el hombre de cincuenta años, “un escéptico fundamentalista”, comprende que una de las más brutales imposiciones que sufrió fue olvidar a Violeta del Río.

“Adelaida y el poeta” es un cuento formidable, impecable de principio a fin. Una mujer de 62 años asiste cada martes al taller literario de escritores aprendices para leer entre sus compañeros los textos que escribe. Pero esta vez tiene un as bajo la manga: el más querido de sus cuentos, un relato sobre el itinerario de su hija –muerta a los 18 años– que escribió para complacer al poeta Reinaldo, el tallerista un tanto cansado de escuchar “engendros frustrantes de aquellos ancianos aburridos”. La anciana sorprende al poeta con ese texto en el que “no hay nada de ficción”. Reinaldo se pregunta qué derecho tiene para incitar a las gentes a escribir sus angustias y desenterrar sus muertos y recuerdos. Hasta en un relato donde sucede algo “extraordinario”, como en “La muerte feliz de Alborada Almanza”, emerge la amarga realidad cubana durante la crisis económica del “período especial”: el hecho de acostarse con hambre, la carencia y los dolores de una vida “terrible”. Hay un modo crítico paduriano de mirar la compleja vida social de los cubanos. Padura (La Habana, 1955), autor de varias novelas como Pasado perfecto, El hombre que amaba a los perros y Herejes, entre otros títulos, ha logrado ser profeta en su tierra.

Miguel está demasiado cansado y vencido después de ver morir tantas promesas y esperanzas. Desea un lugar en el mundo sin grandes responsabilidades históricas. Quiere ser un hombre común que pueda vivir de su trabajo y tener el dinero para pagarse una comida en un restaurante, comprarse un libro o una corbata. “No pedía demasiado o tal vez lo pedía todo, porque aquella utopía no parecía existir para alguien como él, venido el Tercer Mundo, sin el estómago necesario para hacerse pasar por un perseguido político y ofrecer escandalosas declaraciones que le allanaran el camino, ni deseos de prostituirse –si es que alguien aún deseaba alquilar su devaluada anatomía– al lado de una mujer vieja y gorda que le abriera las puertas de su apartamento”, se lee en “El destino: Milano-Venezia (vía Verona)”. Otra constante que atraviesa varios de los cuentos de Aquello estaba deseando ocurrir es el miedo que paraliza a los personajes, las ganas de irse y no atreverse.

El último cuento, “El cazador”, deviene tragedia. El narrador presenta a un homosexual cubano asediado por la nostalgia de viejos amores. “Necesita encontrar otra vez a un hombre como Anselmo, un varón de pies a cabeza (...) Coño, cómo lo había querido, cómo se había deprimido con la separación y las estupideces que, para aturdirse, hizo con las locas depravadas de Coppelia, inconsistentes y vagabundas, gozadoras desenfrenadas que preferían el azar de un baño público, el riesgo de una escalera oscura, los sobresaltos de un matorral agresivo a la plenitud de una cama limpia y bien empleada y, al amanecer, un desayuno compartido y un beso profundo y con sabor a hombre y a café antes de salir para el trabajo.” El suicidio, se podría advertir, reproduce la imagen estereotipada del homosexual que termina siendo víctima de la sociedad. Más allá de lo cuestionable del desenlace desde una perspectiva política, la memoria del lector repite una frase tan bella como desgarradora: “El cuchillo cantó en el piso como una campana desafinada”.

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Nadie escapa del embrujo de Cuba, dicen los cuentos de Padura.
Imagen: Rafael Yohai
 
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